jueves, 3 de diciembre de 2020

En defensa de las cajeras

 

Cualquiera que haya trabajado lo más mínimo, y casi todo el mundo lo ha hecho, reconocerá sin duda la justificación del salario, entendiendo por salario el pago de una cantidad en metálico a cambio de un servicio. En cualquier trabajo te pagan a cambio de la renuncia a tu tiempo, a tu familia y a tu ocio, para dedicarte a la obtención de un beneficio para otro. Da igual si lo haces tú sólo o de manera coordinada con más personas. En este último caso, sería la persona o la empresa que te paga, la que coordinase tu actividad con la de los demás. Si además alguien ha trabajado de cara al público, entenderá que una parte importantísima de esa renuncia y de ese sacrificio, es tener que aguantar groserías, exigencias, impertinencias y mala educación. No digo que todo el mundo sea mal educado, claro, la mayoría de la gente no lo es. Pero si te toca atender a un imbécil, a una paleta con dinero o a un niñato, deberás tratarles de la misma manera que al resto de los clientes. O sea, justo al revés de cómo ellos te estarán tratando a ti.

Si hay un lugar dónde se puede observar esto, es en la cola de un supermercado. No se sabe por qué extraño motivo, los supermercados son casi los únicos comercios en los que hay que hacer cola para pagar, con permiso de los bancos, de Zara y de don Amancio Ortega. Y como esas colas son tan aburridas, tan lentas, tan largas e interminables, puedes entretenerte observando cómo trata la gente a la cajera. Es una opción, hay otras muchas, pero no vienen al caso. Si lo haces, te darás cuenta de que no hay dinero en el mundo para pagar un trabajo tan ingrato: desde quien quiere cambiar un paquete de bragas cuándo tiene detrás una cola de cien personas, a quien presta más atención a los gritos de su niño mal educado que al datáfono, o quien desconfía por principio de tu buena fe, o incluso de la del lector láser, a la hora de pasar los artículos. Si a eso le añadimos las horas encajonada en un mostrador en el que no puedes dar la vuelta o del que no te puedes levantar en casi ningún caso, entenderemos que el sueldo de una cajera es un sueldo más que bien ganado. Por supuesto hay cajeras de supermercado altas, bajas, listas, tontas, feas, guapas, honradas, con el pelo rizado, bizcas o testigos de Jehová. Como pasa con los dependientes del comercio, con los directores de los bancos, los artistas, los abogados del estado, los guías turísticos, los comerciales y los directores de escena. En todas partes hay de todo y desde luego, es una absoluta estupidez juzgar a nadie por el trabajo que ha ejercido, siempre que éste haya sido honrado.

Por eso me indignan los correos, memes y chistes que últimamente me llegan criticando a la ministra de Igualdad, por lo que probablemente sea lo único honrado que ha hecho en su vida. Por lo menos, sabemos que es lo único útil y el único trabajo digno que ha ejercido. Al menos, declarado y cotizando a la Seguridad Social. De ella se puede decir precisamente que no ha pegado un palo al agua, que es sectaria, ignorante, osada, que su único mérito para ser ministra es dormir con quién duerme, o haber dormido con quien ahora duerme con la que antes dormía con su marido… Todo eso es opinable, son apreciaciones subjetivas y estarían dentro de lo que podemos considerar motivos de crítica. Tanto como quien los considere méritos, que eso es asunto de cada uno. Pero desde luego, criticar que nadie haya ejercido un trabajo tan digno como el de cajera, portera o cualquier otro, me parece no solamente una aberración sino un argumento bastante estúpido. Así que, por favor, quien me conozca, que no me mande mensajes ridiculizando a nadie por haber sido cajera.

Y como dijo nuestra protagonista en memorable ocasión: “Jo, tía”, es más bien ella quien denigra la profesión de cajera, no la profesión a ella.

 Gonzalo Rodríguez-Jurado

martes, 3 de noviembre de 2020

ESTALLIDO SOCIAL

 

Lo cierto es que había pensado escribir este artículo hace unos diez días, más o menos. Y que en él, abusando de mi condición de licenciado en Historia Moderna y Contemporánea, pensaba “predecir” la posibilidad de un estallido social, dadas las actuales circunstancias. Pensaba anunciar, además, urbi et orbe, que ese estallido podría ser uno generalizado, aprovechando cualquier detonante menor; o muchos puntuales, en distintos lugares de España y por motivos aparentemente distintos. Pues mira por dónde, justo castigo a mi indolencia a la hora de escribir, los hechos no me han dejado adelantarme a la realidad y me han adelantado ellos a mí. Así me voy a ganar yo la vida como profeta…

En estos momentos en que escribo, están saltando las costuras de la paz social en toda España, sin que nadie haga nada por remediarlo. Bueno, sí. Como he dicho otras veces, en España cuándo pasa algo grave, no buscamos explicaciones ni mucho menos soluciones, buscamos culpables. Así que ahora que la gente está pasando hambre, que no puede hacer frente a sus gastos corrientes, a sus deudas, a sus hipotecas ni aún a la mismísima comida de sus hijos, se echa a la calle para pedir una solución y los políticos buscan culpables. Para la izquierda y la ultraizquierda la culpa es de Vox, porque ellos nunca han rodeado el Congreso, nunca han reventado actos de nadie, no han ensayado la guerra revolucionaria en Cataluña ni han acosado a nadie en sus propias casas. Para el PP, la culpa también es de Vox, no vaya alguien a acusarles de fachas. Para Ciudadanos, lo realmente importante es la Economía y no van a entrar en provocaciones; y para Vox finalmente, hay un movimiento organizado internacional, encabezado por George Soros y dirigido a debilitar las instituciones en España y a través de ellas, las de toda Europa.

Sin obviar el hecho de que sí es verdad que hay organizaciones más o menos extendidas, financiadas o toleradas por distintos gobiernos, para capitalizar las protestas sociales, el hecho cierto es que los que protestan hoy en día en España no son revolucionarios profesionales sino gente muy desesperada. Además, también es verdad que esas “organizaciones” muchas veces, no son más que tres o cuatro pobres imbéciles con ganas de montar bronca, debidamente manipulados. Pero lo realmente importante es que el grueso de la gente que está saliendo a la calle no lo hace por diversión. Más aún, ni han oído ni van a oír una sola explicación ni propuesta para remediar su situación. Y no la van a oír sencillamente porque nadie de los que deberían tenerla, la tiene. Y como no la tienen, lo más “sensato” es dedicarse a buscar alguien a quien echar la culpa, elevando el tono de las acusaciones, en la medida en que vaya aumentando la tensión. Eso es exactamente lo que vamos a ver a partir de ahora, en los días y semanas sucesivos. Lo malo, es que no sabemos hasta dónde va a llegar la tensión, porque estas cosas se sabe siempre cómo empiezan, pero nunca cómo terminan. Pero en mi opinión va a ser muy, muy grave. Me encantaría equivocarme.

La última vez que la gente se echó a la calle indignada, su protesta fue capitalizada por un grupo apoyado y financiado desde otros países y se creó Podemos. Los que habían salido, se volvieron a sus casas en muchos casos, pero ellos recogieron las nueces del árbol que otros habían movido. Lo malo es que ahora son ellos los que están en el poder y no parecen dispuestos a dejarse poner las orejas coloradas por unos cuantos miserables hambrientos. Hasta ahí podíamos llegar. 

Mala pinta tiene…

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

jueves, 22 de octubre de 2020

Y ahora, qué

 

Como siempre, aclarar antes de empezar que cuando hablo de generalidades, entiendo perfectamente que cada caso es un mundo y que prácticamente no hay dos casos en las mismas circunstancias. Y como voy a hablar de le educación de los jóvenes, entiendo que cada joven es completamente distinto del resto de los de su edad, y que su educación ha tenido lugar en unas circunstancias completamente distintas de las de su amigo. Por tanto, que nadie se me ofenda. También soy consciente de que, para cada padre o madre, la educación de sus hijos ha sido la más esmerada y la mejor que en sus circunstancias podían recibir. Y que cada uno de ellos son el mejor hijo o la mejor hija que hay en el mundo. Nos pasa a todos, cómo no.

Sin embargo, ahora nos horrorizamos porque todos nuestros esfuerzos, nuestro sacrificio de los últimos meses, nuestras horas de angustia en casa o en el hospital y nuestros muertos, se van a ver comprometidos porque los niños “tienen que salir de fiesta”. Según los últimos datos publicados, el ochenta por ciento de los contagios del último mes, tuvo lugar en botellones y fiestas ilegales. Pero ¿Qué queremos que hagan, si desde que han nacido les hemos enseñado que ese es un derecho inalienable de la juventud? Les hemos enseñado que hay que mantener limpio nuestro entorno, y nos hemos emocionado cuándo nos contaban que había una sentada o un encierro en la “facul”, para protestar por los vertidos de petróleo al mar. Pero hemos mirado para otro lado cuándo hemos visto el estercolero en que habían convertido esa misma “facul” los viernes, después del botellón; o cuándo han salido de casa dejando su cuarto como una auténtica pocilga. Hemos justificado además que hagan ese botellón porque “es que en los bares les cobran mucho por beber”, lo que aparte de ser una puñalada para los propietarios de los bares que pagan sus impuestos y cumplen todas las normas de sanidad; es una invitación a beber por beber. Porque hay que emborracharse para ser más guay. El proceso no es: salgo, tomo una copa o dos o varias, y si se me va la mano me emborracho y ya pagaré mañana la factura de la resaca. No. El proceso es el inverso: salgo a beber para emborracharme. Conozco más de un caso de ayuntamientos que, con el fin de combatir el botellón y de proteger a los menores, se dedicaron a mandar a la policía local a identificar a quienes hacían botellón. En todos los casos se tuvo que dejar de hacer, porque al ayuntamiento le llovieron las denuncias de los papás por acoso, detención ilegal o cosas peores…

Ahora los audaces estudiantes de las universidades de Valladolid o Santiago de Compostela han empezado a hacer fiestas en locales o casas particulares cobrando la entrada. De esta manera, hacen un fondo para pagar la multa que les va a caer si les pillan. Ante esto, habrá dos reacciones distintas de los papás cuándo se enteren de lo que hace su hijo: bien dirán que no se pueden hacer con ellos, que como viven fuera de casa van a hacer lo que les dé la gana; o bien lo encontrarán graciosísimo e ingeniosísimo. En el primer caso, se quitan de en medio para justificar la gran carencia que espero algún día sus hijos les echen en cara, cuál es la de no haberles educado.  Aunque después de todo, la falta de educación hace tiempo que no es una rémora para alcanzar los puestos más altos en los trabajos. Y en el segundo, nada que decir aparte de que la estupidez es hereditaria en muchos casos. Y que cuándo le traigan a casa ese maldito virus que se pueda cargar su trabajo, su vida o la de sus padres, no den la lata y sobre todo, no lloren.

Pues eso, y ahora qué…


lunes, 21 de septiembre de 2020

DE INDIOS, TONTOS E INDIOS TONTOS

 

Antes de comenzar este artículo, tengo que recordar a los pitiminíes y relamíos que las palabras no tienen sexo sino género. Y que yo utilizo el neutro, que sirve para designar indistintamente a hombres, a mujeres y a todo tipo de sujetos masculinos y femeninos.

Aclarado esto, he de señalar que sólo hay algo más repelente, más tonto y más ridículo que los cabestros que se dedican a destrozar mobiliario público, y a derribar estatuas en nombre de no se sabe qué remota afrenta. Afrenta que en todo caso habrían realizado sus antepasados a los indios, no los míos. Los míos se quedaron en la Península, pero éste es otro asunto. Sólo hay algo, digo, más insoportable que tener que aguantar a esta gentuza, y es ver a los “tontiacomplejaos” que piden perdón por ser españoles y que se creen que tienen parte de responsabilidad en semejantes “atropellos”. Pues tengo dos noticias para ellos, una buena y una mala. La buena es que nadie, repito nadie cometió atropello alguno en nombre de la Corona y mucho menos en vuestro nombre, en América. De hecho, nadie os conocía. Sería absurdo pensar que en trescientos años no hubo abusos e injusticias, claro. También las había en España, en Francia y en Inglaterra. Pero es obvio que, si tuvieron lugar, fue contraviniendo la Ley y evadiendo la vigilancia de las autoridades virreinales. Es como si ahora nos juzgasen a nosotros como civilización, porque existen violadores y pederastas. Claro que existen, pero son los menos y además están perseguidos. O deberían estarlo. Porque claro, vosotros que sabéis tanto de historia de América, sabréis la diferencia entre virreinato y capitanía general, así como las funciones de un virrey y las de un capitán general ¿no? Lo sospechaba. Esto es lo que pasa cuando tu única fuente de investigación histórica es el cine de Hollywood. Porque en el cine de Hollywood, como bien sabes tú que lo ves, los españoles eran conquistadores y los ingleses colonos. Los españoles recorrían América con coraza, espada y morrión, armados hasta los dientes; mientras que los ingleses lo hacían en mangas de camisa, con su familia blanquita y rubia, dispuestos a trabajar la tierra. Los indios del Sur eran altos, guapos y fornidos y los del Norte eran una especie de cucaracha escuchimizada. Los colonos del Norte eran, como digo, blancos y rubios; y los conquistadores del Sur eran renegridos, no se afeitaban, tenían los dientes separados y eran auténticas hienas libidinosas. A los indios del Sur, les atacaban unos monstruos sanguinarios, deseosos de robarles su oro; mientras que los pobres colonos del Norte solamente disparaban a los indios cuándo éstos les atacaban para arrancarles la cabellera. Qué otra cosa podían hacer.

Pues bien, la mala noticia es que a día de hoy no quedan prácticamente indios en el Norte, dónde tanto les cuidaron. Sin embargo, en el Sur dónde durante siglos estuvieron intentando exterminarlos, no sólo quedan muchísimos, sino que además existe el mestizaje. Y no sólo el mestizaje, que un mestizo es una mezcla entre indio y europeo, normalmente español. Es que, además hay y hubo desde el principio, moriscos que son mezcla de mulato y europeo; cholos o coyotes, que son mezcla de mestizo e indígena; castizos, que son mezcla de mestizo con español; mulatos, que son mezcla de negro y europeo o zambos, que son mezcla de negro con indígena. Negros que, por cierto, casi todos fueron traídos en barcos negreros desde África por esos benéficos vecinos del Norte y consiguieron escapar al infierno del Sur. Y para terminar de estropearlo, señalar que en el Sur, dónde a algún cenutrio de aquéllos se le ocurrió llevar la religión, crear universidades antes que en muchas partes de Europa y enseñar a los indios a leer y a escribir, así como transcribir su lengua para que no se perdiera, también hay blancos de ocho apellidos españoles, que se sienten ofendidos por la colonización. ¡Uy no, perdón! Por la conquista.

sábado, 4 de julio de 2020

Frases vacías


Hay dos frases relativas a la pandemia de COVID 19, que repite como una cotorra cualquier iletrado al que le pongan delante un micrófono. Iletrado asesorado por su jefe de gabinete, claro. Más aún, las repite cuando le preguntan por el COVID 19, por la crisis económica, por la desaparición de los dinosaurios, por la muerte de Paquirri o por cualquier otra desgracia. Dos frases cada una de las cuáles consigue hacerme perder la calma, sacarme de mis casillas y sacar lo peor de mí. Que no tienen ningún significado por abstractas y genéricas, y que sirven para hablar sin decir nada. A estas alturas ya debería haberlas nombrado, pero es que me dan tanta grima que, si lo hago es por no dejar cojo el artículo. Así que vamos allá: “Que nadie se quede atrás” y “De esto vamos a salir todos juntos”.

Que yo sepa, del COVID 19 hay al menos cuarenta o cuarenta y cinco mil que ya se han aquedado atrás, y que no van a salir juntos con nadie… excepto con los que ya han ido camino del crematorio. Sí, ya sé que las cifras oficiales hablan de muchos menos muertos. Pero claro, si te pones malo, llamas al centro de salud y te dicen que te quedes en casa; si empeoras, vas al hospital y te dicen que estás hecho un chaval y que te vuelvas a casa; y si por fin te mueres sin que nadie te haya echado una mano, no cuentas como muerto por COVID 19 para las estadísticas. Así, es fácil que descuadren el número oficial y el número real de muertos. Pero vamos a lo que vamos.

Señor entrevistado, esto no es una carrera de sacos ni unas olimpiadas colegiales. Aquí no se está ventilando si somos capaces o no, de hacer las cosas todos juntitos y llegar de la mano a la meta. Son vidas humanas, son haciendas, son años de trabajo para sacar un negocio a flote, y son muchos cientos de miles y millones de euros pagados a sujetos como usted, para que digan estupideces en lugar de hacer cosas útiles. Esto no es una crisis, es un naufragio. En un naufragio no se trata de salir todos juntos sino de que se salve el mayor número posible de personas. Y desde luego, si nos ponemos todos alrededor del bote salvavidas a decir que nadie se monte hasta que estemos todos, y que no quede nadie atrás, no estaremos cometiendo un error sino una estúpida negligencia criminal. De un naufragio no se sale todos juntos, se sale ordenadamente y, si es posible, dando preferencia a mujeres y niños. Aunque últimamente parece que habrá que revisar ese orden de prioridades, para que nadie se ofenda. Se trata, en primer lugar, de evaluar con qué medios se cuenta, en segundo, de quién debe subir primero al bote y en tercero de agilizar lo más posible la operación, con el fin de que los que antes lleguen a la orilla, puedan devolver los botes para rescatar a más gente. Si te lo planteas de otra manera, es posible que seas muy buen ciudadano, pero desde luego eres un ciudadano estúpido e incompetente. Y lo que es peor, serás responsable de muchas más muertes de las que ya de por sí, el naufragio iba a causar.

Así que no, definitivamente, los problemas no se solucionan con ridículas frases elaboradas en un gabinete de imagen. Si hay que mantener las distancias se mantienen las distancias y punto. No hace falta llamarle “distanciamiento social” para que los beatos y meapilas no se ruboricen. Si hay una situación de excepcionalidad, habrá que aceptarla como es: excepcional, incómoda y transitoria, pero nada más. No hace falta llamarle “nueva normalidad”. Si es nueva, no es normal y si es normal no es nueva. Vamos, digo yo… O a lo mejor, es que el raro soy yo.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 27 de mayo de 2020

QUO VADIS, SINISTRA


¿Dónde vas, izquierda? ¿No ves la crisis? No me refiero a la crisis sanitaria que padecemos. Ni siquiera a la crisis económica que ya ha generado y que, muy probablemente, nos va a hacer ver cosas que creíamos que ya nunca veríamos. La crisis que me preocupa en este momento es la crisis institucional que estamos viviendo y que, al amparo de las otras dos, está avanzando a pasos agigantados. Entre otras cosas, porque no es una degradación o un deterioro natural de las instituciones, sino un proceso meticulosamente planeado y ejecutado por quienes han estado y están ahora mismo en el poder. Y desde el poder es muy fácil desmontar la estructura de un estado, sea el que sea. Por eso se llama poder, entre otras cosas.

Siempre he presumido de liberal y, lo que es más importante, de haber tenido amigos de todas las tendencias e ideologías, excepto naturalmente, de aquéllas que se dicen “ideologías” y no son más que el soporte de alguna banda de secuestradores o asesinos. He presumido digo, de haber debatido de todo con amigos o con desconocidos, y de no haberme enfadado jamás con nadie por sus ideas. Ni enfadado, ni picado, ni molestado… Y si alguna vez alguien ha malinterpretado mis palabras, o mi falta de elocuencia ha dado lugar a alguna suspicacia, nunca me han dolido prendas en pedir disculpas. Más aún, como me gusta debatir, he encontrado foros en internet dónde durante años he podido debatir en libertad, con respeto y sin insultos. Pero últimamente, parece que eso es cada vez más complicado. En muchas de estas personas, he notado una radicalización extrema. Donde antes oía argumentos, ahora oigo insultos; dónde antes se referían a “la derecha”, ahora hablan de fascistas, franquistas, intransigentes y últimamente de “cacerolos”. Es decir, para la mayoría de la izquierda radicalizada, el único espacio democrático es el socialismo, el comunismo y el separatismo. Todo lo demás es fascismo y no sólo no tiene derecho a protestar, sino que merece ser insultado sistemáticamente.

Como quiera que pertenezco a la generación que de jóvenes fuimos radicales de un lado u otro, y que tuvimos que aprender a convivir. Y que lo hicimos siguiendo el ejemplo de aquéllos que se habían tiroteado en los campos de batalla, que entonces decidieron abrazarse y perdonarse. Que nos enseñaron que es posible pensar distinto y querer lo mismo, y que el respeto es el arma más poderosa para hacerse entender. Desde entonces tengo asumida esa mentalidad, y estoy hablando de los años ochenta del siglo pasado. Pero resulta que no hace tanto, en unas circunstancias nada claras, llegó al poder un sujeto inquietante, taimado y nada tranquilizador llamado José Luis Rodríguez. Inmediatamente, se puso manos a la obra para desmontar pieza a pieza, toda la estructura de ese régimen de conciliación entre españoles, que estaba pensado para que todos mirásemos juntos al futuro. Su principal “aportación” fue la llamada Ley de Memoria Histórica, cuyo fin era desmontar todo el sistema político de la Transición, basado en la reconciliación de los españoles, y volver a enfrentarnos unos con otros. Después de él, vino otro tipo no menos inquietante llamado Mariano Rajoy, que no sólo no hizo absolutamente nada por revertir la situación, sino que se dedicó a alentarla. Y lo hizo, no sólo no tocando una sola coma de esta y otras leyes. Además, permitió y alentó la creación de un movimiento de ultraizquierda que venía, apoyado desde el extranjero, a rebasar por la izquierda al Partido Comunista, que en su día había asumido los presupuestos pacíficos y conciliadores de la Transición. El mismo Partido Comunista que había luchado contra la dictadura desde dentro, desde las fábricas, desde las universidades y desde las parroquias. El mismo que había puesto los muertos y los presos. Lo promocionó, lo financió, puso un par de canales de televisión a su servicio y consiguió radicalizar a toda la izquierda española. A la vez, continuó con la política de su predecesor de dar entrada en las instituciones a la banda terrorista que, hasta entonces, se había dedicado a asesinar a todo tipo de representantes de esas mismas instituciones. Y lo hizo incluso, por encima de una sentencia del Tribunal Supremo. Hecho esto, sencilla y llanamente entregó sin discutir el poder a una coalición de la izquierda, la ultraizquierda y el separatismo, aún a sabiendas de que estaba dejando en tierra de nadie a su propio partido, y se marchó a su casa.

Cada cuál puede interpretar de la manera que le parezca más oportuna estos hechos, sus motivos o sus consecuencias. Pero desde luego, estas consecuencias son dramáticas: hoy en día, hay una polarización en la sociedad española muy, muy preocupante. Hay temas de los que es mejor no hablar, según quién esté delante. Personas con las que nunca hubieras pensado que discutirías, a las que te encuentras defendiendo al pueblo oprimido de tipejos como tú. Gente que siempre había argumentado brillantemente, soltando consignas de reality show. Y lo que es peor, esta polarización es idéntica a la que, durante años y decenas de años, se ha ensayado con éxito en los territorios dónde hoy día, el nacionalismo es una apisonadora incontestable. Dónde ser señalado es síntoma de graves problemas y hasta de ser expulsado de la sociedad. La buena noticia es que, en Cataluña que es uno de esos territorios, ya hay contestación y no tienen pinta de ir a callarse ahora. La mala, que la última vez acabamos a tiros.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 19 de mayo de 2020

El coronavirus son los padres


Yo ya tenía mis sospechas, la verdad. No sólo porque lo dijera el típico idiota de tu clase que, como es de padres separados, se cree que le han contado todos los secretos de la vida, porque su padre se sincera con él todos los fines de semana y su madre el resto de la semana. Pero es que, además, a mí eso de que viniera de Oriente y tuviera nombre de androide de La Guerra de las Galaxias, no sé, me parecía sospechoso. No me cuadraba, había algo que me sonaba a estafas anteriores. COVID19 ¿A quién se le habría ocurrido un nombre tan estúpidamente cinematográfico? Así que, dicho y hecho, me puse a investigar.

Lo primero que hice fue consultarlo con personas a quienes yo consideraba con una cierta autoridad moral, con una cultura digna de ser tenida en cuenta a la hora de elaborar conclusiones. Recurrí a amigos, familiares, profesores y hasta a mi monitor de boxeo. Uno a uno, les fui formulando mi pregunta directamente y sin rodeos: “¿Es verdad que el coronavirus son los padres?”. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando absolutamente todos tuvieron la misma reacción: se rieron, celebraron la ocurrencia y no me contestaron. Como quiera que esa actitud me recordara a otras conspiraciones anteriores, ya perdidas en el tiempo lejano de mi infancia, me reafirmé, tanto en mis sospechas como en mi decisión de llegar hasta el fondo de la cuestión.

A continuación, me puse a procesar toda la información procedente de los medios de comunicación, cosa que no fue difícil pues era de lo único que hablaban. Por el contrario, he de decir que la cosa resultó especialmente tediosa, pues repasarse decenas de páginas de periódicos y decenas de horas diarias de radio y televisión, todas ellas diciendo exactamente lo mismo, es una prueba de paciencia, si no de valor. Pero al final, mi constancia tuvo su recompensa y di con la clave de la cuestión: de manera recurrente, en todos los medios se decía y se insistía en que los perros no transmitían la enfermedad, ni podrían transmitirla de ninguna manera. El argumento, que como el coronavirus era un bicho que atacaba única y exclusivamente al ser humano, nunca podría alojarse en un perro. Dicho eso, te instaban a que cuando llegases a casa, te quitases los zapatos y los desinfectases porque habías pisado el suelo, y en el suelo sobrevive perfectamente el coronavirus. Que además te quitases la ropa y la lavases a sesenta grados centígrados, porque el coronavirus podía viajar por el aire y alojarse en tu chaqueta preferida. Que en ningún caso se te ocurriese tocar la baranda del metro, porque la baranda del metro es un cultivo inmejorable para las ansias de supervivencia de nuestro pequeño amigo. Que permanecer en una habitación con más de tres personas, fuese el que fuese el tamaño de la habitación, era una apuesta segura para sufrir un ataque demoledor de coronavirus. Y que cualquier trato, no ya con un enfermo, sino con un portador de anticuerpos del coronavirus, era poco menos que un pasaporte a la eternidad.

Entonces, comencé a atar cabos: el virus puede caer al suelo, alojarse en las suelas de tus zapatos e invadir tu casa, pero no roza las patas de los perros. El virus, puede viajar por el aire y arrojarse sobre cualquier víctima, alojándose entre los pliegues de su abrigo, en las costuras de su gabardina o en el ala de tu sombrero, pero nunca lo hará en el pelo de un perro, en su rabo ni en su hocico. El virus sobrevive cómodamente en la baranda del metro o en la barra de plástico y metal a la que te agarras para no caerte, pero le repelen el pelo de los perros, su piel y su saliva. Permanecer con dos personas más en una habitación, una tienda o un ascensor es directamente un suicidio, mientras que hacerlo que una persona y un perro es una garantía de asepsia. Mucho mayor si se hace sólo con el perro, claro. Y, por último, cualquiera que haya tratado con un enfermo de coronavirus debe ser inmediatamente puesto en cuarentena, siempre que no sea un perro.

Definitivamente, o el coronavirus son los padres, o hay un miedo bastante fundado a que esos presuntos amantes de los animales, esos que quieren más a su perro a que a las personas, esos que se gastan fortunas en veterinarios, juguetes y tratamientos de belleza para sus mascotas, empiecen a abandonar o a matar a sus fieles amigos. Pero qué digo, seguro que son los padres.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro