No me gustaría iniciar con este artículo un debate entre república y monarquía. Creo que
eso toca en otro capítulo, y yo ya me he manifestado en artículos anteriores a
favor de la segunda opción. Tan respetable como la primera, por cierto. Menos
aún volver a debatir sobre el eterno argumento de que “yo le pago…” Naturalmente
que le pagas. Le pagas como a cualquier jefe de estado, sea presidente, rey o
dinastía republicana como los Castro, los Kim o tantos otros de Hispanoamérica.
La diferencia es que aquí la soberanía la compartes tú con otros cuarenta
millones de españoles; y en esos otros casos, ellos no la comparten con nadie. No
existe un solo estado en el que su jefe pague a los demás por serlo. Le pagas
para que te represente y eso es justo lo que debe hacer, que para eso cobra. Tampoco
sobre si “yo no le he elegido”. Tú no lo has elegido porque está elegido en un
conjunto de normas básicas, a las que se tienen que adaptar las demás normas
que rijan en España, y que se llaman Constitución. Si cada cuatro años tuviéramos
que ratificar los ciento sesenta y nueve artículos, nueve disposiciones
transitorias y una final de la Constitución, tú no tendrías tiempo para hacer
otras cosas. Y menos aún para pensar. Por eso la Constitución contempla un
mecanismo para reformar cualquiera de sus normas, incluida la Monarquía. Solo es
cuestión de leerla, entenderla y seguir el procedimiento acordado. No parece
tan difícil.
Aunque uno no es experto jugador de ajedrez, sí aproveché los desvelos
de mis maestros nacionales, de la ignominiosa época en que los maestros
enseñaban en lugar de adoctrinar, para aprender algo de tan pedagógico juego. Y una de las jugadas más
apasionantes del ajedrez, es cuando tiene lugar un cara a cara entre reinas. Cuando
una reina se planta frente a la otra y cuando ambos jugadores, saben que quien
gane ese desafío tiene prácticamente ganada la partida. Después de todo, la
reina es la pieza más operativa y letal de todo el tablero. Es la última pieza
antes de derribar al rey.
Por supuesto, nadie leerá un insulto a la Reina, escrito por mí en
ninguna parte. Pero eso no quiere decir que apruebe rebañegamente todo lo que se
le ocurra hacer o decir a cualquier miembro de la Casa Real. Menos aún si lo
que hace o dice es una falta de respeto
a la propia Casa y, en consecuencia, a todos los españoles. En todo caso, si yo
expreso mi desaprobación aquí o en cualquier otro lado, lo haré siempre desde
el más absoluto respeto. Para mí, como he dicho, la Monarquía es la institución
que me representa y que le representa a usted, independientemente de lo bien o
mal que me caigan sus miembros. Si les insulto a ellos, le estoy insultando a
usted también; si usted les insulta, me está insultando a mí. Y si insulta al
Presidente de la República de Francia, está insultando a todos los franceses. Tan
fácil de entender y tan difícil de explicar… Sin embargo, aquí la primera que
ha faltado el respeto a la Reina de España, paradójicamente ha sido la otra
Reina de España. Si eso mismo lo hubiera hecho Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o
Albert Rivera ¿opinaríamos lo mismo? De Pablo Iglesias ni hablamos, por
supuesto. Pues todos ellos, nos gusten o no nos gusten, encarnan una
institución tan importante como la Corona, que es la soberanía popular. Tan
importante como la figura del Rey y por supuesto muchísimo más importante que
la figura de la Reina o de “Iñaqui” Urdangarín.
Cuando algo está mal hecho, está mal hecho, Háyalo hecho quien lo haya
hecho. Y no criticarlo no es lealtad, es servilismo. Y por supuesto,
¡Viva el Rey!
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