miércoles, 4 de marzo de 2015

No lo entiendo

Pues yo no entiendo por qué está todo el mundo tan nervioso. Es que últimamente andan todos desquiciados por un quítame allá esas pajas. Solo porque el sistema constitucional del 78 se esté viniendo abajo estrepitosamente en cuestión de meses. Únicamente porque el partido socialista se haya hundido al cincuenta por ciento de intención de voto sobre sus peores resultados históricos, después de haber desaparecido prácticamente en Cataluña y sobrevivir en Andalucía, con centenares de imputados por corrupción. Solo porque el Partido Popular, acorralado por la corrupción, haya pasado de tener la mayoría absoluta más importante nunca habida en el Congreso y el Senado, casi todas las comunidades autónomas, casi todos los ayuntamientos de más de diez mil habitantes y una mayoría incontestable en todas las instituciones; a tener que andar planificando su campaña electoral para hacer frente a dos partidos extra parlamentarios. Solo porque uno de esos partidos extra parlamentarios, que ha experimentado un crecimiento exponencial en cuestión de meses, de la nada a segunda fuerza política en intención de voto, resulte que esté financiado por las peores dictaduras del mundo sin contar a Corea del Norte: el Irán de los ayatolahs, donde se montan espectáculos en los estadios para colgar de una grúa a los homosexuales o donde las mujeres sencillamente no tienen derecho alguno; o la Venezuela de Maduro donde se detiene a los opositores y se cierran periódicos de manera arbitraria, mientras bandas de matones en moto se meten disparando en las manifestaciones de la gente que pide pan, trabajo y libertad. Solo porque todo aquél joven que quiera ponerse a trabajar y a ganar dinero para iniciar una carrera profesional y personal digna, tenga que irse al extranjero. Solo porque cualquier chiquilicuatre pueda decidir declarar unilateralmente la independencia de una parte de España. Solo porque se pueda quemar vivo dentro de una jaula a un tío sin que pase absolutamente nada, lo que por otra pare sería impensable si el que hubiera estado dentro de la jaula hubiese sido un perro, un toro o un periquito. Solo porque en cinco años hayamos pasado de tener una inmensa clase media acomodada, a tener la sociedad dividida entre los que llegan fin de mes y los que no llegan al día quince. Solo porque en la Universidad española sea más importante hacer muchas carreras y que sea muy fácil terminarlas, que hacer alguna carrera que sirva para algo. Solo porque cualquier español o extranjero que trabaje en España, tienen que trabajar hasta el día dieciséis de cada mes, para pagar al millón doscientos ochenta y cuatro mil funcionarios autonómicos, a los quinientos sesenta mil setecientos setenta y cuatro empleados municipales, a los quinientos cincuenta y ocho mil ochocientos dos funcionarios estatales y a los ciento cuarenta y seis mil novecientos un empleados de las universidades públicas. Total, dos millones quinientos cincuenta y un mil ciento veintitrés empleados públicos es un lujo que hay que pagar, faltaría más. Además ¿quién si no, iba a cobrar todos los impuestos que hay que cobrar por tener casa y coche, por quedar a cenar, por quedarse en casa leyendo, por echar gasolina, por morirse, porque se muera tu padre, por nacer, por ponerse enfermo, por estudiar, por querer ganar dinero, por ahorrarlo o por gastarlo?

Es que no lo entiendo, de verdad…


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 17 de febrero de 2015

Cincuenta tontas de Grey

Siempre he dicho, y a lo mejor hago mal en decirlo públicamente, que mi salud mental, mi escasa paciencia y mi resistencia a la tomadura de pelo, me dictan la norma de prudencia de no leer un best seller. Que, para quien no se sienta obligado al uso mixto del inglés y el español, significa un éxito editorial. Sin embargo, en un par de ocasiones me salté mis principios acuciado por la presión mediática, las recomendaciones de tertulia -eso me pasa por no hablar de fútbol- y el “no te lo puedes perder”. Nunca lo hiciera. La primera fue con Los Pilares de la Tierra, y menos mal que me empeñé, porque no las tenía todas conmigo de llegar a terminarlo. La segunda y última, ahora sí que sí, El Código Da Vinci. Difícil encontrar a nadie que escriba tan mal, sabiendo tan poco de Roma, de la Iglesia, del Opus, de los Iluminatti, de los masones ni de construir una novela. Ni tan siquiera una frase. A ver cuando nos enteramos de que para escribir, no basta con inventarse una historia, hay que saber contarla.

Pues volviendo a mis principios, me he negado a leer la trilogía de moda que, por las referencias que tengo, tan bien bautizada ha sido como “porno para mamás” o para niñas buenas. Calidad literaria aparte, me ha sorprendido que haya tantas aficionadas al sadomasoquismo, que una historia de dominación haya subido la libido a tantas señoras. Uno que siempre, por consejo materno, se ha esforzado en dar a las mujeres un exquisito trato. Especialmente, cuando por edad me tocaba cortejar, galantear, requebrar y conquistar. Si llego a saberlo… Si llego a saber que el objetivo en las fiestas de El Tiro, no era ligar con alguna incauta para llevártela al hoyo tres a “contar estrellas” sino a darle de zurriagazos; si llego a saber que lo que se esperaba de mí no era un roce con la mano ni un beso furtivo, sino un fustazo y tente tiesa, que como te muevas te reviento; que en El Chato el mejor fin de fiesta hubiera sido dejar a alguna atada a un pino; o que el culmen de aparcar en el Cristo del campamento, hubiera sido correr a guantazos a la parte contraria y acordarte de todos sus muertos. Si lo llego a saber, digo, a lo mejor habría planificado mucho mejor mis salidas nocturnas. Que si ya era incómodo salir sin saber si ibas a terminar rodando por el suelo de una peña con la nariz ensangrentada, imaginemos lo que hubiera sido tener que salir, sabiendo que tu objetivo es terminar azotando a la hija de la pareja de gym rummy de tu madre.

Aparte de todo eso, también hay que tener en cuenta que una cosa es verlo con actores jóvenes y guapos, o leerlo teniendo que imaginar al azotador y a la azotada; y otra muy distinta atar con una guita a una tía despeinada, con una camiseta de la peña llena de vino y las zapatillas oliendo a charco de pis. Como me imagino que no debe ser lo mismo que te azote un multimillonario, propietario de decenas de empresas, en su propio avión y con sus trajes impecablemente cortados, que un destripaterrones borracho, apestando a cubata en vaso de plástico. Pero es que la libido tiene esas cosas, señora: lo importante no es lo que haces sino cómo lo haces.

Pues eso, que a ver si estrenan ya la película y nos relajamos un poquito, que está cerca el verano y no quiero follones en El Tiro.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

jueves, 12 de febrero de 2015

Modas y modos

Es evidente que a lo largo de la Historia podemos encontrar infinidad de ejemplos de gente dispuesta a sufrir por ir a la moda. Más aún, ejemplos de modas que, vistas al cabo de los años, hacen enrojecer al más pintado. En concreto recuerdo de mi época de juventud la moda de los zapatos Paredes (“Súbete por las paredes”) o los Kío´s (“Cómprate unos Kío´s, tío”). La gracia consistía en tomar unas zapatillas de deportes y reconvertirlas en zapatos con alza y tacón, zapatos de cuña o incluso de tacón. Con las consecuencias previsibles, claro. O una segunda moda, de la que sin duda renegarán todas aquéllas que en su día se apuntaron a ella, y que no era otra que ponerse calcetines blancos de puntillas. A esta última le llamábamos algunos, con bastante sorna, llevar las bragas en los pies.

Y es que en este negocio de la moda hay bastantes axiomas que todo aquél que decida dejarse arrastrar, debe tener en cuenta: En primer lugar, la moda no es para todas. Efectivamente, en la época en que arrasaba la película Grease, de John Travolta y Olivia Newton-John, había que ver las decenas de kilos de carne comprimida que pasaban por la calle, envueltos en una especie de plástico negro, simulando ser unos pantalones de cuero. O auténticos “miajones de pan mojao” que hasta entonces se habían cortado el pelo a flequillo, peinados desde entonces con gomina, con cazadora de cuero negro, moviendo las caderas y dando saltitos al andar.

En segundo y no por eso menos importante lugar, está el principio, inculcado desde su más tierna infancia en nuestros jóvenes por sus ansiosos progenitores, de que para presumir hay que sufrir. Y que algunos toman al pie de la letra, sin duda: durante esta última quincena, más o menos, hemos sufrido en España uno de los peores temporales de frío que recuerdan los más viejos del lugar. Me niego a llamar ciclogénesis explosiva u ola de frío siberiano, a lo que toda la vida se ha llamado un temporal de invierno pero bueno, este es otro asunto. El caso es que, cuanto más frío, más humedad y más viento han hecho, más jovenzuelos y jovenzuelas he visto andando por Madrid sin calcetines. Al principio, pensaba que se trataba de una chaladura individual; cuando lo seguí viendo, me pareció que sería una coincidencia: o varios chalados en muy poco tiempo o alguien que ha salido a por el pan y le daba pereza ponerse los calcetines, qué sé yo; pero ya cuando lo vi en mi propia casa, comprendí que la crisis era mucho más grave de lo que los síntomas iniciales indicaban. A nadie que tenga o haya tenido una hija de dieciocho años, le voy a hablar yo sobre la inutilidad de intentar explicarle que, en su escala de valores, ha de prevalecer el de preservar su propia vida sobre el de ir a la moda.

Al final, está todo inventado. Es obligación de los padres prevenir a los hijos de los peligros que, de no seguir sus sabios consejos, les acechan; y es obligación de los hijos, ignorar olímpicamente los consejos que sus sacrificados padres les dan para reconducir sus vidas y evitar que caigan en los mismos errores que ellos cayeron. En los que, por cierto, cayeron cuando ignoraron los consejos que sus pesadísimos padres les daban. Que siga girando la ruleta…

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

domingo, 18 de enero de 2015

Je ne suis pas Charlie

-      - Cómo se nota que no sabe usted francés, lo ha dicho al revés: ha dicho usted “Yo no soy Charlie” en lugar de decir “Yo soy Charlie”

- Es justo lo que quería decir

- ¡Vaya, otra vez usted remando a la contra! Aunque sea a costa de ponerse del lado de los asesinos…

- Alguien tenía que remar a la contra. Pero no, eso nunca, ni antes ni ahora. No como otros, por cierto. Mire, yo soy de los que siempre ha estado contra el terrorismo desde que tengo uso de razón. Jamás consideré que lo de llevarse un tiro en la nuca o salir volando por los aires al montar en el coche,  fuese en el sueldo de nadie. Incluso antes de la muerte de Miguel Ángel Blanco. Sin embargo, sí había quien callaba entonces y a partir de ahí decidió “movilizarse”. Y en mal hora fuera oiga, que cuando empecé a ver manitas blancas y quejidos pacifistas me eché a temblar: habíamos iniciado el camino irreversible de la derrota. Cuando el pueblo se echa en masa a la calle pidiendo clemencia a los asesinos, la Justicia ha perdido la guerra frente a la Paz. O a la presunta paz porque, como usted sabe, la Paz no solo es la ausencia de violencia, que sin Justicia no hay Paz posible.

Ya dije en un artículo de Tiroleses sobre el lenguaje políticamente correcto, nada menos que allá por diciembre de 2012, lo que opinaba del “todos somos…”:


Como siempre perdón por la auto cita, pero es que es todo tan previsible, tan aburridamente previsible… Mire usted, ni soy ni he pretendido ser, ni aguantaría que me comparasen con nadie que trabajase en un engendro parecido a Charlie Hebdo. Vaya por delante que jamás lo he leído, entre otras cosas porque no leo francés, pero me parece que tiene una línea editorial propia de piji-progres. Típicos niñatos del 68, que hicieron la revolución desde el sofá de casa de papá y mamá y cuyo único argumento es “desmitificar”, insultando y faltando el respeto a las creencias del otro. No, sinceramente a mí no me gusta nada lo poco que he visto.

Sin embargo, me dejaría matar por defender su derecho a publicarse. Hasta ahí podían llegar las bromas, oiga. Que una cosa es que a mí no me guste su línea editorial, y otra muy distinta que un hijo -o dos- de mala madre puedan permitirse tomar un Kalashnikov, entrar en una redacción y llevarse por delante a siete personas y al policía que las custodia, porque no les guste lo que publican. O meterse en un supermercado y cargarse a otros tantos porque no le gusta lo que compran. Es justo ahí donde está la raya que separa la Civilización de la barbarie. Y además, no me parece mal que la Policía o el Ejército frían sin contemplaciones al que intente pasarla.

No, definitivamente yo no soy Charlie, pero no quiero vivir en un mundo en el que no quepa Charlie. Descansen en paz todos ellos.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

lunes, 5 de enero de 2015

Las estautas de Los Jardines

No sé si lo he conseguido. Llevo años intentándolo, intentando sintetizar en un solo artículo o en un solo vídeo la fuerza, la delicadeza y la expresión de todas y cada una de las estatuas de Los Jardines. Algo imposible, dirá usted y doy fe de que lo es. Cuanto más les miro a la cara, cuanto más intento comprender lo que cada una de ellas quiere decir, más me desanimo y menos posibilidades creo tener de lograrlo.

Pero, como tantas veces he dicho, uno es un optimista impenitente y la peor opción es no intentarlo. Así que ahí va el cuarto a espadas de este jugador de (mala) fortuna; de este domador de pulgas y de este navegante en busca de la Indias Occidentales; de este Don Quijote, que jamás reconocerá un molino donde haya un gigante al que mandar a postrarse delante de su Dulcinea; o de este Gustavo Adolfo capaz de subir solo al Monte de la Ánimas, de buscar en la intimidad de maese Pérez el organista o de extasiarse con las oscuras golondrinas…

¡Antes morir que perder la vida!



Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

domingo, 21 de diciembre de 2014

¡A por ellos!

No hace más de cuarenta y ocho horas, un presunto desequilibrado -tampoco se puede llamar locos a los locos- se ha estrellado con su coche, cargado con dos bombonas de butano, contra la sede del Partido Popular. Este atentado, que por no haber tenido afortunadamente excesivas consecuencias, no va a pasar de la anécdota, sí ha puesto de manifiesto en cambio una situación, en mi opinión muy preocupante. La primera cuestión es ¿Qué hubiera ocurrido si el atentado, en lugar de ser contra la sede del Partido Popular hubiera sido contra una sede de Podemos, de Izquierda Unida, de Amaiur o de Esquerra Republicana? ¿Estaríamos haciendo los mismos chistes, gracietas y envíos de caricaturas por el teléfono móvil? Respóndase cada uno lo que estime más creíble.

Esto por una parte, pero lo que realmente me parece mucho más preocupante es la “justificación” que mucha gente encuentra en lo que en mi opinión es un atentado terrorista, tan deleznable y asqueroso como cualquier otro atentado terrorista. Primero resulta que era un empresario al que “habían” arruinado. Por supuesto no se había arruinado él, claro. Después, era un pobre trabajador al que “habían” despedido. Y finalmente no era más que un “desequilibrado”. En todos los casos, tenía una “justificación”. Es decir, como le “habían” hecho algo, se entiende que cogiera un coche y lo estrellara contra un edificio que, de haber deflagrado el butano, se habría venido abajo total o parcialmente. Y se hubiera venido abajo con gente dentro, con el transeúnte que hubiera pasado en ese momento con su bebé en brazos para llevarlo a la guardería o con el de la furgoneta de reparto que pasara por la calle. La segunda pregunta es ¿Cuál es la gracia?

Y es que en mi opinión -creo que ya lo he mencionado alguna vez anterior en Tiroleses-, hay una diferencia fundamental entre los países de origen luterano o calvinista, donde la democracia ha encontrado su acomodo natural en el concepto de responsabilidad individual; y los países de origen católico, donde la democracia naturalmente también está asentada,  pero no solo adolece de ese concepto básico de responsabilidad individual frente al fatalismo de “las cosas son así”, sino que además tienen una fijación bastante incompatible con la responsabilidad individual, que es la de la culpa. Este último concepto, paradójicamente compartido con la izquierda política. Por supuesto y como digo siempre, las generalizaciones son necesariamente injustas y todas tienen honrosísimas -o no- excepciones. Pero en todo caso, obsérvese que un germánico o un anglosajón medio, ante un problema buscan una solución; mientras que un español, portugués, italiano o griego, ante un problema buscan un culpable. Parece que no, pero teniendo un culpable, la cosa se hace mucho más llevadera. Y la solución ya vendrá si tiene que venir. De fuera, por supuesto.

Pues bien, es en ese ámbito en mi opinión en el que se ha gestado una especie de inquina por “los políticos”, especialmente si son del PP o del PSOE. Por TODOS los políticos del PP y del PSOE, dando por sentadas tres cosas: la primera, que son todos iguales y que ellos tienen la culpa de todos los males que nos aquejan; la segunda, que el resto de los políticos son almas cándidas que necesariamente vendrán a redimirnos cuando nos demos cuenta de lo que nos conviene; y la tercera, consecuencia de las dos anteriores, que tanto unos como otros -los del PP y los del PSOE- se merecen todas y cada una de las desgracias que puedan ocurrirles. Da igual que sea en su carrera política, en su economía o en su vida privada. Incluido que les disparen por la calle, que les metan una bomba en su casa o en su despacho o que les saquen de la carretera cuando viajan con su mujer y sus hijos. Después de todo, la Providencia hace justicia a la larga.

Por supuesto, vender una vivienda protegida o una plaza de garaje municipal en contrato privado, alquilar una plaza de aparcamiento para minusválidos, empadronar al niño en casa de los abuelos para elegir el colegio, o declarar pérdidas en el negocio para que me devuelvan en la declaración de IRPF, no es corrupción ¿Cómo va a serlo si lo hace todo el mundo? “Más tonto serías tú si no lo hicieras”…


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

viernes, 5 de diciembre de 2014

La magia de la Navidad

Vamos a ver si queda clara una cosa: la Navidad no es mágica. De todas las acepciones de “mágico” que tiene el Diccionario de la RAE, la segunda, que lo define como algo “maravilloso y estupendo”, podría ser la única que se aplicase a la Navidad, pero en todo caso no es eso. Creo que ya en un artículo anterior de Tiroleses, hablé de la palabra “mágico” como el comodín que utilizan los que tienen que hablar de algo y no tienen nada que decir al respecto. Y ponía como ejemplo más clásico de esto, la famosa noche “mágica” de los oscar. Es decir,  cuando la gente del cine se reúne para premiar a la gente del cine, ante los aplausos de la gente del cine. Cuando la gente del cine se premia a sí misma, para no alargarnos. Pero es que además también son "mágicas" la noche de Fin de Año, Disneyland París, el Baile de la Rosa de Montecarlo, los presuntos “ángeles” de Victoria´s Secret y hasta la boda de SAR la Infanta Dª Cristina con Iñaki Urdangarín, si me apuran. Por cierto ¿alguien ha caído en la cuenta de que hablar de don Iñaki es como hablar de don Pepito, de don Manolo o de don Nacho? Menos mal que ya casi no se utiliza…

Pero a lo que voy es a que, cuantas más luces de colores, guirnaldas, purpurina y confeti tenga un acontecimiento, más “mágico” es. Entonces, no es de extrañar que para quienes las navidades no tengan ningún significado religioso, necesiten convertirlas en algo “mágico”. Y si además es rentable, mucho mejor. De esta manera tenemos dos formas de celebrar las navidades: la de los que creemos que es el aniversario del Nacimiento de Jesús, y por tanto hay que celebrarlo junto con la familia, perdonando, recordando a los que no están y oyendo misa con los demás; y la de los que creen que tiene que ser algo “mágico”, que hay que hacerse muchísimos regalos, que cuantos más regalos se hagan, mejor y que cuanto más caros sean los regalos, más mágicos. Entre estos dos extremos lógicamente, hay todos los términos medios y todos los matices que se quieran poner.

En todo caso, esta última es, a mi modo de ver, una forma muy particular de expresar cariño. No mejor ni peor que otras, que cada uno expresa lo que siente como mejor sabe, pero desde luego a mí me emociona mucho más un beso de mi mujer o de mis hijos, que un regalo del “amigo insufrible”. Lo que no entiendo es por qué esos mismos que son incapaces de entender el verdadero significado de la Navidad, tienen que servirse de ella para propagar el mensaje opuesto a la Navidad. Es decir, vamos a hacer la gran fiesta del consumo, usando como excusa la fiesta de los que ven en el consumo desbordado un derroche innecesario. Y para eso nos podemos inventar la figura de un tipo gordo, con un pijama rojo, con pinta de haberse bebido un barril de vodka y que diga “Ho, Ho, Ho”… Así, nos podemos encontrar ciudades enteras como Madrid, Londres, Nueva York o La Granja, llenas de luces de colores, de mensajes pacifistas y de formas geométricas absurdas, sin una sola alusión al sentido original de la Navidad. Eso sí, compitiendo en cursilería ramplona. Compitiendo por ver cuál de ellas es más mágica…



Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro