martes, 20 de junio de 2017

Los dineros de Cristiano Ronaldo

Juro que jamás atiendo las noticias cuando hablan de deportes. Y no lo hago entre otras cosas, porque me considero engañado cuando me anuncian que van a hablar de deportes y de lo único que hablan es de fútbol. Tampoco es que yo sea un deportista empedernido, de esos que llenan las Urgencias de los hospitales todos los fines de semana. Si acaso, un par de horas de boxeo a la semana y sin exagerar, que ya no está uno para dar disgustos ni para llevárselos. El caso es que como aquí lo de ver o no ver el fútbol no es optativo, y menos aún si estás en un bar, en un taxi o en algunas casas particulares, al final acabo viendo, oyendo y hasta comentando las noticias del fútbol. Bueno, para ser más precisos, las noticias sobre la ropa, sobre el peinado, sobre el dinero o sobre la vida sexual de futbolistas, entrenadores, presidentes y miembros de las juntas directivas. Porque esas son las noticias del fútbol. Parece ser, que porque es “lo que interesa”. Aviados estamos.

Tenemos unos deportistas y unos entrenadores excepcionales en casi todos los deportes. Sin embargo, parece que lo único relevante en el deporte español en los últimos tiempos, no tiene nada que ver con Rafa Nadal ni con Roland Garros. Lo realmente relevante para el deporte español, señores, es que a Cristiano Ronaldo le ha acusado Hacienda de no haber pagado algo que le correspondía pagar. Como he dicho en otro lugar, el problema es que en España la Hacienda es confiscatoria y si te acusa, eres tú quien tienes que demostrar tu inocencia y no el inspector acusica. Y lo que es peor, esa acusación muchas veces es preventiva, para ver si te pillan en algo, o para ver si no sabes que no te pueden acusar de nada. Un panorama desolador, vaya. Que Cristiano Ronaldo tenga parte de su inmensa fortuna en España, en mi opinión honradamente ganada, es un privilegio para nosotros. Y me parece muy poco acertado intentar quitársela, porque se la llevará a otro lugar donde no le metan la mano en la caja. Pero es que de lo de Leo Mesi, opino exactamente lo mismo. Lo que me parece patético, es escuchar a los mismos que hace quince días pedían un patíbulo y una soga para Mesi, acusando ahora de persecución a Hacienda. Ahora no, ahora se trata de algo “distinto”. Hasta tal punto, que una ciudadana ha abierto una petición en la plataforma Change.org, para pedir firmas con el fin de que le sea condonada la deuda a Crisitano. No para que se haga justicia; no para que se revise el expediente ni para que se haga una interpretación favorable de la norma, no. Para que no tenga que pagar lo que en su opinión, debe. Eso es tanto como decir: perdónenle a este señor su deuda, que ya cargamos los demás con ella. Hacienda no es mala, el que ha sido malo es Cristiano, pero ya no lo va a volver a hacer más.

Desgraciadamente, el fútbol ha dejado de ser un deporte de equipo para convertirse en un espectáculo de once estrellitas. Once diosecitos a los que adorar, en los que proyectar nuestras frustraciones y a los que llorar para que nos consuelen con sus jugadas,  cuando algo va mal. Once pim-pam-pumes a los que vapulear, insultar y vejar cuando son del equipo contrario -o no-, y nuestro jefe, nuestro cliente, nuestro marido o nuestra mujer, nuestros hijos o el director de la sucursal, han decidido hacernos la vida imposible. Nada que objetar, pero que no me lo vendan como “deporte”. El deporte es otra cosa: es superación, esfuerzo, sacrificio… pero sobre todo, es respeto por el adversario. Algo que se ve muy poquito, no sé si en los estadios, porque no voy y lo que se ve en la televisión me parece aberrante, pero desde luego en las televisiones, en las radios y en las tertulias. Tanto en las particulares como en las públicas.

Soy consciente de que haber escrito esto me puede costar que me acusen hasta de la muerte del general Prim, en la calle del Turco. Pero que nadie lo tome a mal. No me interesa el fútbol, me preocupa lo simples que somos muchas veces. El buenismo.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

lunes, 29 de mayo de 2017

Mi familia

Mi familia es una familia normal, como todas las familias. Aparentemente, claro. Porque todas las familias son aparentemente normales y luego resulta que casi ninguna lo es. Entre otras cosas porque el concepto de “normalidad”, resulta de quitar todos los defectos a algo y presentarlo como lo que “debe ser”, no como lo que es.

Yo soy Isidro, el mayor de todos mis hermanos. En principio, lo de ser el mayor tiene sus ventajas pero no se crea usted, que lo de que te estén mirando siempre con lupa es una pesadez; así como lo de que todo el mundo quiera ser como tú… Excepto cuando las cosas salen mal, que eres el único responsable. Mis hermanos se quieren parecer a mí, intentan hablar como yo, contar mis chistes y vestirse como yo, pero dejando claro que cada uno de ellos es muy distinto de mí. No lo llevo mal. Es una lata pero, como digo, tiene sus ventajas.

Mi hermano Jordi, el segundo, es bastante más conflictivo. Desde su adolescencia tiene problemas de personalidad. Ya entonces decidió y consiguió que sus amigos en el colegio le admiraran y le envidiaran, por no sé que extraña virtud que cree tener. Su obsesión ha ido en aumento. Todo esto no sería excesivo problema si Jordi trabajara, se ganara su sueldo y se buscase una casa para irse a vivir. Pero no. Lo que él quiere es irse a vivir a una casa del mismo tamaño que la de mis padres, con las mismas comodidades y la misma ubicación… y que se la paguen mis padres. Pero es que además, con lo poco que gana, no sólo  no está dispuesto a aportar nada sino que exige cama, comida y dinero para salir. Su sueldo es para sus caprichos, por supuesto. Claro, todo esto sería soportable si su actitud en casa fuera menos conflictiva. Pero no, cada vez es más desagradable, más mal educado y -lo que es peor- cada vez falta más el respeto a nuestra madre. Lo que no hace tanto era insoportable aunque excepcional, ahora es habitual: insultos, exigencias, desprecios… De hecho, los hermanos queremos  solucionarlo muchas veces “a nuestra manera”, aún sabiendo que sería peor la solución que el problema. Pero es que, mire usted, eso de ver cómo insulta a nuestra madre, cómo nos falta el respeto a todos, cómo exige sin dar nada…. Pero ella, nada. Por más que le decimos que le ponga en su sitio, que le deje de pagar, que le eche de casa si es necesario, nada. No nos deja intervenir, así que a tragar. A tragar y a ver cómo se llevan nuestro dinero sin que nadie haga nada, claro.

Begoña es la tercera. Conflictiva, pesada y chinche desde que tiene uso de razón. Esta no es que se crea superior, es que está permanentemente ofendida. Se cree que todo lo que hacemos los demás es para fastidiarle a ella; y cada vez que alguno tenemos algo, ella lo quiere, pero mejor. Y más vale dárselo porque si no lo obtiene, va a ser el tema de conversación en comidas, cenas y reuniones, hasta que lo consiga. Dicen que tiene un fondo noble, pero yo no se lo veo por ninguna parte. Quizás alguna vez lo tuvo, pero es que eso es lo que tienen las malas compañías. En el instituto se juntó con la peor especie de gentuza que había, y la había muy mala: cuando no era una pelea, era un robo. Cuando no había que ir a buscarla a comisaría, había que ir al hospital. Después las cosas se complicaron y vinieron los juicios, los ingresos en prisión y hasta una reyerta con muerto incluido. Por supuesto, mi madre nunca quiso echarle de casa: tragó, tragó y tragó. Ya se sabe, las madres. A día de hoy, parece que con que no vuelva a andar por donde solía, tiene derecho a todo lo demás. Muchas veces es insoportable, pero sabiendo lo insoportable que pude llegar  a ser, tiene licencia para todo.

Después vienen los mellizos: Amparo y Santiago. Siempre han sido trabajadores y discretos. La verdad es que casi nunca han dado la lata, siempre han cubierto el expediente y, como digo yo, ellos se lo fríen y ellos se lo comen sin consultar a nadie. Pero claro, como han visto que Jordi y Begoña obtienen lo que quieren a base de amenazar, exigir y no aportar nada, ellos habrán pensado que igual ese no es un mal sistema. Y al final, lo que pasa es que se están resabiando. Y en lugar de tener dos personas más aportando en casa, lo que van a tener mis padres son dos nuevas rémoras. Justo castigo a su desidia en la educación de sus hijos, creo yo. Pero eso no se lo diría nunca a ellos. El respeto es lo más importante.

Por último están las pequeñas, Rocío y Guadalupe. Estas, la verdad es que ni trabajan ni producen ni aportan, pero son tan encantadoras que nadie les exige cuentas. Desde pequeñas han sabido embaucar a mi padre con sus encantos, su buen humor y su simpatía. Y, desde luego, teniendo los hermanos que tienen, es a ellas a quienes menos se les puede exigir. Por otra parte, tampoco piden nada. Se conforman con lo que tienen, se quejan un poco de vez en cuando  y  si reciben algo, lo celebran. Si no, igual de bien.

Pues sí, señor: Esta es mi familia, se llama España y cada uno de nosotros somos una parte importante de ella: Isidro, Madrid; Jordi, Cataluña; Begoña, el País Vasco; Amparo, Valencia; Santiago, Galicia; Rocío, Andalucía y Guadalupe Extremadura. Hay más, claro, pero al final todos somos hijos del mismo padre y la misma madre. Todos con nuestros defectos comunes y cada uno con sus virtudes particulares, como en las demás familias. Nada que no haya pasado toda la vida, desde luego. Pero en mi humilde opinión, las familias que permanecen unidas llegan mucho más lejos que las que no lo hacen. Si no, mire usted a su alrededor.

Gonzalo rodríguez-Jurado Saro

viernes, 21 de abril de 2017

El tonto del móvil

Imagínese usted las siguientes situaciones: Primera, usted acaba de tener un accidente en la carretera, su familia permanece dentro del coche y usted lo abandona para pedir auxilio. Se para un coche del que baja un ciudadano que, lejos de prestarle ayuda, saca su móvil y empieza a filmar los cristales rotos, la cara de sus hijos y los chorreones de sangre. Segunda, se ha iniciado un fuego imparable en su oficina y corre usted a la salida de emergencia. Sin embargo, se la encuentra bloqueada por varios de sus compañeros que, en lugar de precipitarse por la escalera abajo, se han quedado a filmar el incendio con sus móviles. Y tercera, es usted el capitán de un barco al que se ha abierto una gran vía de agua y se está hundiendo. Es usted consciente de que debe ser el último en abandonar el barco, pero no puede hacerlo porque algunos pasajeros están apurando hasta el último minuto antes del hundimiento, para inmortalizarlo con sus teléfonos móviles.

Ahora vayamos a una situación real: ayer mismo salía en televisión, en directo, cómo los policías franceses desalojaban los Campos Elíseos conminando a los peatones a abandonarlos, mientras estos se resistían para poder inmortalizar con sus teléfonos la escena de sus compañeros recién asesinados. Para aquella banda de energúmenos, lo importante no era que otro energúmeno peor que ellos acabase de descerrajar dos tiros a un par de agentes. A dos agentes cuyas mujeres e hijos les esperaban esa misma noche a cenar en casa, para hablarles sobre sus problemas, sus notas del colegio o la factura del seguro. No, lo importante, lo que hacía importantes a esos dos agente sobre sus compañeros que ahora les mandaban desalojar los Campos Elíseos, era que se desangraban tirados en el suelo como perros, en una postura imposible. Y eso amigo, esa escena en primicia en mi Facebook o en mi Instagram, puede llegar a darme miles de visitas y miles de “megus”. Es mi minuto de gloria y no pienso renunciar a él. Ni aunque algún estúpido aguafiestas publique un artículo en su blog, diciendo que soy un carnicero de mierda. Después de todo, a él le leerán como mucho dos mil personas y a mí muchísimos miles más. Envidia es lo que tiene.


Vivimos en una sociedad absolutamente despreciable. Una sociedad en la que tenemos de todo y, lo que es mejor, la capacidad de alcanzar todo aquello que se nos antoje. Más todavía, no solo la capacidad sino el derecho de alcanzarlo gratis si otro lo ha alcanzado, aunque haya sido luchando. Pero es que no vale con tenerlo todo, además hay que demostrar que lo tenemos. De nada me vale tener el mejor coche si no puedo aparcarlo en mi plaza de garaje para que lo vea todo el vecindario; de nada me vale -o más bien no me interesa- visitar París si no me hago un selfie ante la torre Eiffel, Londres si no me lo hago ante el parlamento o Nueva York si no salgo de pareja en mi cámara con la Estatua de La Libertad. No tenemos amigos, no tenemos familia, no disfrutamos de una tertulia, de una comida ni de un libro. Tenemos imágenes. Cientos, miles de imágenes que no hacen más que demostrar lo solos que estamos. Y, lo que es peor, lo solos que nos morimos, cuando nuestro cadáver solo sirve para que un imbécil nos saque una foto con su móvil y la ponga en su Facebook. Eso sí, con un lacito negro para que se vea que es solidario. Qué asco, hijo.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 11 de abril de 2017

De celebraciones y muertos

Desde que alguien se empeñó -y está a punto de conseguir- borrar todo rastro, todo signo y toda manifestación religiosa en la calle, hemos asistido a curiosos fenómenos de imitación o sustitución de los mismos. Unos más o menos ridículos, otros más o menos patéticos y otros, cuando menos sorprendentes. Entre los primeros, los ridículos, sin duda están las llamadas “primeras comuniones o bautizos civiles”, así llamadas porque algún concejal o alcalde de estos llamados “del cambio”, celebra una especie de bienvenida a la ciudadanía de un pobre niño que no sabe qué puñetas hace allí. O sencillamente, al que sus padres le han explicado que si quiere regalos y fiesta, como los otros niños de su clase, tiene que ingresar en la comunidad de ciudadanos. Pero no le explican que su condición de ciudadano la tiene inherente a su condición de persona, por el solo hecho de haber nacido donde ha nacido, y no porque se la otorgue ningún concejal de pueblo. Y a pesar de los padres que le han tocado, añadiría yo. De los segundos, los patéticos, no digo nada. Me limito a transcribir la letra de una conocidísima canción de Joaquin Sabina:

Amargo como el vino del exiliado,
como el domingo del jubilado,
como una boda por lo civil…”

Y es que cuando uno va a una boda en un ayuntamiento o en un registro, y ve a esas parejas, a esas familias y a esos amigos, intentando hacer que la boda civil se parezca lo más posible a la religiosa, pero sin bendiciones… Otra cosa distinta son aquellas bodas civiles, con aspecto de ceremonia civil y sin más pretensiones que ser una ceremonia civil. Tan respetables como cualquier otra, por supuesto. Faltará más.

¿Pero y los ritos funerarios? A pesar de que ahora y siempre ha sido posible tener en España un entierro de cualquier religión o simplemente civil, asistimos a la aportación creativa de los que, queriendo dejar claro que no creen, quieren que su muerto llegue todavía más allá del Más Allá. Desde ceremonias célticas, guanches o carpetovetónicas para deshacerse de las cenizas, hasta guardar las cenizas en casa. Porque esa es otra: ahora dice Su Santidad que para aquéllos cristianos que decidan incinerarse, es obligatorio guardar les cenizas en camposanto ¿Entonces para qué me incinero yo, Santidad? Si lo que quiero es que mis cenizas deambulen libres por… bueno, eso ya lo sabe quien lo tiene que saber ¿No será que se está resintiendo el negocio de cobrar más de mil euros por levantar una lápida? Bueno, doctores tiene la Iglesia. Espero no condenar mi alma para toda la Eternidad, por un quítame allá esas pajas. Y si no, qué le vamos a hacer, seguro que conozco mucha gente en el Infierno. No nos desviemos. Si hay algo que realmente te hace sentir que andas por los caminos de una selva dominicana, haitiana o malaya, son las capillitas. Doblas una curva en un puerto, junto a un precipicio y ¡zas, capillita! Tomas una recta en La Mancha, de esas en las que puedes ponerte a doscientos cincuenta kilómetros por hora con el coche y ¡zas, capillita! Cruzas un semáforo para peatones en La Castellana o Velázquez y ¡zas, capillita! Las capillitas normalmente consisten  en un ramo de flores resecas -no secas- mal atadas con una cinta adhesiva a un árbol. Pero no se crea usted, que la cosa se puede sofisticar mucho: hay capillitas con velas, con mensajes, con imágenes ¡y hasta con ositos de peluche! Qué le vamos a hacer, tendrá que ser así.

Recuerdo que la primera vez que vi las capillitas fue en Grecia, allá por los años ochenta. Al principio no entendíamos nada, pero a base de transitar por las carreteras griegas, comprendimos lo que las capillitas indicaban: ante la ausencia casi total de señales, el número de capillitas te daba idea del peligro que podían tener un cruce, un cambio de rasante o una curva. Y es que los griegos serán lo que sean, pero prácticos, lo que se dice prácticos, lo son desde hace cuatro mil años. Además, sus capillitas sí son religiosas, que los ortodoxos otra cosa no pero cumplidos, son más cumplidos que un portugués. Aunque luego voten a Syriza.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 21 de marzo de 2017

Alarguizar las construcciones verbales con el fin de ofrecer un perfil culturalmente más definido

O lo que es lo mismo, alargar las palabras para parecer más cultos. Eso es justo lo que tenemos que aguantar desde que incultos, iletrados y ágrafos, mandan, reinan  y disponen en periódicos, radios, televisiones e instituciones públicas. ¡Hala, que exagerado es usted: la palabra “alarguizar” ni existe ni la usa nadie! Estará usted pensando. Pues lo mismo pensaba yo cuando empecé a oír la palabra “posicionarse” y ahora está en el Diccionario de la Real Academia, mire usted. Claro, que con el tipo de académicos que nos gastamos últimamente, nada es de extrañar. Ni siquiera que exista la palabra “guay”: una palabreja sacada en su día de los registros del habla marginal, y que últimamente solo utilizan los papás horteras para intentar hacerse amigos de sus hijos. Los cuáles se mueren de vergüenza cuando les oyen hablar, por cierto.

Pero vayamos al asunto que nos ocupa: que la Real Academia acepte “posicionarse” para sustituir a sus sinónimos ubicarse, colocarse o situarse, es como que acepte el término “posesionar” para referirse a tener o poseer. Sí, ya sé que la Academia lo que tiene que hacer es asumir el habla de la gente corriente. Lo que no tengo claro es si la gente que alarga las palabras es corriente o si la gente corriente alarga las palabras. Pero bueno, nada es de extrañar en un país de paletos que “nomina” a la gente en lugar de nombrarla, señalarla o apuntarla. Un país que pudiendo tener una Fiscalía Contra la Corrupción y el Crimen Organizado, tiene una Fiscalía contra la Corrupción y la Criminalidad Organizada. Pero es que claro, dónde va a parar, es muchísimo más peligrosa la “criminalidad” organizada que el crimen organizado. Y es que es lógico: siendo más larga la palabra, asusta más. Que es lo mismo que pasa con el anuncio en radio de un conocido bufete de abogados: prometen devolver a sus clientes el dinero que en su día pagaron por los gastos de “escrituración” de sus pisos. Yo no me fiaría de un abogado que no sabe lo que es la escritura de un piso, pero bueno, allá cada cual. En todo caso, nada es de extrañar en un momento y lugar en que ya nadie tiene abogado sino abogados: cualquier paleta de esas que salen en los programas de cotilleos, amenaza a todos sus contertulios con poner lo que le han dicho en manos de “miss abogados” ¿Para qué tener un abogado pudiendo tener varios? Sobre todo para tratar asuntos tan delicados. Claro, que si luego oyes hablar a “suss abogadoss”, comprendes mejor la situación: hace tiempo que los abogados no te pasan la minuta, sino que cobran “suss honorarioss”, que ya hace falta ser hortera. Y es que claro, estas cosas siempre están cargadas de una enorme “emotividad”, que aunque a usted le parezca que es lo mismo que emoción, no tiene nada que ver: es muchísimo más emotiva la “emotividad” que la emoción. Pero como de aquí a Lima, vamos.

Así que ya lo sabe: a no ser que sea usted titular de algún “aforamiento” que garantice su capacidad de opinar, no se meta en líos. Podría ser usted titular de algún fuero, pero eso no es lo mismo. Y además suena a medieval, faccioso y preconstitucional. Y de hecho lo es, pero cualquiera lo dice.


Gonzalo Rodríguez-Jurado

jueves, 2 de marzo de 2017

"...que la culpa la tienes tú"

Ese era el estribillo de una vieja canción que todos los que tenemos más de cincuenta, hemos cantado cientos de veces. En ella se hablaba de la muerte de un pobre borrico, de cierta tía vinagre. Dios lo sacó de “esta vida miserable”, pero la culpa la tienes tú. Y esto viene a cuento para ilustrar algo que, en mi opinión, condiciona seriamente nuestro modo de vida, nuestra trayectoria vital y hasta nuestro desarrollo. Ahora lo veremos. Y no, no me he sentado a escribir después de una noche crapulosa de alcohol y rumba, ni de experiencia místico-lisérgica alguna. 

El hecho es que, ya desde niños, se nos viene inculcando insistentemente, entre canciones, cuentos, clases y catequesis, el concepto de la culpa. Y si digo insistentemente, no es por adornar ni por redondear la frase. Es, sencillamente, porque creo que el sentimiento de culpa está intrínsecamente unido a los españoles y a todos aquellos pueblos con los que hemos compartido nuestra vida y nuestra Historia. No conquistado, que ese es un concepto distinto, propio de otras culturas y de muchas inculturas. Y lo está además, atrincherado en resistencia numantina, frente a aquellos pueblos que, paradójicamente, expulsaron de su vocabulario, de su Historia, de su cultura, de su religión y de su enseñanza el concepto de culpa. Los mismos que asumieron las doctrinas de Lutero y de Calvino, en las que el hombre es dueño de su propio destino, y ese destino será como cada uno quiera que sea. Doctrinas que legitiman todo aquello que una persona haga por buscar su felicidad y su bienestar, siempre que sea respetando a los otros. Hasta trabajar, ahorrar dinero y ser rico. Aunque ya lo publiqué en un artículo hace años, no está de más recordarlo: Cualquier español -cualquiera, insisto- a quien tú le digas que tiene mucho dinero, se te revolverá como si le hubieras pisado el rabo, alegando que no tiene tanto, que tiene muchos gastos o que tú tienes mucho más dinero... Y no me acuse nadie de acomplejado: cualquiera que haya leído un mínimo de Literatura clásica española, comprenderá que en España siempre se han considerado el trabajo y su consecuencia, el dinero, como una maldición bíblica. Tan innecesario como degradante. Cada uno tiene que ocupar el lugar que Dios le asigna en la sociedad, y molestarse en cambiar eso podría considerarse hasta ir en contra de la voluntad de Dios. 

Una de las consecuencias más inmediatas es la forma que, como decía más arriba, tenemos los españoles de enfrentarnos a los problemas. Por supuesto, no todos los españoles ni a todos los problemas. Pero valga como generalización; y que nadie me cuente lo que ya sé se las generalizaciones, que aunque sirvan para equivocarse, también sirven para ilustrar. Cuando un español, digo, tiene un problema no busca una solución, busca un culpable. Una vez encontrado el culpable, el problema persiste y, de hecho, muchas veces se agravará con el tiempo. Sin embargo, parece que no, pero lo de tener alguien a quien echar la culpa, ayuda mucho. No sé a qué ayuda, pero ayuda. Si no consigo vender una casa a un cliente, en ningún caso será porque yo no haya sabido conectar con sus necesidades, será obviamente porque la imbécil de su madre, cuando vino a verlo, no paraba de encontrar defectos a la casa. Si no he alcanzado un ascenso en mi trabajo, que tenía que ser para uno de los tres, no será porque otro haya tenido mejores méritos que yo sino porque se arrastra como un gusano. Por supuesto, un suspenso siempre es culpa del profesor; un accidente de tráfico culpa del otro; una avería en casa, culpa del chapuzas que hizo las tuberías; un mal resultado de mi equipo, culpa del árbitro, del equipo contrario, de su afición y del que corta las entradas en el estadio; la detención de mi hijo es culpa de sus amigos, que fuman droga o incluso del propio policía; y qué decir de mi separación: por supuesto es por culpa de mi ex.

Y conste además, que la culpa de que no queramos aprender es de los profesores, que no saben enseñar.


Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

viernes, 24 de febrero de 2017

La violencia no es machista

La violencia no es machista. Ni es alta ni baja, ni es roja ni verde, ni es racista ni comunista, ni fascista; ni siquiera es del Manchester ni del Atlético de Madrid. La violencia es violencia, y los únicos calificativos que merece son los que aluden a su naturaleza, no a las intenciones de quien la ejecuta.

A la violencia se le puede calificar de deplorable, innecesaria, abusiva, aberrante o intolerable. Incluso se le puede calificar de legítima: si un policía pega un tiro a un sujeto que está a punto de detonar un explosivo en un estadio de fútbol o de meterse con un camión en la verbena de un pueblo, esa violencia es legítima. Y lo será siempre que el mal que provoca sea inferior al mal que evita.

Sin embargo, nos hemos acostumbrado a oír y repetir lo de la “violencia machista”, cuando un hombre mata a una mujer con quien tiene, ha tenido o desea tener, una relación sentimental o sexual. De hecho, hay muchos asesinos de sus mujeres que, ni son ni han sido nunca machistas. Porque machista, amigo mío, es un estado de opinión tan respetable como cualquier otro, aunque se salga de las directrices del Pensamiento Único Obligatorio. De hecho, es un calificativo peyorativo del que, si sabes lo que te vale, debes huir como de la peste. Si alguien cree que el papel de la mujer es atender su casa y administrar el dinero que le trae su marido, es asunto suyo. Y si encuentra a una mujer que comparta su opinión, a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Nada que objetar. No lo comparto, pero lo respeto. Siempre que no haya violencia, claro.

-       ¿Entonces a usted le parece bien que se mate a las mujeres?
-       No, no solamente no me parece bien que se mate a las mujeres sino que, al contrario que a usted, todos los asesinatos me parecen igual de despreciables. Y todos los asesinos me parecen igual de asesinos, hayan matado a quien hayan matado. Porque un asesinato es un asesinato, independiente de quien lo haya cometido y sobre quien lo haya cometido. Un asesinato no es más racista si lo ha cometido un blanco sobre un negro que si lo ha cometido un negro sobre un blanco; ni es más despreciable si la víctima es tu mujer, tu suegra, tu hijo, tu padre o tu marido.

Me parece tan mal el asesinato de una mujer por su marido, como el de un marido por su mujer; el de un hijo por su madre o el de un pobre anciano, a quien su hija le va cambiando la dosis de las pastillitas, hasta que le provoca un colapso irreversible. Por su bien, claro. Y sobre todo ¿Qué calificativo merece el asesinato en esos casos? ¿Violencia feminista, violencia maternal, violencia filial…? ¿Y por qué no se habla de eso?

No, señor. No todo vale con el fin de imponer el Pensamiento Único Obligatorio. No vale exonerar de responsabilidad a aquellos que matan por dinero, por envidia o por venganza; a los que violan a hombres o a niños; ni a las que acosan, maltratan y asesinan a sus maridos, amantes o hijos. Y todo ello, solo con el fin de crear un sentimiento de culpa generalizado.


A mí no me la clavan, lo siento.