viernes, 10 de abril de 2015

Je suis chrétien

Ayer mismo, paseando por Madrid, vi en la ventana de una oficina, supongo que alguna redacción o agencia de prensa, dos enormes carteles con el tristemente famoso texto de “Je suis Charlie”. “Es curioso”, pensé, “lo poco que tardamos en olvidar las tragedias, las barbaridades y las injusticias. Sobre todo si son ajenas. Lo rápido que pasan al desván del olvido las experiencias desagradables”. Y me alegré, realmente me alegré de que alguien siguiera recordando a las víctimas a pesar de todo.

No necesito recordar aquí el artículo que entonces escribí en Tirloeses, porque cualquier lector que esté leyendo este artículo, no tiene nada más que bajar por la pantalla con su ratón para encontrarlo. O buscarlo en la columna de la derecha: año 2015, enero, “Je ne suis pas Charlie”. De ese artículo remitía a otro en el que explicaba que no me gusta nada el “yo soy…”. A pesar de todo, creo que toda forma de recordar y honrar a los muertos es respetable. Muy respetable, diría yo. Más aún si esos muertos han sido asesinados, como en este caso. Lo que le hace perder la respetabilidad es cuando, lamentablemente, la sinceridad del letrerito queda limitada a un duelo fingido para “estar a la altura”.

Y es que, quieras que no, uno es mal pensado por la edad y desconfiado por paleto, y no puedo evitar pensar que para algunos enfervorecidos defensores de la Libertè, hay muertos de primera, de segunda e incluso de tercera. Porque vamos a ver, si los asesinos de las doce víctimas de París son, no los mismos, pero sí de la misma jauría que los que han asesinado a ciento cuarenta personas en Kenya y que los que a diario matan, mutilan, torturan, secuestran y violan por centenares y por miles a los cristianos en Siria e Irak ¿Por qué je ne suis pas irakien ni kényen? ¿Por qué nadie lleva letreros para recordar a estos otros asesinados? Y si, evidentemente, no es el número de muertos en cada atentado ¿qué es lo que hace entonces distintos a los muertos? ¿el lugar donde han sido asesinados? Claro, yo entiendo que París siempre es mucho mejor lugar para morir que África, dónde va a parar. Y que Oriente Medio, para qué te voy a contar…

Sin embargo, tengo para mí que lo que de verdad diferencia a unos muertos de otros no es el lugar donde han sido asesinados sino el motivo. O al menos, el motivo que los enfervorecidos portadores de la pancarta, creen que les diferencia. Mientras que unos, negros, moros o beduinos han muerto por ser cristianos; los otros, tan blanquitos ellos, han muerto “por la libertad de expresión”. Y claro, guardar luto o portar carteles y pancartas por uno -o por mil- que han asesinado “por ser cristiano”, da cierto repelús, cierta grima a los “intelectuales” europeos. Mientras que si los asesinados lo han sido por criticar “a todas las religiones” la cosa varía notablemente. Lo que no saben estos mequetrefes y soplagaitas de pitiminí, es que para los asesinos todos somos occidentales, todos somos europeos y todos somos cristianos.

Discutían en el Senado de Roma si con los bárbaros había que combatir, negociar o darles la ciudadanía. Mientras, los bárbaros acampaban a las puertas de Roma.



Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

lunes, 6 de abril de 2015

Requiem por las antiguas juergas

Enorme placer me produce -o, como diría alguien mucho más cualificado que yo, “me llena de orgullo y satisfacción…”- poder hacer esta crónica recién llegado de La Granja. Y no en cualquier circunstancia, que creo que esta es de las pocas vacaciones de Semana Santa que he conocido en este nuestro pueblo y en el resto de España, en el que ha hecho sol y una temperatura decente a lo largo de toda la semana. Otra cosa distinta es que la primavera se resista todavía a entrar en el robledo, dejando Los Jardines con un desnudo aspecto invernal, pero este es asunto distinto. Ya se sabe, el roble hasta mayo… Y las hayas y los tilos, añado yo.

En todo caso parece ser que en estos tiempos de cambios vertiginosos, estamos llamados a cambiar usos, costumbres y formas de pensar. E incluso de actuar. En concreto, me refiero a la actitud que cada uno de nosotros tenemos ante lo que toda la vida de Dios, se ha llamado una juerga. Y es que parece lógico: en tiempos más gloriosos, existía la norma no escrita  de que “de noche, todos los gatos son pardos”. Esto, explicado para aquéllos que no han tenido la fortuna de estudiar un bachillerato decente  o lo que es lo mismo, para aquéllos a los que el Estado ha traicionado entregando su educación a los caudillitos locales, quiere decir que lo que ocurría en una juerga, nadie lo “recordaba” al día siguiente. Ni quién había estado ligando con quién, ni quién se había emborrachado, ni quién había dicho qué. Como una especie de amnistía sobre lo que nadie quería -o a nadie convenía- que hubiese pasado. Vamos, una especie de pacto entre señores, señoras y no tan señores ni tan señoras. Al final, un manto de silencio culpable y protector. Pero héteme aquí que sobre tan herméticos y silenciosos círculos, empezó a cernirse una terrible amenaza. Y esta no era otra que la de que todos y cada uno de los asistentes llevasen en su bolsillo no solo un teléfono, sino que  además ese mismo teléfono fuera una cámara de fotos, una de vídeo y una grabadora. Maldita la hora.

Si antiguamente podías recordar con cariño una noche de canciones, de bailes o de chapuzones, en la actualidad corres el riesgo de que las imágenes de esas canciones, esos bailes o esos chapuzones, aparezcan ante ti con toda su crudeza. Es decir, que alguien te enseñe no lo que tú has idealizado, sino lo que en realidad ocurrió. Lo que hiciste en un momento de euforia etílica, sexual o de ambas simultáneamente. Que te veas en un lamentable estado, cantando rancheras a voz en grito, bailando un tango apache con tu secretaria o saliendo del mar como Dios te trajo al mundo. Pero sin que se trate del Nacimiento de Venus, ni mucho menos hayas sido retratado por Sandro Botticelli.  Ni siquiera por Robert Capa sino por un compañero de juerga que, con mejor o peor intención, decidió inmortalizar el momento. Y claro, al final el camino del infierno está alfombrado de buenas intenciones y las imágenes se acaban volviendo contra uno mismo. Saliendo cuando menos falta hace o cuando peor te viene que salgan, y circulando por guasapes, feisbuses y demás sistemas de atropello sistemático de la intimidad. Lo que es curioso, es que el improvisado reportero nunca publica imágenes de sí mismo sino de otro…

Por cierto, increíble la comida mexicana que organizaron en su casa de La Granja Juan García de la Vega y Susana Lapique, el Jueves Santo. Ya se sabe, a los García de la Vega no hay más que tocarles las palmas para que arranquen todos a una, como un solo hombre. Allí, entre vino, margaritas, bullshots y buena gente, tuve la oportunidad de interpretar mano a mano, con César y Santi Villarrubia, una buena retahíla de rancheras. Lo digo por si alguien me encuentra en su pantalla al abrir su correo o su Féisbu. Advertidos quedan.



Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 17 de marzo de 2015

Tiempos y costumbres: No se habla con las manos

Ya está bien. Hasta aquí hemos llegado. No aguanto ni un minuto más viendo a políticos, periodistas, presentadoras, folclóricas, estudiantes, profesionales, artistas, y deportistas hablar con las manos. Parece ser que uno de los lenguajes del mundo con un vocabulario más rico, no tiene términos suficientes para que toda esta panda de soplagaitas, mequetrefes e ignaros puedan expresarse.

Y es que no falla, oiga: Como a día de hoy es absolutamente imposible  evitar ver la televisión, ni aún escondiendo el cable de la antena de la que para tu desgracia tienes en casa, siempre tienes que tragártelo. O estás en un bar, tomando una merecida cerveza después de un paseo, y no te queda otra que seguir con la vista los jeribeques, atauriques y volatinas que una señorita comprimida dentro de un mini traje hace desde ese aparato infernal. Si además prestas atención a lo que dice, entiendes rápidamente que utilice las manos para subrayar que no tiene absolutamente nada que decir. Pero si a continuación comparece ante las cámaras un futbolista, te puedes tomar un respiro. Sencillamente repite una letanía llena de comodines que, como se ha tenido que prender de memoria, recita sin puntos ni comas y por supuesto no le da tiempo a utilizar las manos en su declamación. Hace años los fubolistas “pensaban de que sí…”, más tarde afirmaban categóricamente que “el fúbol es asín…” y ahora, no tengo ni idea porque no me interesa, pero por lo menos no suelen hablar con las manos. Demasiados frentes a cubrir. Pero poco dura la alegría en casa del pobre. A continuación viene una tertulia de formato círculo de asientos, sin mesa delante pare exhibir mini falda. El tema, la vida sexual de alguien a quien nadie conoce pero a quien se designa por su nombre de pila. Dos condiciones: chillar mucho y agitar las manos subrayando cada frase, cada palabra y cada letra. Patético, pero parece ser que efectivo. Asco de pueblo tenemos, oiga.

Y la cosa no mejora en absoluto cuando pasamos a ambientes presuntamente intelectuales o universitarios. Cuando se quiere explicar que lo que se está diciendo es textual, no se utiliza el adverbio “textualmente”, sino que se hace un gesto ridículo, agachando los dedos índice y corazón de ambas manos, como si fuera un conejito agachando las orejas, para indicar que lo que se dice va “entre comillas”. O bien se adoptan poses en debates, tertulias, mesas redondas y conferencias, adoptadas del mundo del espectáculo. Como golpearse el pecho para dar las gracias, extender las manos hacia el invitado al que se presenta o agachar la cabeza ante el público que aplaude. Y lo malo de todo esto no es que uno no esté acostumbrado a comunicarse como los apaches. Es que si lo criticas no solo eres un cavernícola, un visigodo y un retrógrado, sino que además no eres nada presentable. Pues por mi parte, que así sea.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

viernes, 6 de marzo de 2015

Un vecino ilustre

Me cuenta la Usebia, que es una ardilla amiga mía, que vive en el pinar y trabaja para el SIRCAL (Servicio de Información Regional de Castilla y León), una especie de CNI pero más de andar por casa, que contamos entre nosotros con un ilustre vecino:

-       Nada sorprendente Usebia, tenga usted en cuenta que La Granja ha sido Corte durante más de dos siglos y que la presencia de gente ilustre, y ahora sus descendientes, es aquí cosa común. Parece mentira que usted no lo sepa…

-     No me refiero a La Granja sino a Valsaín, que como usted sabe cuenta con un potente foco de resistencia nacionalista, para liberarse del yugo opresor de La Granja.

-      ¿Valsaín? Bueno, Valsaín también fue Corte en su momento, pero lo que es más dudoso es que todavía quede algún descendiente de aquéllos ilustres visitantes

-     Se sorprendería usted

-     Hace tiempo que me sorprenden muy pocas cosas. Menos aún en La Granja

-      Valsaín, insisto

-       Eso, Valsaín

-       ¿Y si le digo que es el futuro Ministro de Hacienda?

-       Le diría que esto no es Venezuela, que aquí el Ministro de Hacienda lo elige un Presidente, a su vez elegido por el Parlamento

-       Se va usted acercando

-      ¿Por el Parlamento?

-       No, por Venezuela

-       Me tiene usted en ascuas, Usebia

-  Pues además tiene una gran fortuna, que a punto ha estado de darle un disgusto con Hacienda

-       De esos hay muchos aquí

-       ¿Y que además se paseen por Madrid con una reina del papel couché?

-       También tenemos algunos

-       ¿Y si le digo que esa reina de las revistas es Carmen Lomana?

-   De esa he oído hablar, pero a fuer de ser sincero, le diré que no sé muy bien por qué demonios sale en las revistas si no es actriz, ni cantante, ni folclórica, ni se le conoce oficio ni beneficio alguno…

-       Monedero

-       ¿Qué tiene que ver el de la farmacia con todo esto?

-       El de la farmacia de la plaza, no: Juan Carlos Monedero

-       ¡¿El de Podemos?!

-       El mismo

-       ¡¿En Valsaín?!

-       En Valsaín

-       Pues no me falta más que encontrármelo por el pinar cuando salgo a pasear, Usebia. Ya me tendrá usted al tanto

-       Reclúyase usted en El Tiro, que es lo que debe hacer un madrileño de bien…

-       Pues sí, con la suerte que tengo seguro que se hace socio

-       No les vendría mal, pensando a futuro

-       Sí, claro. Con lo que nos ha costado por lo menos no nos lo expropiarán…

-     Podían ustedes darle un poco de cancha: no sé por ejemplo que entregue los premios de Gym Rummy

-       O mejor, que juegue el campeonato ¿no?

-       Eso ya sería perfecto; y si fuera de pareja con doña Carmen…

-       ¡Calle por Dios, Usebia!

-    También podría colaborar en la gestión económica con don Luis Roca de Togores, nadie como él para entenderse con Patrimonio del Estado

-      Imposible, su cardiólogo no asumiría la responsabilidad…

-   ¿Y al golf? Después de todo, ha vivido mucho tiempo en Venezuela en un resort donde había golf ¿no ha de saber jugar? Yo he visto una foto de Fidel y el Che jugando al golf en La Habana

-      Eran otros tiempos, Usebia

-       ¡Al mus! Además, no hace falta decir la verdad para jugar al mus…

-       Useeebia…

-       No parece usted muy dispuesto a colaborar

-       Nada dispuesto

-       Pues ustedes verán

-       Dios nos pille confesaos


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 4 de marzo de 2015

No lo entiendo

Pues yo no entiendo por qué está todo el mundo tan nervioso. Es que últimamente andan todos desquiciados por un quítame allá esas pajas. Solo porque el sistema constitucional del 78 se esté viniendo abajo estrepitosamente en cuestión de meses. Únicamente porque el partido socialista se haya hundido al cincuenta por ciento de intención de voto sobre sus peores resultados históricos, después de haber desaparecido prácticamente en Cataluña y sobrevivir en Andalucía, con centenares de imputados por corrupción. Solo porque el Partido Popular, acorralado por la corrupción, haya pasado de tener la mayoría absoluta más importante nunca habida en el Congreso y el Senado, casi todas las comunidades autónomas, casi todos los ayuntamientos de más de diez mil habitantes y una mayoría incontestable en todas las instituciones; a tener que andar planificando su campaña electoral para hacer frente a dos partidos extra parlamentarios. Solo porque uno de esos partidos extra parlamentarios, que ha experimentado un crecimiento exponencial en cuestión de meses, de la nada a segunda fuerza política en intención de voto, resulte que esté financiado por las peores dictaduras del mundo sin contar a Corea del Norte: el Irán de los ayatolahs, donde se montan espectáculos en los estadios para colgar de una grúa a los homosexuales o donde las mujeres sencillamente no tienen derecho alguno; o la Venezuela de Maduro donde se detiene a los opositores y se cierran periódicos de manera arbitraria, mientras bandas de matones en moto se meten disparando en las manifestaciones de la gente que pide pan, trabajo y libertad. Solo porque todo aquél joven que quiera ponerse a trabajar y a ganar dinero para iniciar una carrera profesional y personal digna, tenga que irse al extranjero. Solo porque cualquier chiquilicuatre pueda decidir declarar unilateralmente la independencia de una parte de España. Solo porque se pueda quemar vivo dentro de una jaula a un tío sin que pase absolutamente nada, lo que por otra pare sería impensable si el que hubiera estado dentro de la jaula hubiese sido un perro, un toro o un periquito. Solo porque en cinco años hayamos pasado de tener una inmensa clase media acomodada, a tener la sociedad dividida entre los que llegan fin de mes y los que no llegan al día quince. Solo porque en la Universidad española sea más importante hacer muchas carreras y que sea muy fácil terminarlas, que hacer alguna carrera que sirva para algo. Solo porque cualquier español o extranjero que trabaje en España, tienen que trabajar hasta el día dieciséis de cada mes, para pagar al millón doscientos ochenta y cuatro mil funcionarios autonómicos, a los quinientos sesenta mil setecientos setenta y cuatro empleados municipales, a los quinientos cincuenta y ocho mil ochocientos dos funcionarios estatales y a los ciento cuarenta y seis mil novecientos un empleados de las universidades públicas. Total, dos millones quinientos cincuenta y un mil ciento veintitrés empleados públicos es un lujo que hay que pagar, faltaría más. Además ¿quién si no, iba a cobrar todos los impuestos que hay que cobrar por tener casa y coche, por quedar a cenar, por quedarse en casa leyendo, por echar gasolina, por morirse, porque se muera tu padre, por nacer, por ponerse enfermo, por estudiar, por querer ganar dinero, por ahorrarlo o por gastarlo?

Es que no lo entiendo, de verdad…


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 17 de febrero de 2015

Cincuenta tontas de Grey

Siempre he dicho, y a lo mejor hago mal en decirlo públicamente, que mi salud mental, mi escasa paciencia y mi resistencia a la tomadura de pelo, me dictan la norma de prudencia de no leer un best seller. Que, para quien no se sienta obligado al uso mixto del inglés y el español, significa un éxito editorial. Sin embargo, en un par de ocasiones me salté mis principios acuciado por la presión mediática, las recomendaciones de tertulia -eso me pasa por no hablar de fútbol- y el “no te lo puedes perder”. Nunca lo hiciera. La primera fue con Los Pilares de la Tierra, y menos mal que me empeñé, porque no las tenía todas conmigo de llegar a terminarlo. La segunda y última, ahora sí que sí, El Código Da Vinci. Difícil encontrar a nadie que escriba tan mal, sabiendo tan poco de Roma, de la Iglesia, del Opus, de los Iluminatti, de los masones ni de construir una novela. Ni tan siquiera una frase. A ver cuando nos enteramos de que para escribir, no basta con inventarse una historia, hay que saber contarla.

Pues volviendo a mis principios, me he negado a leer la trilogía de moda que, por las referencias que tengo, tan bien bautizada ha sido como “porno para mamás” o para niñas buenas. Calidad literaria aparte, me ha sorprendido que haya tantas aficionadas al sadomasoquismo, que una historia de dominación haya subido la libido a tantas señoras. Uno que siempre, por consejo materno, se ha esforzado en dar a las mujeres un exquisito trato. Especialmente, cuando por edad me tocaba cortejar, galantear, requebrar y conquistar. Si llego a saberlo… Si llego a saber que el objetivo en las fiestas de El Tiro, no era ligar con alguna incauta para llevártela al hoyo tres a “contar estrellas” sino a darle de zurriagazos; si llego a saber que lo que se esperaba de mí no era un roce con la mano ni un beso furtivo, sino un fustazo y tente tiesa, que como te muevas te reviento; que en El Chato el mejor fin de fiesta hubiera sido dejar a alguna atada a un pino; o que el culmen de aparcar en el Cristo del campamento, hubiera sido correr a guantazos a la parte contraria y acordarte de todos sus muertos. Si lo llego a saber, digo, a lo mejor habría planificado mucho mejor mis salidas nocturnas. Que si ya era incómodo salir sin saber si ibas a terminar rodando por el suelo de una peña con la nariz ensangrentada, imaginemos lo que hubiera sido tener que salir, sabiendo que tu objetivo es terminar azotando a la hija de la pareja de gym rummy de tu madre.

Aparte de todo eso, también hay que tener en cuenta que una cosa es verlo con actores jóvenes y guapos, o leerlo teniendo que imaginar al azotador y a la azotada; y otra muy distinta atar con una guita a una tía despeinada, con una camiseta de la peña llena de vino y las zapatillas oliendo a charco de pis. Como me imagino que no debe ser lo mismo que te azote un multimillonario, propietario de decenas de empresas, en su propio avión y con sus trajes impecablemente cortados, que un destripaterrones borracho, apestando a cubata en vaso de plástico. Pero es que la libido tiene esas cosas, señora: lo importante no es lo que haces sino cómo lo haces.

Pues eso, que a ver si estrenan ya la película y nos relajamos un poquito, que está cerca el verano y no quiero follones en El Tiro.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

jueves, 12 de febrero de 2015

Modas y modos

Es evidente que a lo largo de la Historia podemos encontrar infinidad de ejemplos de gente dispuesta a sufrir por ir a la moda. Más aún, ejemplos de modas que, vistas al cabo de los años, hacen enrojecer al más pintado. En concreto recuerdo de mi época de juventud la moda de los zapatos Paredes (“Súbete por las paredes”) o los Kío´s (“Cómprate unos Kío´s, tío”). La gracia consistía en tomar unas zapatillas de deportes y reconvertirlas en zapatos con alza y tacón, zapatos de cuña o incluso de tacón. Con las consecuencias previsibles, claro. O una segunda moda, de la que sin duda renegarán todas aquéllas que en su día se apuntaron a ella, y que no era otra que ponerse calcetines blancos de puntillas. A esta última le llamábamos algunos, con bastante sorna, llevar las bragas en los pies.

Y es que en este negocio de la moda hay bastantes axiomas que todo aquél que decida dejarse arrastrar, debe tener en cuenta: En primer lugar, la moda no es para todas. Efectivamente, en la época en que arrasaba la película Grease, de John Travolta y Olivia Newton-John, había que ver las decenas de kilos de carne comprimida que pasaban por la calle, envueltos en una especie de plástico negro, simulando ser unos pantalones de cuero. O auténticos “miajones de pan mojao” que hasta entonces se habían cortado el pelo a flequillo, peinados desde entonces con gomina, con cazadora de cuero negro, moviendo las caderas y dando saltitos al andar.

En segundo y no por eso menos importante lugar, está el principio, inculcado desde su más tierna infancia en nuestros jóvenes por sus ansiosos progenitores, de que para presumir hay que sufrir. Y que algunos toman al pie de la letra, sin duda: durante esta última quincena, más o menos, hemos sufrido en España uno de los peores temporales de frío que recuerdan los más viejos del lugar. Me niego a llamar ciclogénesis explosiva u ola de frío siberiano, a lo que toda la vida se ha llamado un temporal de invierno pero bueno, este es otro asunto. El caso es que, cuanto más frío, más humedad y más viento han hecho, más jovenzuelos y jovenzuelas he visto andando por Madrid sin calcetines. Al principio, pensaba que se trataba de una chaladura individual; cuando lo seguí viendo, me pareció que sería una coincidencia: o varios chalados en muy poco tiempo o alguien que ha salido a por el pan y le daba pereza ponerse los calcetines, qué sé yo; pero ya cuando lo vi en mi propia casa, comprendí que la crisis era mucho más grave de lo que los síntomas iniciales indicaban. A nadie que tenga o haya tenido una hija de dieciocho años, le voy a hablar yo sobre la inutilidad de intentar explicarle que, en su escala de valores, ha de prevalecer el de preservar su propia vida sobre el de ir a la moda.

Al final, está todo inventado. Es obligación de los padres prevenir a los hijos de los peligros que, de no seguir sus sabios consejos, les acechan; y es obligación de los hijos, ignorar olímpicamente los consejos que sus sacrificados padres les dan para reconducir sus vidas y evitar que caigan en los mismos errores que ellos cayeron. En los que, por cierto, cayeron cuando ignoraron los consejos que sus pesadísimos padres les daban. Que siga girando la ruleta…

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro