miércoles, 8 de abril de 2020

Este mundo chupi guay


En este mundo chupi guay en el que nos hemos metido nosotros solitos, porque es verdad que los que nos pastorean no hacen más que darnos gusto. En este mundo, digo no cabe la infelicidad. Hemos llegado a la monstruosidad de que una pandemia que nos arrasa, que nos causa centenares de bajas diarias, casi todos ellos muertos solos, metidos en un ataúd con una etiqueta y puestos en fila para ser enterrados o incinerados, hay que presentarla en los medios como “algo positivo”. Y no estoy diciendo ninguna barbaridad, que esa y no otra es la consigna de casi todos los medios de comunicación. Al menos, de todos los que dependen del maná gubernamental para su subsistencia. Y no digamos para la placentera existencia de sus consejeros, directivos y altos ejecutivos.

No digo yo que haya que regodearse en el sufrimiento de nadie, que arrollar la intimidad de nadie ni que faltar el respeto a ningún muerto, por supuesto. Cosa de la que por cierto, nos estamos librando no por la finísima delicadeza de ningún periodista ni director de programa televisivo alguno, sino simplemente porque el PP no está en el Gobierno. Si no, que a nadie le quepa duda de que se abrirían todos los telediarios con entierros, velatorios, gritos desgarradores de viudas y denuncias de abandono de padres en sus residencias. Pero, en fin, no es asunto mío defender al PP, al que un día pertenecí y del que me fui avergonzado. Avergonzado entre otras cosas, por tener que aguantar que me acusaran de meter al mundo en una guerra, de hundir un barco con petróleo para arruinar la costa gallega, de volar cuatro trenes repletos de pasajeros o del asesinato inmisericorde de un perro infectado con el virus del ébola. Ahí se quedaron. A mí no me pone nadie la cara colorada si tengo razón, y desde luego, no me callo para que no se enfade el que me está injuriando. Si a algún idiota le parece que esa es una buena estrategia, que la siga sin mí.

Pero no me he sentado a escribir para hablar de mí sino de nuestro maravilloso mundo, de una adorable Arcadia, de un Paraíso que en cuestión de días se nos está desgarrando por todas sus costuras. Y como la orquesta del Titanic, que no es una película sino un hecho real, seguimos celebrando nuestra fiesta. Seguimos saliendo todas las tardes a aplaudir al balcón, yo soy de los que lo hacen, aunque cada uno de nosotros aplaudamos por algo o por alguien que en muchas ocasiones no tiene nada que ver con el aplauso del vecino. Aunque recibamos en nuestros teléfonos vídeos indignados de presuntos, y en muchas ocasiones verdaderos, sanitarios que nos indican a quién podemos aplaudir y a quién no; quién es bueno y quién es malo. Aunque sepamos de muchos casos de personas que han sido varias veces devueltas a casa desde el hospital, y al final han muerto… Pero de todo esto no se puede hablar, estamos en el mundo chupi guay: la información sobre la crisis ha de construirse sobre sanitarios aplaudiendo al dar un alta, sobre filas de enfermeros con globos y cartelitos, y sobre aplausos desde los balcones. Ante todo, muchos aplausos, muchos balcones y muchos globos. La ética -o cierta “ética”- no deja mostrar la desgracia, la infelicidad no existe.

Dicen que el príncipe Siddharta vivía en su palacio de oro, rodeado de jardines y con instrucciones expresas de su padre de que jamás podría ser contrariado. Sólo cuando un día por accidente, traspasó el muro de su jardín y vio el mundo exterior, lo abandonó todo, se despojó de sus riquezas e inició un camino de introspección, de perfección, de sacrificio y de renuncia que le llevó a convertirse en el Buda. Por mi parte, creo que el Buda siempre fue mucho más feliz que el príncipe Siddharta, pero allá cada cual.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 4 de marzo de 2020

Ya está aquí el ocho de marzo


A lo largo de esta semana nos van a machacar, mucho más de lo habitual, con la cantinela del dogma feminista. El domingo día ocho, muchas mujeres, muchas chicas y casi ninguna señora, saldrán en algunos casos a hacer el ridículo con sus bailecitos; en otros a destilar su amargura y su odio contra todo y contra todos; y en la mayoría, a aplaudir semejante aquelarre, aunque sea de buena fe. Digo de buena fe porque la inmensa mayoría acude engañada, creyendo que es un día festivo de homenaje a las mujeres. Un día para divertirse e incluso hacer un poco el gamberro. Lo cuál por otra parte no estaría nada mal, qué demonios.

Pero es que las que van a aplaudir allí, por supuesto no se han leído el manifiesto previo a la manifestación: muchas no saben que van a aplaudir que se pida “una economía sostenible (todo tiene que ser sostenible hoy día) justa y solidaria que gestione los recursos de forma pública y comunitaria, que esté en función de las necesidades humanas y no del beneficio capitalista”. Es decir, lo que toda la vida se ha llamado colectivización. La misma colectivización que ha fracasado estrepitosamente, con millones de mujeres asesinadas, violadas y explotadas en Rusia, en todo el Este de Europa, en Nicaragua, en Camboya, en Corea, en gran parte de África, en Cuba y que ahora asesina, tortura y persigue a su propio pueblo en China y en Venezuela. “Para que se rompa la división sexual del trabajo”: la famosa brecha salarial, la agobiante brecha salarial, la insoportable brecha salarial, la gran mentira de la brecha salarial. Está prohibida por ley en España desde los gobiernos de UCD, cuando la mayoría de las hienas que ahora aúllan contra la brecha salarial, ni siquiera habían nacido.

Quien vaya se podrá encontrar allí a toda la plana mayor de los partidos políticos, agarradas del brazo y bailando, con las más renombradas y rimbombantes periodistas. Pregúntenles entonces a todas y cada una de ellas, si las niñas acogidas por los servicios sociales de la comunidad de las Islas Baleares, son mujeres y merecen ser protegidas. Pregúntenles si el enriquecimiento ilícito e ilegal de los chulos y las alcahuetas del PSOE y Podemos, versión balear, y anteriormente del PP, merece que miren para otro lado y no vean las torturas a esas niñas, las palizas y la humillación de meterlas drogadas en la cama de algún baboso alemán, marroquí o madrileño, que tanto da. Pregúntenles si las novias de dos guardias civiles, merecen llevarse una paliza sin que nadie haga ni diga nada, precisamente por ser novias de guardias civiles. Es decir por ser no-mujeres. Pregúntenles si una “manada” es menos manada porque sus cachorros sean magrebíes, o porque las niñas sean menores y sus padres no se presten a espectáculos aberrantes. Pregunten a la ministra Irene Montero, si piensa aplicar a su hija el tuit que ha excretado su ministerio, como lema de la lucha por la seguridad de las mujeres: “Borracha y sola quiero llegar a casa” ¡Ah, no! Que las que tienen guardaespaldas pueden llegar borrachas, pero nunca llegan solas a casa. Pregúntenles por qué, cuanto más se endurece la Ley que en teoría tiene que proteger a la mujer de la violencia, más mujeres mueren asesinadas. Por qué se ha disparado el número de suicidios de hombres, triplicando al de mujeres según el INE. Pregúntenles si consideran el derecho a la maternidad como un derecho propio de las mujeres. Pregunten a esas guerreras libertarias de tacón fino, rinoplastia y estilista de a trescientos euros la sesión, si su sueldo es igual al de sus compañeros varones o es el doble. Si se consideran iguales al noventa y nueve por ciento de las mujeres que madrugan, enganchan un contrato de seis días con otro de dos, y encuentran sus mejores ofertas en agosto. Pero no por ser mujeres precisamente, que a sus maridos, hermanos, hijos y padres les pasa exactamente lo mismo. Y encima tienen que rendirse admirados porque una carita guapa que sale en la tele, viene un día al año a pasarles la mano por el lomo y a “demostrar” que es igual que ellas…

En todo caso, si usted es tan inocente como para acudir a semejante galimatías, mire, observe y cuénteme si aquí he dicho alguna mentira. Pero sobre todo, léase el manifiesto.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro


viernes, 13 de diciembre de 2019

DEUS EX MACHINA


Literalmente, “dios fuera de la tramoya o del escenario”. Era una escena típica del teatro griego, cuando una situación estaba muy complicada y aparecía un dios colgado de una grúa, como si se apareciera a los actores, y la situación se remediaba. En la actualidad se utiliza para definir a alguien que interviene desde fuera de una situación para resolverla. Y en todo caso, lo que pretende es definir el hecho de que los dioses están fuera de los asuntos de los hombres.

Dicen los que dicen que saben de casi todo, que el hecho de haber expulsado de la plaza pública -del ágora- toda manifestación religiosa, y haberla confinado en el ámbito privado de cada uno, así como del triunfo del antirracismo y del feminismo, son un éxito de la masonería internacional. Y lo cierto es que no deja de ser curioso que todas esas campañas se desarrollen de manera simultánea y avasalladora en todo el mundo. Bueno, en todo el mundo civilizado, que a la mayoría de los países musulmanes todo esto les da igual. Y aunque uno sabe poco de masones, de conspiraciones y de poderes ocultos, es cierto que resulta contradictorio atribuir la victoria de la lucha contra el racismo a una organización profundamente racista. Una organización en la que si eres negro perteneces a una logia Prince Albert y si eres sudamericano perteneces a una logia Lautaro. O atribuir el éxito de la lucha contra el machismo a una organización profundamente machista, en la que la inmensa mayoría de las logias son masculinas, unas pocas femeninas y muy pocas mixtas. Mucho menos, atribuir la lucha por el laicismo a una organización que dice proceder del arquitecto del Templo de Salomón. En fin, ellos sabrán, que a mí me da igual quien sea el padre del “éxito”.

El hecho es que, en ausencia de otros dioses, en la actualidad se venera a la Ecología, el Pacifismo y el Feminismo, las tres personas de la Santísima Trinidad Laica. Aunque curiosamente, ninguna de las tres defiende lo que dice defender. Esta Trinidad, al igual que las más intransigentes religiones, se impone a machamartillo como única y verdadera ideología. No solo la única que se puede expresar en público, sino aquella contra, si sabes lo que te vale, nunca tendrás la osadía de oponerte. Y para que no quepa ninguna duda, existe una Inquisición encargada de que a quien se le ocurra remar a la contra, no vuelva a publicar, no vuelva a dar una clase y no vuelva a opinar en público. Porque la Inquisición, como vimos en otros artículos anteriores, no era una máquina de perseguir judíos ni de quemar brujas. Que va, eso es en las películas. Y paradójicamente donde más, en las películas españolas, pero este es otro asunto. Su único fin era que cada uno se autocensurara. Que no se hablase en público de asuntos que podían no ser “convenientes” para la ortodoxia católica, que entonces era nada más y nada menos que la base sobre la que se sustentaban una corona, un Imperio y millones de vidas y haciendas.

Esa Inquisición ahora se llama corrección política e igualmente está sobre nuestras cabezas en la televisión, en el cine, en la publicidad y hasta en la reunión de padres del colegio. En ninguno esos medios aparecerás por segunda vez, si en la primera que lo hagas no hablas de nosotros y nosotras, o si no te muestras horrorizado con el apocalipsis climático que se nos viene encima. Por supuesto, usted no podrá ver un anuncio donde la lista, la que aporta soluciones, no sea una mujer. Y además en el cine o en las series, en cada grupo de protagonistas -porque ya no existe el protagonista individual, bueno y blanco- habrá una minoría racial representada. Y si se puede incluir una pareja gay, mejor. Si no, estos serán las víctimas a las que ayude tan variopinto y multicolor equipo de “buenos”.

¿Y a quién beneficia todo esto? se preguntará usted. ¿Quiénes son la Iglesia y el Rey que sustentan este Imperio del que tantas vidas dependen? Pues aunque usted no se haya dado cuenta, los tiene estos días omnipresentes en los medios: unas instituciones supranacionales, a las que por supuesto no ha votado nadie, y que a cambio de nuestra sumisión, prometen salvarnos del deshielo, traer la igualdad universal y la paz mundial. Lo malo es que no es solo sumisión lo que exigen: exigen adhesión inquebrantable, autocontrol, delación del disidente y hasta persecución  del reincidente. Y para eso vale todo, hasta la manipulación de una pobre menor perturbada.

La pregunta es ¿y si no estoy de acuerdo, a quién reclamo? Porque lo que es a Dios, a la Virgen o a los santos ya no puedo encomendarme; y tampoco me va a preguntar nadie si quiero votarles…

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 3 de diciembre de 2019

Acercar la Cultura la pueblo


Desde que en 1977 existe esa inmensa arma de manipulación masiva llamada Ministerio de Cultura, resulta aterrador acercar un micrófono a un ministro, consejero o concejal de Cultura. Pero vamos por partes, porque antes de que me pongan ante el Tribunal de Represión de la Disidencia de lo Políticamente Correcto, y me prohíban volver a escribir, quiero hacer alegaciones:

En primer lugar, cultura es el patrimonio particular de cada cual, su experiencia personal y las consecuencias que de la misma saque. Por eso precisamente no se puede hablar de Una Cultura o de La Cultura, a no ser que esta se quiera manipular y utilizar en beneficio propio, como es el caso de los políticos. Si yo le convenzo a usted de que Cultura es todo lo que a usted puede gustarle como la Pintura, la Literatura, el Arte en general, el Deporte y el espectáculo; y además consigo que todas y cada una de esas actividades dependan del dinero que yo les voy a dar, ya tengo bajo mi mando a todo aquél que vaya a producir algo que a usted le gusta. Pero si además consigo que a usted le guste todo lo que yo produzco, le tendré cogido por el fondillo. Y si no le gusta, es cuando el ministro, consejero o concejal interpelado dice su frase favorita: “Hay que acercar la Cultura al pueblo”.

En segundo lugar, después de decir semejante mamarrachada, se apuntan a entregar un premio y a derramar millones de euros sobre sus fieles productores. Estos, a su vez, aprovechan tan memorable ocasión para ver quién dice la tontería más grande o hace el mayor ridículo. Después de todo, si usted dice una gilipollez, es usted un gilipollas; pero si la dice un artista del cine, es una frase célebre. Si usted se viste de payaso, es muy probable que alguien le califique de payaso, pero si lo hace alguien de la farándula dirán que es muy sofisticado. La Cultura, por definición no se puede acercar al pueblo puesto que precisamente tiene más cultura quien más experiencia tiene y se distingue del resto. Cuanta más cultura tienes, menos próximo estás al “pueblo”. Otra cosa distinta sería querer acercar al pueblo a la cultura, fomentar que cada uno atesore su propia experiencia. Pero lamentablemente, eso no se hace subvencionando compañías de teatro ni pachangas de los pueblos.

Por no perder el hilo, debo retomar la definición de cultura que hacía al principio. Y para mí, esta no es más que el cúmulo de experiencias individuales adquiridas a lo largo de la vida. Principalmente a través de tres vías distintas, aunque es posible que haya otras: Vivir, o tener la experiencia de haber tenido que tomar decisiones trascendentales; viajar, o haber tenido que vivir en un medio ajeno al tuyo donde se te complicaba el hecho de “seguir la corriente”; y leer, entendiendo por leer todo lo que se lea, ya sean informes técnicos, periódicos, novelas o testamentos. Todo aporta.

La cultura no es más cultura porque nadie se gaste cientos de millones de euros en promocionar a sus fieles; ni una compañía de teatro es mejor porque tenga unos medios que las demás no puedan alcanzar; ni el cine es mejor cine, porque sus productores inviten a sus bacanales a ningún director general… Y que nadie me diga que sin subvenciones ninguna de estas actividades sería lo que es. Sencillamente, si no lo serían es porque no debían serlo. Si yo escribo un libro y no lo compra nadie, a lo mejor es que no es bueno. Si hago una película y nadie quiere ir a verla, será que no es tan “culta”. Si pinto un cuadro y nadie se lo quiere llevar a casa, no es que los demás sean unos incultos sino que yo no sé pintar. O viceversa: si al cabo de veinte años de mi muerte, alguien descubre que mi libro era una joya que quedó arrinconada, puede que se deba a que los que entonces decían qué es cultura y qué no lo es, eran unos inútiles. O unos sinvergüenzas, o unos caras…

Hagamos una Ley de Mecenazgo razonable, según la cuál quien quiera subvencionar, promocionar, apoyar o invertir en cualquier actividad, tenga su correspondiente compensación en forma de desgravación fiscal; que pueda además recoger su parte del éxito si la cosa funciona, o que asuma el fracaso si no lo hace; disolvamos ministerio, direcciones generales, consejerías y concejalías de Cultura; y dediquemos esa inmensa cantidad de millones de euros a algo útil ¿Las pensiones, por ejemplo?
Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 24 de septiembre de 2019

Querida Greta:


A ver nena, perdona si no me dirijo a ti como esa gran sacerdotisa de la defensa del planeta, en que te quieren convertir algunos malvados. Pero es que en mi época, en esos tiempos tan antiguos y lejanos, una niña de dieciséis, se callaba cuando hablaban los mayores. Y no, no es que mis padres fueran unos ogros, trogloditas o antropófagos. Sencillamente se consideraba que la experiencia, las horas de estudio y las de trabajo daban prioridad a la opinión de quien podía demostrarlas. Y desde luego mis padres nunca nos utilizaron, ni a mis hermanos ni a mí como espantajos, agitándonos de forma histérica para ninguna reivindicación. En mi época, nena, los padres trabajaban para que los niños estudiásemos. Para que nos diesen lecciones y no para que las diésemos nosotros. Para mantenernos y no para que les mantuviésemos nosotros a ellos. Y si teníamos un problema, esos padres se desvivían por llevarnos a médicos, a psicólogos o por hablar con nuestros profesores. Lo que desde luego era impensable, es que echaran la culpa de un síndrome de Asperger al cambio climático, al Yeti ni a la Santa Compaña. Chica, si te ha tocado esa madre, deberías reclamar. En todo caso, nuestros malvados padres tenían la fea costumbre de escuchar a quien tenía algo de autoridad sobre el tema del que hablaba: si un Nobel de Literatura hablaba sobre libros, le escuchaban; si lo hacía un catedrático, también; si lo hacía un conocido periodista, le escuchaban sin duda… Si lo hacía alguien que no tenía ni idea, igual le escuchaban por respeto. Y si lo hacía una niña “marisabidilla”, a lo mejor hasta les hacía gracia. Pero nada más.

Pero vamos a lo que vamos, que no quiero quitarte tu ilusión. Decirte en primer lugar que no he escuchado tu discurso ante la ONU. Y no lo he hecho porque tal institución no me merece respeto alguno, pues no entiendo que las más sanguinarias e inhumanas dictaduras, tengan que sentarse en la misma mesa que las democracias. Y precisamente de eso te quería hablar: señalan los titulares que por tierra, mar y aire nos han bombardeado con tu discurso, que te quejas de que “te han robado tu infancia”. Pues mira, reina: podías haber mirado a la cara mientras remarcabas tus palabras, a los representantes de Irán, de China, de las dictaduras del Golfo o de la inmensa mayoría de África. A lo mejor te hubieras dado cuenta de lo que tus palabras significan para ellos. Puede que estuvieran riéndose o durmiendo. Para ellos, una niña de dieciséis puede que ya no tenga valor ni como concubina. Porque a los dieciséis, Greta, ya ha sido violada, vendida y humillada por más de tres o cuatro hombres. Y los niños tienen SIDA desde los cuatro años. A ellos sí que les han roto su infancia. Y posiblemente lo hayan hecho muchos de los que contemplaban tu lacrimógeno discurso, que para eso tienen el poder absoluto en sus países. También podías haber mirado a los representantes europeos, norteamericanos, canadienses o australianos, que miran complacidos cómo sus ciudadanos van de vacaciones a Tailandia, a la República Dominicana, a Brasil o a Cuba a robar -esta vez sí- la infancia de tantos niños. Pero como ni lo hacen en sus países, ni a los representantes en la ONU de esos países parece importarles demasiado… Claro, cómo va a importarles, habiendo problemas tan acuciantes como el del cambio climático. Fíjate que curioso: ni a los de los países ricos les importa un carajo lo que les pase a las niñas de los países pobres; ni a los de los países pobres les importa un carajo lo que le pase al medio ambiente. Y es que, querida niña, el del medio ambiente es un problema de niños ricos, que no tienen que preocuparse de comer al día siguiente, de buscar un médico para curar una enfermedad o de poner gasolina a su coche. Ni tan siquiera de pagar tres millones de dólares para llevarte a ti en velero hasta Nueva York, para que no contamines el aire. Curiosa forma de luchar contra las grandes multinacionales de la energía, la banca y la prensa: dejarse invitar por ellas a un crucero.

Lo siento reina, yo me hubiera esperado a que crecieras. Pero si quieres jugar a dar lecciones a los mayores, tendrás que aprender a escuchar toda la historia, y no solo la que sale en tu libro.

jueves, 1 de agosto de 2019

Las manadas domesticadas


Noche del sábado 27 de julio al domingo 28, playa de Palma de Mallorca, concierto de los 40 Principales. Terminado el concierto, una niña de catorce años, junto con su amiga se dirige a casa. Pero en el camino son interceptadas por un grupo de unos veinte chicos, todos varones que las rodean, les tocan, les jadean, intentan desnudarlas, inmovilizarlas y violarlas. En ningún caso son ellas las que se han ido con los chicos, sino que han sido acorraladas.  Como pueden, las pobres niñas se zafan, escapan y huyendo a la carrera se encuentran con el hermano de dieciséis años, a quien cuentan lo ocurrido. El chaval, con más valor que inteligencia, con más corazón que cabeza, se va a por los agresores y les recrimina su actuación. La manada se siente fuerte, superior. Un niño de dieciséis les parece un bocado apetecible al que se puede acceder sin mancharse, y le meten una paliza interminable, que se salda con dos fracturas de mandíbula y contusiones por todo el cuerpo.

Nadie dijo nada. Parece ser que la inocencia, las ganas de divertirse un rato en un concierto de unas niñas menores, sí son una provocación. Nada que ver por supuesto, con la brutal agresión sufrida por una pobre mayor de edad que se encierra con seis tíos en un portal durante los sanfermines. Ella sí que merece la movilización de centenares de grupos feministas; ella sí que merece que se cambie la Ley en España para que la presunción de inocencia no sea un obstáculo. Por supuesto, también merece que los más circunspectos jueces, cambien su apreciación de un delito por miedo a ser crucificados en la plaza pública. O que sea el acusado quien cargue  con la prueba. En definitiva, tan aberrante agresión -y en esta afirmación no hay ni un ápice de ironía- merece toda la iracunda respuesta de centenares de grupos, clanes y bandas feministas. Pero parece que estas manadas están de veraneo. Igual están recorriendo la costa de concierto en concierto, en la seguridad de que a ellas no les pasará nada. Después de todo, nada puede pasarles si son ellas quienes les dictan a los jueces quién es digna de ser considerada una mujer, y qué es digno de ser considerado agresión sexual. El delito de violación no existe, lo quitaron ellas del Código Penal el 8 de noviembre de 1996, con los votos de PSOE, IU, CiU, EAJ-PNV, CC, PAR, ERC, EA Y UV y la abstención del PP. Los mismos que presumen de feministas, pero ahora además con el apoyo de Ciudadanos y Podemos.

Pues nada, han pasado cinco días y nadie ha dicho nada. Personalmente, no creo que sea por el hecho de que en la “famosa” manada hubiera un militar y un guardia civil. Tampoco parece relevante el hecho de que esta última manada estuviera integrada por moros, cómo va a ser eso. Eso sería racismo.

Y por cierto, antes de que los buenecitos oficiales entren en pánico, se retuerzan sobre sus toallas de playa y se les atraganten los boquerones, siento aclarar que “moro” no es ningún término racista. Los “mauri” son los habitantes del norte de África desde que esa zona fue romanizada. De hecho, Mauritania no significa otra cosa que tierra de moros, y no creo que nadie se refiera a sí mismo en un tono que considere despectivo. Es más, estoy tan seguro de que los musulmanes están orgullosos del término, que el principal grupo terrorista musulmán de Filipinas se llama Frente Moro de Liberación Nacional, aunque también existe el Frente Islámico de Liberación Mora. Pero a quién le importa eso, si cuentan con el respeto y la admiración de las manadas de feministas domesticadas. Después de todo, lo más importante es la “multiculturalidad”…

miércoles, 24 de julio de 2019

Las personas no tienen género


El día 26 de agosto hará cinco años que escribí sobre este asunto, y aunque no me gusta ser cansino ni repetitivo, creo que hace falta recordarlo, pues no parece que mi artículo convenciera a nadie. Vamos a ver si esta vez lo conseguimos: Las personas no tienen género, tienen sexo. Solamente existen dos sexos, el masculino y el femenino, aunque de manera excepcional en la Naturaleza pueden darse personas o animales, incluso especies, que posean atributos de ambos sexos en proporciones distintas. Es lo que en el caso de los seres humanos, toda la vida se han llamado hermafroditas y ahora parece que se llaman intersexuales (La famosa “i” de LGTB“I”). En todo caso, personas tan dignas y tan respetables como cualquier otra. Pero no por su condición sexual, que lejos de ser “normal” es extraordinaria, un capricho de la naturaleza. Un capricho tan respetable y tan extraordinario como quien nace sin un brazo, con la orejas pegadas o con doce dedos. Pero un capricho. Empeñarse en que eso es normal, es tontería; negarles su dignidad es una aberración. Así pues, sexos hay dos, y excepcionalmente pueden aparecer mezclados en una sola persona. Nada más. Con todo, lo que cada cual decida hacer con su sexo de manera individual, en pareja, en trío o en grupo, entra en el ámbito de lo estrictamente personal y nadie tiene nada que opinar al respecto. Siempre que el negocio sea entre adultos responsables, claro. Pero nadie se empeñe en buscar más agua en el pozo, porque no la hay.

¿Entonces qué es eso del género? Pues el género señora mía, es un rasgo inherente a los sustantivos que pueden ser masculinos y femeninos, pero además existen cuatro géneros más. Total seis:

El masculino y el femenino como acabamos de ver y que no hace falta explicar.

El neutro: según la RAE, “de género que no es ni masculino ni femenino. Los sustantivos no pueden tener en español género neutro, a diferencia de lo que sucede en otras lenguas, como el latín o el alemán. En español solo tienen formas neutras los demostrativos (esto, eso, aquello), los cuantificadores (tanto, cuanto, cuánto, mucho, poco), el artículo definido o determinado (lo) y los pronombres personales de tercera persona (ello, lo).

El común: es el que designa a seres vivos que se nombran de igual manera en masculino y en femenino. Por ejemplo: el pianista y la pianista; el policía y la policía; el profesional y la profesional; o el presidente y la presidente. Sí, LA presidente, porque es la que preside; como la recurrente no es recurrenta, ni la compareciente es comparecienta, ni nadie es sorprendenta por muy mujer que sea…

El ambiguo: es el género de los sujetos inanimados que, al igual que los animados del género común, admiten artículos masculinos y femeninos indistintamente. Por ejemplo: el mar y la mar; el maratón y la maratón; el puente y la puente…

El epiceno: se usa específicamente para designar el género de las especies animales. Porque aunque usted no lo crea, la hembra de un pelícano no es una pelícana; ni la de un papagayo es una papagaya; ni la de un grillo es una grilla; ni el macho de víbora es ningún víboro. Ni siquiera son una pelícano, una papagayo, una grillo ni un víbora. Simplemente son hembra o macho de…

Yo lo siento por las hordas de ayatolas de lo políticamente correcto, siempre dispuestas a lapidar a alguien en la plaza pública, pero esto es así. Tengo serias dudas de que me lean las periodistas ni los periodistos que a diario patean el Diccionario de la RAE, en la radio y en la televisión. Ni siquiera las columnistas ni los columnistos que tocan a rebato cuando alguien saca los pies del tiesto. Pero qué le vamos a hacer, tocagüevos que es uno. Si fuera tocagüevas, sería otra cosa…