viernes, 11 de marzo de 2022

Acuérdate

 

"El Gobierno destinará más de 20.300 millones de euros a promover la igualdad hasta 2025" EL PAÍS, 10 de marzo de 2022. 

Cuando no puedas llenar el depósito de tu coche, acuérdate. 

Cuando tengas que bajar su seguro de todo riesgo a terceros, acuérdate. 

Cuando tengas que decir a tu hijo que no puede seguir haciendo su deporte favorito, acuérdate. 

Cuando tengas que decirle que no puede ir ese viaje, acuérdate. 

Cuando tengas que decir no a esa cena o a ese fin de semana, acuérdate. 

Cuando tengas que convencer a tu familia de que “no hace tanto frío” como para encender la calefacción, acuérdate. 

Cuando anules el hotel o el apartamento que tenías para este verano, acuérdate. 

Cuando toque quedarse en casa y pedir pizza, acuérdate. 

Cuando dejes el seguro médico “porque ya tienes la Seguridad Social”, acuérdate. 

Cuando digas a tus hijos que “este año no puede ser lo de EE. UU.”, acuérdate. 

Cuando resulte inviable seguir pagando a una persona o una residencia para que cuiden a tu madre, acuérdate. 

Cuando eches de menos los veranos, las vacaciones o los fines de semana de antes, acuérdate. 

Cuando dejes de cobrar el paro porque llevas dos años sin encontrar un puñetero trabajo digno, acuérdate. 

Cuando despidas a tu hija en el aeropuerto, sin saber muy bien lo que se va a encontrar, acuérdate. 

Cuando no te salgan las cuentas de lo que vais a necesitar para vivir cuando os jubiléis, acuérdate. 

Cuando vayas a rescatar tu plan de pensiones y te digan lo que vas a cobrar, acuérdate. 

Cuando Te cobren por circular por una carretera, por la que siempre habías circulado sin pagar, acuérdate. 

Cuando tengas un accidente o una enfermedad y te digan que no te pueden atender porque no estás en tu comunidad autónoma, acuérdate. 

Cuando, en fin, leas lo que cobran cada ministro, cada diputado, cada consejero, cada alcalde, cada concejal y cada funcionario de una administración, innecesaria en el ochenta por ciento de los casos… Acuérdate de que todo ese dinero sale de tus bolsillos, pero no sirve para para hacer tu vida mejor sino para “promover la igualdad”.

 

martes, 1 de marzo de 2022

Paz y pacifistas

 

Andaba yo haciendo cola en la puerta de un cine en la Gran Vía de Madrid, cuando un fuerte altercado llamó mi atención: con grandes gritos e insultos, un tipo bastante fornido estaba moliendo a palos a la que aparentemente era su novia, una chica por otra parte bastante débil y quebradiza. En cada golpe, en cada grito, la pobre parecía que se iba  a desangrar. Sin dudarlo me lancé en su ayuda, pero inmediatamente comprendí que no iba a mejorar nada, puesto que allí había un representante de la autoridad. Mi sorpresa fue cuando el presunto policía se dirigió a la audiencia y manifestando una indignación un tanto fría, fingida diría yo, solicitó la ayuda de quién pudiera tener vendas, tiritas o algún tipo de material de protección: algún casco, un chaleco antibalas, etc. Por supuesto, la mayoría de los presentes, indignados, tratamos de detener aquella barbaridad, pero hubo otra parte del público que nos detuvo alegando que actuar contra el agresor era iniciar una espiral de violencia que no podía conducir nada más que a un conflicto mayor. Hubo incluso quien dijo que lo que en realidad nos movía era el odio hacia aquél pobre hombre, que no hacía nada más que arreglar un problema que le habíamos creado nosotros por meternos en su vida. Aquella bestia seguía pegando a la chica cada vez con más saña, por lo que ya hubo varios presentes que, como pudimos, empezamos a increparle y hasta a arrojarle objetos para pararle. Entonces, algunos más nos atacaron diciendo que estábamos usando la violencia y que el uso de objetos arrojadizos era una forma de buscar pelea en lugar de intentar solucionar el conflicto dialogando. Que, en realidad, lo que queríamos no era evitar el conflicto sino generar uno mayor para sacar ventajas económicas y forrarnos a costa del sufrimiento de la pobre chica… Evidentemente, esta historia es una ficción, pues quien me conozca sabrá que, en caso contrario, la estaría escribiendo desde una celda o desde un hospital.

 Lo que no es ficción es la reacción de cada uno de los actores, si trasponemos la acción a la vida real. El matón sería Rusia; la chica, Ucrania; el policía, nuestro Gobierno; la parte del público indignada, los países civilizados; y los tibios, los autodenominados pacifistas. Y digo autodenominados porque no hay nada que me parezca más sorprendente que esas personas que se atribuyen a sí mismas en exclusiva, la defensa de la paz, de la Naturaleza o incluso de la Cultura. Y no solo se la atribuyen en exclusiva sino que, al dejar fuera al resto de la Humanidad, la señalan como gente violenta que quiere la guerra. Es decir, la paz es lo que yo te diga que es la paz, y si no te parece bien, puedes y debes ser perseguido, acosado y sobre todo silenciado, porque no tienes derecho a hablar. Y una vez dicho esto, deducen que la paz es la ausencia de violencia física, siempre que esa violencia física no sea ejercida por ciertos países, partidos, bandas armadas o matones a los que ellos consideran legitimados para utilizarla, claro. Inútil discutir con ellos, puedes acabar muy perjudicado, tanto verbal como físicamente.

Y aunque muchos de ellos se crean que son una mezcla de Mahatma Gandhi, Martin Luther King y Jesucristo, lo que en realidad son es una mezcla de la tolerancia de Stalin, la cultura de Diego Armando Maradona y la inteligencia de quien se cree que siempre tiene la razón. Ya se sabe cuáles son los cinco principios de los poco inteligentes: culpar a otros de sus errores, creer que siempre tienen razón, la agresividad, la incapacidad para entender los sentimientos de otras personas y la firme convicción de que son mejores que los demás. De otro modo, no intentarían hacer frasecitas ocurrentes cuando les recuerdas el dicho clásico de “si vis pacem para, bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra). Resulta que este es un principio formado a lo largo de muchos siglos de experiencia, que sencillamente advierte de que, si no eres capaz de defenderte, antes o después alguien se impondrá sobre ti. Es decir, que si bajas las manos, siempre habrá alguien dispuesto a atropellarte. Y esto es válido para los estados, los pueblos, el trabajo, las relaciones personales, los negocios, etc.

Pero es que además tampoco suelen tener la más mínima noción ni referencia de los padres de la Escuela de Salamanca: Francisco de Vitoria, Tomás de Mercado, Domingo de Soto, Luis de Molina, Juan de Mariana, Martín de Azpilicueta… casi nadie al aparato. Que no sólo fueron precursores en el siglo XVI de la teoría cuantitativa del dinero, es que además acuñaron conceptos como el del Derecho de Gentes (ius gentium), que va a dar lugar al Derecho Internacional, y el de guerra justa. En virtud de este último, una guerra es justa si evita un mal mayor que el que produce. No sólo eso: el territorio de un pueblo bárbaro no puede ser invadido  porque el derecho de la toma de la tierra en el nuevo mundo solo puede ser dado a través de la guerra justa. No por un derecho de evangelización o un derecho de misión. Pero bueno, parece ser es más sencillo vociferar, acusar a todo el mundo de ser violento… y defender a los asesinos.

Como dijo Churchill: “Entre la indignidad y la guerra, hemos escogido la indignidad; y ahora tendremos la indignidad y la guerra”

domingo, 23 de enero de 2022

El COVID son los padres

 

Desista de su intento quien quiera encontrar en este artículo cualquier atisbo de negación de la enfermedad o de teoría de la conspiración. La enfermedad existe y se ha llevado por delante a cientos de miles de personas, incluido algún amigo al que tenía gran cariño. Y hasta la fecha, el único remedio que tiene es la vacuna, aunque esta sea todavía bastante incompleta. El único chip que nos han insertado, lo hemos pagado con mucho gusto de nuestro bolsillo, en torno a los ciento cincuenta, doscientos o trescientos euros. Y lo tenemos tan insertado que, si salimos de casa sin él, volvemos corriendo o pasamos un día negro, echándolo de menos. Puede ser Samsung, LG, Apple, Xiaomi… Si alguien nos quiere localizar desde un satélite, no tiene más que buscarnos por nuestro número de teléfono, que a su vez está ligado a nuestro nombre, casa, trabajo, etc. Desde allí se puede saber dónde estamos, dónde hemos estado, cuántas veces, con quién, cuánto hemos pagado, cómo, etc. Y si usted no se lo cree, pregúntese quién cambia la hora de su teléfono el último domingo de marzo o el último de octubre.

Si es usted de los que tuvo la suerte de tener unos padres que se molestaron en educarle, o de los que se ha tomado la molestia de educar a sus hijos, le sonará de algo eso de:

- “¡No sales hasta que tu cuarto esté hecho!”

- “Si ya está hecho”

- “De eso nada, esa colcha está hecha un guiñapo ¡no sales!”

O lo de:

- “Me dijiste que si recuperaba Geografía podía apuntarme a baloncesto”

- “Sí, pero me ha mandado una nota tu profesor…”

Y es que, son muchas las ocasiones en las que hay que hacer de la necesidad virtud. Situaciones en las que en lugar de decir no a algo que no se considera conveniente, se aprovecha para corregir un comportamiento que se considera poco adecuado o innecesario. Una actitud loable, sin duda, no sólo por el sacrificio que requiere, sino porque redunda en bien de personas a las que queremos, como son los hijos.

Ahora bien, que sea una actitud loable, no quiere decir que tenga que ser utilizada por los poderes públicos en su relación con los ciudadanos. Por decirlo de manera más simple, es inadmisible que el poder político trate a los ciudadanos como menores de edad. Si nadie me dice otra cosa, la relación del Poder con los administrados debe ser de servicio, dado que son estos quienes eligen a sus representantes para esa función. Por eso es inadmisible que nada menos que todo un Presidente del República Francesa, diga públicamente que va a perseguir con saña a quienes no se sometan ponerse a una vacuna. Las vacunas, las medicinas y las intervenciones quirúrgicas son opciones privadas a las que cada uno tiene derecho y se somete en función de sus necesidades, sus apetencias o sus posibilidades.

Es  verdad que habrá quien argumente que, si no te quieres vacunar, luego no debes ser atendido si caes enfermo. Pero no dicen que si conduces borracho no debes ser atendido en urgencias después de un accidente; que si frecuentas los prostíbulos no debes ser tratado con penicilina; que si te pierdes en el monte escalando, no debes ser rescatado por un helicóptero; que si consumes cocaína, no debes recibir atención en caso de infarto; que si no te vacunas de la triple vírica no puedes ser curado en caso de contraer el sarampión, la rubeola o las paperas; o que si engordas más de la cuenta, no debes recibir tratamiento contra el exceso de azúcar. Si llegamos a aceptar que sea el Estado quien determine lo que podemos comer, podemos beber y podemos hacer, habremos entrado en la dictadura perfecta, que es la que entra en tu intimidad, en tu casa y en tu cama. Y eso hoy, que se sepa, solo existe en China, Corea, Cuba y algún país más. Pero parece que a los bien pensantes eurócratas no les parece una mala idea.

Primero nos dijeron que era una crisis sanitaria en una desconocida ciudad china. Cuando aquello se extendió, nos dijeron que no era probable que saliera de China. Cuando se extendió por Asia, dijeron que estaba controlado. Cuando llegó África dijeron que no saldría de allí. Cuando llegó a Europa, que no hacían falta mascarillas y que se podía viajar tranquilamente. Cuando nos encerraron en casa, dijeron que era legal suspender el derecho a la libre circulación, e incluso sancionar a quien la policía señalara. Es decir, se aprobaron leyes de excepción y se cerró el Parlamento. El único precedente de cerrar un parlamento en Europa era el de Hitler, cuando cerró el Reichstag y posteriormente le prendió fuego. Después nos dijeron que podíamos salir, pero no juntarnos. Luego, que no podíamos ir a los bares, a los teatros ni a trabajar. Luego que sí podíamos ir a trabajar, pero no a los bares. Después dijeron que, si nos vacunábamos el cincuenta por ciento de la población, la cosa estaba hecha. Después que el setenta, después que el ochenta y después que el noventa. Cuando nos vacunamos el noventa por ciento, nos dijeron que es que era otra variante... y en todos los casos las autoridades, como en cualquier dictadura, contaron con el apoyo inestimable de la “policía de los balcones”: los ciudadanos “ejemplares” que denuncian a sus vecinos ante la autoridad protectora.

Lo malo es que esa autoridad no es protectora como la de los padres, ni nos vigila, nos prohíbe o nos sanciona porque nos quiere y quiere lo mejor para nosotros. No, no es que el COVID sean los padres, es que hay quien se cree que puede tratarnos como nos trataban nuestros padres, pero sin darnos nada a cambio. Me temo que es una cuestión de dominio, de control puro y duro y que tiene mal arreglo: como siempre nos callamos, siempre dan un paso más.

lunes, 10 de enero de 2022

La profecía

 

Para cualquiera que no tenga el privilegio de conocer la Biblioteca Nacional por dentro, debo decir que se está perdiendo uno de los lugares más apasionantes de Madrid. Personalmente y por motivos particulares, he tenido la suerte de conocerla, pero de verdad: visitando sus salas reservadas, sus estanterías, talleres y depósitos. De hecho, aunque usted no lo sepa, de cada libro, de cada revista, de cada cartel e incluso de cada prospecto que usted ha leído en su vida, si es que se ha publicado en España, hay una copia en la Biblioteca Nacional. Evidentemente, no en su sede central, pero sí en sus grandes almacenes distribuidos de forma estratégica por España.

No diré que cada libro de los que allí están ha sido leído entero por alguien, pero sí desde luego que el trabajo de sus bibliotecarios es mucho más que minucioso y que cada ejemplar ocupa exactamente el lugar que le corresponde por título, por edición, por editorial, por temática… y por antigüedad. Y fue precisamente revisando uno de esos libros antiguos que tanto me gustan por su encuadernación, por la calidad de su papel, por su contenido y por su textura, cuando me encontré un ejemplar verdaderamente profético. Vaya por delante que me plantea serias dudas la posibilidad de que alguien pueda ver el futuro, y eso por motivos evidentes de Física, e incluso Filosofía, fundamentales:  lo que no ha ocurrido no puede ser visto. Otra cosa son las creencias particulares de cada uno, que para mí son todas respetables. El ejemplar era aparentemente un cantoral del siglo XVI, impreso en el monasterio de San Salvador de Nogal de Las Huertas, en León, de construcción muy anterior a ese siglo. De hecho, constituye uno de los elementos fundamentales para entender la aparición del románico internacional pleno en Castilla, pero este es otro asunto… En todo caso, entre sus páginas se encontraba el texto en unas hojas sueltas. Y sin perjuicio de que alguien pueda objetar que mi paleografía es más que limitada, que no solo lo es sino que lo ignoro todo sobre paleografía, puedo asegurar que lo que transcribo lo leí. Es verdad que sin entender nada de paleografía, insisto, pero como hoy día no hay nada que no se remedie si te encomiendas con fe a San Google, lo poco que aprendí me permitió datar el texto en torno a 1.700:

“Cuando en España haya dos reyes y dos papas haya en Roma, será el principio del fin. Para entonces el hombre habrá salido de su casa para crear otros hogares y otras familias, y después la mujer habrá hecho lo mismo. Y los hijos crecerán solos y los padres no tendrán autoridad para enseñarles. […] El fin de los tiempos no vendrá en nube alguna ni con lluvia de fuego, sino que será de abajo hacia arriba. Y como la carcoma destruye la silla sin que nadie lo aprecie hasta que se sienta y se cae, el mal se iniciará en cada casa, en cada villa y en cada reino y todo el que se le oponga será señalado y apartado…” […] “Si de entrambos papas y reyes, tanto de los unos como de los otros, muere primero el que tiene que morir, los acontecimientos seguirán su curso inexorable. Pero si así no fuere, la Cristiandad tornará a reinar.” Después continúa el texto haciendo florilegios y yuxtaposiciones, pero hasta aquí parece ser lo más interesante. No puedo aportar mucho más en cuanto a su veracidad. Sí puedo en cambio, asegurar categóricamente que, si esos apuntes estaban entre las páginas de ese libro, es que cuando llegaron a manos de los bibliotecarios, estaban exactamente ahí. Ese es uno de los principios de la Biblioteconomía, no alterar la integridad del ejemplar. Quién lo haya puesto o cuándo lo hayan puesto, se escapa a mi conocimiento, pero de que el texto y la historia son reales, tengo pocas dudas. O no.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Carta a l@s Reyes Mag@s

 

Querid@s Reyes Mag@s:

Este año mi profe Irene nos ha contado que vosotr@s sois muy inclusiv@s porque integráis distintas culturas y porque vuestros camellos son parte de vosotr@s misms@s. Y, aunque dice mi madre que sois una costumbre machista porque no hay chicas en vuestra cabalgata, yo la he visto y sí que las hay. Mi papá las mira mucho.

Este año tengo que pedir juguetes que no sean machistas, que no distingan a l@s niñ@s por su género y que sean resilientes y respetuosos con el Planeta. Y por supuesto, que no sean violentos. Por eso he pensado que quiero un iPod, un iPad o un iPed, eso me da igual. El caso es que también se lo traigáis a los otros niños. La verdad es que también me he portado un poco mal porque el otro día jugamos a las peleas en el patio y me lo pasé muy bien. Pero la profe Irene me llevó a la psicóloga del cole y ya le he prometido que voy a plantar un árbol para que l@s niñ@s salvemos el Planeta. Quiero también los dibujos japonenses que se llaman Manga, Mango o Mangue y que a mi papá le gustan mucho, sobre todo cuando las protagonistas ponen caritas de piñón como dice mi mamá, y jadean mucho. Eso es cuando el chico les pega, pero me ha dicho mi papá que es en broma y que les gusta mucho y por eso jadean. Yo jadeo cuando estoy cansado, después de jugar en el patio.

También quiero muchos animales para cuidarlos: un@ elefante, elefanta o elefanto; un@ tigre, tigra o tigro; un@ caballo, caballa o caballe; y un@ rata, rato o rate porque dice mi profe Irene que ell@s también son animales y tienen derecho a que les cuiden.

Quiero además jugar con muñec@s de todos los oficios del mundo: quiero un@ muñec@ cooperante, cooperanta o cooperanto en misión de paz; un@ submarinista, submarinisto o submariniste que salve muchas vidas; un@ acróbata, acróbato o acróbate que haga muchas piruetas para entretener a l@s niñ@s y también un@ funambulista, funambulisto o funambuliste.

Pero sobre todo quero que l@s niñ@s de todo el mundo tengan mucha paz, que no se discrimine a nadie y que los animales puedan vivir contentos. Y, por cierto, hablando de animales, quiero que me traigáis la nueva versión inclusiva que han hecho de una serie que a mi papá y a mi mamá les gustaba mucho, se llama El Hombre, la Mujer y la Tierra, de un tal Félix Rodríguez de la Fuente. Parece que han quitado las escenas violentas en las que los animales se comían entre ellos, y ahora también podemos verla l@s niñ@s. Y ya, si os parece bien que vea vídeos de teatro inclusivo, me gustaría tener la nueva versión que han hecho de una función en la que se habla de un juicio que le hacen a una persona mala, para que se reinserte. Se llama Seis Hombres y Seis Mujeres Sin Piedad. También quiero la nueva versión de la película Mujercitas, Hombrecitos y Demás, en la que se trata de las relaciones interpersonales de cada sector social, desde un punto de vista resiliente. Si puede ser, todos de la editorial Planeta.

Prometo acostarme pronto para no consumir luz eléctrica, y que les vamos a poner comida vegana a vuestr@s camell@s para que no se desequilibre su colesterol ni sus triglicéridos. Y, sobre todo, para que sus emisiones no puedan contribuir a la destrucción de la capa de ozono del Planeta.

viernes, 24 de septiembre de 2021

DELITOS DE ODIO

 

Hasta donde yo sé, que no es mucho pues pasé dos años por la facultad de Derecho sin pena ni gloria, el Derecho Penal está codificado para sancionar hechos considerados punibles. Y la única garantía del ciudadano frente a una condena injusta, es que se le acuse formalmente delante de un juez, que este instruya el sumario con todas las garantías de defensa, y que quien le acuse demuestre los hechos. Una vez probado el hecho, si está previsto en el Código Penal y este le asigna una pena mínima y una máxima, el juez aplica la que considere más oportuna en función de su criterio. Afortunada o desafortunadamente, tenemos un Derecho Penal muy garantista, que exige muchísimos requisitos para que alguien cumpla una pena. Afortunadamente, digo, si eres el acusado; y desafortunadamente si eres la víctima, pero este es otro cantar.

Sin embargo, a nada que uno esté atento a periódicos, radio o televisión habrá oído hablar de manera insistente en los últimos tiempos del “delito de odio”. Todo el mundo acusa a alguien de delitos de odio… y casi siempre son los mismos, los que acusan al mismo “alguien”. Pero este también es otro cantar, no nos desviemos. La pregunta es: ¿se puede condenar a alguien, no por unos hechos sino por un sentimiento? Pues parece que sí, lo cuál me convierte a mí en un delincuente irredento. Sí, delincuente porque hay cosas que odio con toda mi alma; e irredento porque no tengo ninguna intención de dejar de odiarlas. Y usted también, reconózcalo, aunque no odiemos las mismas cosas. Yo odio escuchar en la radio a un comentarista deportivo, dando gritos como si lo estuvieran degollando y pegándole patadas al diccionario de la Real Academia. Odio los programas de cotilleos, donde aparecen cinco rabaneras gritando histéricas, insultando y agitando las manos como si les estuvieran mordiendo el culo, y un par de floripondios destilando leche agria. Odio los llamados reality show -espectáculo de la realidad, para los que no sepan español- en los que alguien nos desnuda su intimidad sin pudor, sacando sus más bajos instintos y exhibiendo la calidad de su educación, aún a costa del buen nombre de quien se la dio. Odio que quieran dirigirme hasta el punto de imponerme un lenguaje, unas ideas y una moral distintas de las que me enseñaron mis padres. Hay otras cosas que odio, pero no es cuestión de enumerarlas aquí. Como usted, insisto, tendrá otras tantas cosas o personas con las que no estará dispuesto a reconciliarse.

¿Somos unos delincuentes por eso? Pues no, porque usted, que pasó por la facultad de Derecho con más aprovechamiento que yo, ya se estará revolviendo en su asiento y pensando que no existe el delito de odio, sino que lo que en realidad regula el Código Penal es la incitación al odio que, aunque parezca igual, no es lo mismo. Aunque eso tampoco lo sepan los que dan y comentan las noticias. Y lo que es mas grave, ni los mismos políticos que han votado esa ley. Pues a pesar de todo, me sigue pareciendo una barbaridad ¿quién puede condenar a nadie por emitir su opinión acerca de algo o de alguien? Eso es ni más ni menos que un delito de opinión, expresamente prohibido por nuestra Constitución. Pero, en fin, doctores tiene la Iglesia y letrados tienen las Cortes, como para que venga yo a meterme en su trabajo.

Por todo lo anterior, en cambio, aprovecho para pedir que se regule el delito de incitación al asco, y así poder denunciar a alguien cuando venga a contarme cómo comía su jefa en la cena de Navidad. O el de incitación al desprecio, para que nadie pueda contar los métodos que utiliza un compañero suyo para ascender en la empresa. También convendría regular el delito de incitación a la ira, de manera que a nadie puedan darle la noticia de que está siendo engañado por su marido o por su mujer. Sin dejar por supuesto, de prohibir todas las películas y libros de terror por incitación al miedo. Así como las que acaben mal, por incitación a la tristeza.

Nos estaría bien empleado, por dejarnos manipular…   

lunes, 5 de julio de 2021

DICTADURAS

 

Todas las dictaduras que han existido en Europa y América, desde el siglo XIX, tienen una sola cosa en común: se han impuesto en nombre de un bien superior, de una patria, de una religión, del proletariado, de un pueblo oprimido, de un territorio dividido o incluso de un idioma. En todos los casos, ese bien superior está por encima del individuo, hasta el punto de que el sujeto de derecho, aquello para lo que se legisla y el titular de los derechos, no es el individuo sino ese supuesto bien supremo. Por tanto, la libertad, la propiedad y en muchas ocasiones hasta la propia intimidad familiar de cualquier persona, están supeditadas a los designios y a las necesidades de tan indefinido fin. Designios y necesidades que, por supuesto, determinan unos pocos que a su vez son los que detentan el poder. Los que, en nombre del pueblo, de Dios o de la patria, le explican al ciudadano lo que necesita y se lo dan. Es momento para hacer un paréntesis y explicar la diferencia entre súbdito, aquél que es gobernado con o sin su consentimiento; y ciudadano, aquél para quien se gobierna en pie de igualdad con todo el resto de sus conciudadanos, para quien se legisla y quien tiene la capacidad de determinar periódicamente quién ha de hacerlo.

Pues bien, cualquier europeo, norteamericano y casi todos los suramericanos hoy en día, afirmarán sin ningún tipo de duda que esa pesadilla de las dictaduras está definitivamente erradicada de nuestro territorio, al menos desde hace más de treinta años. Desde que cayó el Muro de la Vergüenza, como siempre se llamó y que ahora no era nada más que de Berlín. ¿Pero podemos afirmar esto tan categóricamente? Vamos a verlo. Hemos dicho que para que exista una dictadura hace falta, en primer lugar, una élite de poder que es quien determina qué leyes se hacen, con qué objeto y para quién. Y en muchos casos también, contra quién. Pues bien, esa élite no solamente existe en la inmensa mayoría de los países europeos, en forma de dos grupos aparentemente distintos que se alternan en el poder, sino que además se ha constituido en un estadio superior, a escala continental. Son los famosos eurócratas. Si nos ceñimos a España, esa élite se ha tambaleado últimamente con la aparición de alternativas distintas, pero parece que ahora pueden volver a encontrar su sitio. Un sitio en el que haya una serie de dogmas y principios intocables, de los que vamos a hablar ahora.

Y es que esos dogmas y esos principios, constituyen el bien superior para el que se ha de legislar y al que los ciudadanos deben estar sometidos. Ese que está por encima de ellos y el que siempre ha justificado las dictaduras. El mismo que justifica que no todos los ciudadanos seamos iguales ante la Ley, que es el principio único de la Democracia. Sino que seamos más o menos iguales, según el lugar en el que hayamos nacido, según la raza o religión que tengamos, según nuestras inclinaciones o apetencias sexuales, o incluso según nuestros intereses o nuestros derechos puedan perjudicar los de algún poderoso. No se le ocurra a usted edificar o trazar un camino en su propiedad si esto no le conviene a un poderoso, porque entonces le acusarán a usted de querer masacrar a toda la población mundial de sisón comegüevos ibérico, que anida justo allí.

Es lamentable decirlo, pero ahora mismo en Europa no existe una Ley igual para todos. Desde hace ya unos cuantos años, se hacen legislaciones específicas para grupos sociales o políticos distintos, porque ellos lo valen, parece ser. O porque son acreedores de mejores derechos que los demás. Una puñalada no es la misma si la recibe un inmigrante, un gay, una mujer o un miembro de según qué partido político, que si la recibe alguien que no pertenece a ninguna de esas élites.  Ni lo es una amenaza, ni un acoso. Si te roban tu casa, reza para que no sea nadie de la casta privilegiada por la Ley Penal, porque si no, te quedas sin ella. Por supuesto, si algún (o alguna) miembro de la casta privilegiada te acusa ante un juez de los peores crímenes, procura no perder tu dinero en una buena defensa jurídica, porque no te va a valer de nada. No solo no le hace fata aportar pruebas, sino que las tuyas no serán tenidas en cuenta.

Los alemanes en general no odiaban a los judíos, pero nadie quería ser acusado de defensor de los judíos. Lo mismo pasaba en la Unión Soviética con los burgueses explotadores, en la Cuba castrista con los norteamericanos o en la Argentina, la España o el Chile de los años 70 con los comunistas. Pero lo peor no es que hayamos “avanzado” un siglo y medio hacia atrás, justo al momento anterior a la Revolución Francesa. Lo peor es el silencio culpable y ovino de la inmensa mayoría. Por eso ganan siempre.