jueves, 1 de agosto de 2019

Las manadas domesticadas


Noche del sábado 27 de julio al domingo 28, playa de Palma de Mallorca, concierto de los 40 Principales. Terminado el concierto, una niña de catorce años, junto con su amiga se dirige a casa. Pero en el camino son interceptadas por un grupo de unos veinte chicos, todos varones que las rodean, les tocan, les jadean, intentan desnudarlas, inmovilizarlas y violarlas. En ningún caso son ellas las que se han ido con los chicos, sino que han sido acorraladas.  Como pueden, las pobres niñas se zafan, escapan y huyendo a la carrera se encuentran con el hermano de dieciséis años, a quien cuentan lo ocurrido. El chaval, con más valor que inteligencia, con más corazón que cabeza, se va a por los agresores y les recrimina su actuación. La manada se siente fuerte, superior. Un niño de dieciséis les parece un bocado apetecible al que se puede acceder sin mancharse, y le meten una paliza interminable, que se salda con dos fracturas de mandíbula y contusiones por todo el cuerpo.

Nadie dijo nada. Parece ser que la inocencia, las ganas de divertirse un rato en un concierto de unas niñas menores, sí son una provocación. Nada que ver por supuesto, con la brutal agresión sufrida por una pobre mayor de edad que se encierra con seis tíos en un portal durante los sanfermines. Ella sí que merece la movilización de centenares de grupos feministas; ella sí que merece que se cambie la Ley en España para que la presunción de inocencia no sea un obstáculo. Por supuesto, también merece que los más circunspectos jueces, cambien su apreciación de un delito por miedo a ser crucificados en la plaza pública. O que sea el acusado quien cargue  con la prueba. En definitiva, tan aberrante agresión -y en esta afirmación no hay ni un ápice de ironía- merece toda la iracunda respuesta de centenares de grupos, clanes y bandas feministas. Pero parece que estas manadas están de veraneo. Igual están recorriendo la costa de concierto en concierto, en la seguridad de que a ellas no les pasará nada. Después de todo, nada puede pasarles si son ellas quienes les dictan a los jueces quién es digna de ser considerada una mujer, y qué es digno de ser considerado agresión sexual. El delito de violación no existe, lo quitaron ellas del Código Penal el 8 de noviembre de 1996, con los votos de PSOE, IU, CiU, EAJ-PNV, CC, PAR, ERC, EA Y UV y la abstención del PP. Los mismos que presumen de feministas, pero ahora además con el apoyo de Ciudadanos y Podemos.

Pues nada, han pasado cinco días y nadie ha dicho nada. Personalmente, no creo que sea por el hecho de que en la “famosa” manada hubiera un militar y un guardia civil. Tampoco parece relevante el hecho de que esta última manada estuviera integrada por moros, cómo va a ser eso. Eso sería racismo.

Y por cierto, antes de que los buenecitos oficiales entren en pánico, se retuerzan sobre sus toallas de playa y se les atraganten los boquerones, siento aclarar que “moro” no es ningún término racista. Los “mauri” son los habitantes del norte de África desde que esa zona fue romanizada. De hecho, Mauritania no significa otra cosa que tierra de moros, y no creo que nadie se refiera a sí mismo en un tono que considere despectivo. Es más, estoy tan seguro de que los musulmanes están orgullosos del término, que el principal grupo terrorista musulmán de Filipinas se llama Frente Moro de Liberación Nacional, aunque también existe el Frente Islámico de Liberación Mora. Pero a quién le importa eso, si cuentan con el respeto y la admiración de las manadas de feministas domesticadas. Después de todo, lo más importante es la “multiculturalidad”…

miércoles, 24 de julio de 2019

Las personas no tienen género


El día 26 de agosto hará cinco años que escribí sobre este asunto, y aunque no me gusta ser cansino ni repetitivo, creo que hace falta recordarlo, pues no parece que mi artículo convenciera a nadie. Vamos a ver si esta vez lo conseguimos: Las personas no tienen género, tienen sexo. Solamente existen dos sexos, el masculino y el femenino, aunque de manera excepcional en la Naturaleza pueden darse personas o animales, incluso especies, que posean atributos de ambos sexos en proporciones distintas. Es lo que en el caso de los seres humanos, toda la vida se han llamado hermafroditas y ahora parece que se llaman intersexuales (La famosa “i” de LGTB“I”). En todo caso, personas tan dignas y tan respetables como cualquier otra. Pero no por su condición sexual, que lejos de ser “normal” es extraordinaria, un capricho de la naturaleza. Un capricho tan respetable y tan extraordinario como quien nace sin un brazo, con la orejas pegadas o con doce dedos. Pero un capricho. Empeñarse en que eso es normal, es tontería; negarles su dignidad es una aberración. Así pues, sexos hay dos, y excepcionalmente pueden aparecer mezclados en una sola persona. Nada más. Con todo, lo que cada cual decida hacer con su sexo de manera individual, en pareja, en trío o en grupo, entra en el ámbito de lo estrictamente personal y nadie tiene nada que opinar al respecto. Siempre que el negocio sea entre adultos responsables, claro. Pero nadie se empeñe en buscar más agua en el pozo, porque no la hay.

¿Entonces qué es eso del género? Pues el género señora mía, es un rasgo inherente a los sustantivos que pueden ser masculinos y femeninos, pero además existen cuatro géneros más. Total seis:

El masculino y el femenino como acabamos de ver y que no hace falta explicar.

El neutro: según la RAE, “de género que no es ni masculino ni femenino. Los sustantivos no pueden tener en español género neutro, a diferencia de lo que sucede en otras lenguas, como el latín o el alemán. En español solo tienen formas neutras los demostrativos (esto, eso, aquello), los cuantificadores (tanto, cuanto, cuánto, mucho, poco), el artículo definido o determinado (lo) y los pronombres personales de tercera persona (ello, lo).

El común: es el que designa a seres vivos que se nombran de igual manera en masculino y en femenino. Por ejemplo: el pianista y la pianista; el policía y la policía; el profesional y la profesional; o el presidente y la presidente. Sí, LA presidente, porque es la que preside; como la recurrente no es recurrenta, ni la compareciente es comparecienta, ni nadie es sorprendenta por muy mujer que sea…

El ambiguo: es el género de los sujetos inanimados que, al igual que los animados del género común, admiten artículos masculinos y femeninos indistintamente. Por ejemplo: el mar y la mar; el maratón y la maratón; el puente y la puente…

El epiceno: se usa específicamente para designar el género de las especies animales. Porque aunque usted no lo crea, la hembra de un pelícano no es una pelícana; ni la de un papagayo es una papagaya; ni la de un grillo es una grilla; ni el macho de víbora es ningún víboro. Ni siquiera son una pelícano, una papagayo, una grillo ni un víbora. Simplemente son hembra o macho de…

Yo lo siento por las hordas de ayatolas de lo políticamente correcto, siempre dispuestas a lapidar a alguien en la plaza pública, pero esto es así. Tengo serias dudas de que me lean las periodistas ni los periodistos que a diario patean el Diccionario de la RAE, en la radio y en la televisión. Ni siquiera las columnistas ni los columnistos que tocan a rebato cuando alguien saca los pies del tiesto. Pero qué le vamos a hacer, tocagüevos que es uno. Si fuera tocagüevas, sería otra cosa…

lunes, 24 de junio de 2019

De imperios, reinos, virreinatos y colonias


Vamos a ver si nos aclaramos, porque es que aquí, cualquier “aficionao” ve dos películas de Hollywood y se cree que lo sabe todo y que puede opinar de todo. Señoras y señores: España nunca tuvo colonias. Otra cosa distinta es que ya metidos en finales del siglo XIX y principios del XX, se considerasen colonias los territorios de Ultramar (Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Fernando Poo, Sáhara Occidental o Guinea Ecuatorial) para asimilarlos a las del resto de los países europeos. Pero es que tampoco lo fueron nunca. España, mi querida señora, nunca tuvo una estructura colonial sino virreinal, que aunque a usted le parezca lo mismo, no tiene nada que ver.

La estructura de una colonia es, más o menos, la siguiente: el país colonizador ocupa por la fuerza los puntos estratégicos de un territorio, y desde ellos establece los enlaces de comunicación con la metrópoli. Estos puntos de comunicación serán a lo largo de los siglos, principalmente los puertos, tanto marítimos como fluviales, de forma que se garantice el proceso de extracción de las materias primas que produce el territorio en cuestión: desde café y especias hasta oro, marfil o diamantes. En esas circunstancias, la potencia colonial establecerá una minoría étnica europea que se impondrá económica, social y militarmente a la inmensa mayoría, que queda como mano de obra destinada a colaborar con la potencia dominante. Y en la medida que lo haga, podrá disfrutar de un status económico y social mejor o peor. Sin entrar en sus exclusivos clubes, claro. Salvo como camareros y desde luego, si como producto de tanta proximidad naciera un hijo, este sería repudiado por la familia de su padre y por la de su madre. Cuando en el siglo XX se plantea la cuestión de la descolonización, las grandes potencias europeas van a tender a dejar de sátrapa, con un poder absoluto, a cualquier oficial o suboficial chusquero indígena. Este, salvo honrosas excepciones, a cambio de garantizar el mismo flujo de materias primas a la antigua metrópoli, se garantizará a sí mismo una inmensa fortuna en Londres, París, Amsterdam o Bruselas; y sus hijos estudiando con impresionantes resultados en Eton, Oxford o La Sorbona.

En el caso de España, no. España tenía, como digo más arriba, una estructura virreinal, que consideraba los territorios de ultramar como una extensión de los territorios peninsulares. Inicialmente, existían los virreinatos de Nueva España y del Perú, pero este último más adelante, se subdividió en los de La Plata y Nueva Granada. Pero me dirá usted -y con razón- que eso para los colonizados es indiferente. Pues tampoco, entre otras cosas porque habitar en los territorios de la Corona te hace acreedor exactamente de los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro súbdito, estés donde estés. Para decirlo de manera que se entienda: no hay diferencia de derechos y obligaciones entre un habitante de Zamora y uno de Guayaquil, sea cual sea su raza ni sean quienes sean sus padres. Que por supuesto, pueden casarse con quien les dé la gana sin perder o ganar un solo derecho ¿Y los galeones españoles sacando oro de América? Preguntará usted, que ha visto un peliculón de Ridley Scott: pues eso es el quinto real. Vamos lo que hoy llamamos IRPF, paro aplicado solo a los que ganaban dinero con su negocio, y diez veces menos costoso que actualmente. Ya quisiéramos hoy, pagar solo un quinto de lo que ganamos. A cambio, estaban garantizadas las comunicaciones a través del continente, el libre comercio entre los propios territorios, los derechos individuales como que nadie pudiera esclavizarte, la creación de unas universidades más avanzadas que las de media Europa, la atención a las poblaciones más desfavorecidas y la seguridad del comercio frente a los piratas ingleses, franceses y holandeses. No parece un alto precio
.
Pero la cuestión, al final, es que si usted se interesa por un tema, se sumerge horas, días y meses, en uno y mil archivos para investigarlo; y publica el resultado de su investigación, lo leerán cien o doscientas personas como máximo. En cambio, si cualquier productor de Hollywood se  inventa una historieta sin pies ni cabeza, sin ninguna base histórica y sin sentido alguno, todo el mundo lo aplaudirá y dará por buena la historieta sin siquiera intentar cotejarla. Y además les parecerá inmejorable la “ambientación”… Me too, pero nunca le dirán que todos los territorios de la Corona votaban por igual y que cada uno de ellos tuvieron sus propios representantes en las Cortes, cuando las hubo. Paradójicamente ,fue en ese momento cuando empezaron los procesos de independencia. Pobres indios…

jueves, 6 de junio de 2019

YA ESTÁ BIEN



Uno tiene una edad que ya, seguro, supera la de la mayoría de los lectores de este blog. Una edad suficiente como para haber vivido, eso sí, muy joven, los últimos años del régimen de Franco y los primeros de la Transición. Y por mucho que cuenten ahora los que nunca vivieron aquella época, los productores de series y los “historiadores” oficiales, entonces no había un ansia irrefrenable de cambio, ni un pueblo sojuzgado, humillado y gimiente. La mayoría de los españoles era una clase media bastante acomodada que, a cambio de no meterse en política, había progresado exponencialmente en los últimos veinte años. Los que se ocupaban de política para oponerse al régimen eran, por un lado y con gran mérito, el PCE y su sindicato CCOO, que ponían los presos y tenían una implantación aceptable en los cinturones industriales de las grandes capitales y en algunas parroquias. Por otro lado ETA, apoyada de forma más o menos vergonzante por la burguesía industrial vasca, ya que el PNV sencillamente casi no existía, y por la entonces todopoderosa KGB; la burguesía catalana se deshacía en elogios con el régimen, por cierto. Y por otro y en menor medida, los sectores más liberales del propio régimen, en los que se incluían los monárquicos juanistas, bastantes tecnócratas y algún que otro carlista hastiado de llevarse bofetadas. Y por los resultados de la operación, parece que fue este último grupo quien se llevó el gato al agua. Apoyándose, eso sí, en los demás grupos y siendo apoyado por ellos.

Al final, ya lo sabe quien haya querido saberlo, se llegó a un acuerdo que hizo posible la transición pacífica a la democracia. Y que pasó, en primer lugar, por la Cortes franquistas haciéndose el hara-kiri, es decir renunciando de forma más que generosa a todo intento de entorpecer el proceso. A partir de ahí, el siguiente paso y el más importante, fue la reconciliación entre los españoles: entierre cada cual a sus muertos con toda la dignidad que merece el caído por sus ideales, renunciemos todos a la venganza y miremos adelante. Y a excepción de algunos sectores del ejército, de unos pocos comunistas  violentos y de algunos falangistas convencidos, la verdad es que le fórmula fue aceptada por la inmensa mayoría, como así se confirmó en referéndum. El resumen de la Transición en dos párrafos puede dar lugar a infinitas matizaciones y excepciones, sin duda. Pero de lo que estoy seguro es que todo esto dio paso al mayor período de paz y progreso de toda la Historia de España. Un período de paz y prosperidad que abarca desde aquellas primeras elecciones de 1977 a Cortes constituyentes, hasta el 26 de diciembre de 2007. Treinta años, solo. Y es que en esa fatídica fecha, un tipo sombrío, inquietante, que a la sazón presidía el Gobierno de España, promulgó la llamada Ley de Memoria Histórica. Una ley que venía a dar al traste con todo ese espíritu de reconciliación y a volver a poner a unos españoles frente a otros, señalándose y acusándose de no se sabe que odios ancestrales: llamándose judíos, acusándose de conversos, cuestionando la sinceridad de su fe, arrogándose cada uno la pureza de sangre. Recordando su apoyo a los franceses o a los carlistas y la participación de su abuelo en un fusilamiento. Pero sobre todo, denunciando a los demás ante el Santo Oficio, que a todos nos protege.

Y no parece que el sujeto cometiera el desaguisado por ambición personal alguna. De hecho,  al poco tiempo perdió el poder y quien vino a sustituirle no fue menos sombrío ni menos inquietante con la convivencia entre los españoles: no solo no tocó una sola coma de la infausta ley, teniendo mayoría absoluta, sino que fomentó y financió si reservas el proceso de división. Ellos sabrán ante quién responden y por qué lo hicieron, pero a mí me preocupan las consecuencias:

Ya está bien de que la mitad de los españoles acuda a votar por miedo, y contra la otra mitad. Ya está bien de que se meta en un mismo saco a los que no son de mi cuerda, y se les niegue el derecho a opinar, a disentir y hasta a existir. Ya está bien de que se vea lógico el acoso y la violencia contra “esa gentuza”. Ya está bien de que se acuse a cualquiera que no opine igual, de maltratar a las mujeres, de racista y de perseguir a los homosexuales. Ya está bien de decir que si ganan los otros nos vamos a arruinar y nos van a echar de Europa. Ya está bien de decir que vienen a romper España. Ya está bien de “cordones sanitarios”. Ya está bien de que nadie decida lo que los demás pueden pensar, decir o votar. Ya está bien del miedo “a que vengan”.

Hubo una vez en que los españoles fuimos capaces de entendernos, de perdonarnos, de tomarnos de la mano y caminar todos en la misma dirección. Entonces España se convirtió en una máquina moderna, operativa y muy efectiva. Hoy España es una vieja tartana que pierde casi el cien por cien de su esfuerzo en rozamiento interno. Malditos sean aquellos que, teniendo la responsabilidad de mantenerla, la dejaron pudrirse. Tanto odio lleven como el que han sembrado.

miércoles, 9 de enero de 2019

A mí no me señales


Sí, ya he recibido tus correos, tus WhatsApp y hasta tus pantallazos de Facebook en los que repites hasta la náusea la lista interminable -sí, para mí también es interminable-, de chicas jóvenes y mujeres maltratadas, violadas y asesinadas. De manadas y de descuartizadores; de detalles escabrosos y de relatos espantosos de forenses, jueces y abogados. Te puedo asegurar que a ti no te produce más asco que a mí esa lista. Tampoco me sirve que me digan que España es con toda probabilidad el país más seguro para una mujer. Me alegra, pero me siguen pareciendo demasiadas las víctimas y muchos los verdugos.

Sin embargo, querida, tú no eres más víctima que yo. Tengo una madre, una mujer, una hija, una hermana y amigas, muchas amigas, que cada una en su medida han sufrido o les tocará sufrir en algún momento de sus vidas, una palabra de mal gusto, una insinuación que no han pedido, un abuso verbal, físico… o algo peor. Estoy seguro que ninguna de ellas ha sentido miedo, inseguridad o desconfianza cuando se han quedado a solas conmigo. Jamás me ha parecido que ninguna de mis compañeras de trabajo, jefas o subordinadas, tuviesen miedo de viajar o encerrarse conmigo en un despacho. Y es que nunca les he dado motivos para desconfiar de mí. El abuso que cualquiera de ellas pudiera sufrir sin poder defenderse, me duele a mí tanto o más que a ti. Porque tú no eres la defensora de las mujeres frente a los hombres, entre otras cosas porque las mujeres no necesitan defenderse de los hombres sino de los abusos. Parece igual pero no es lo mismo. Y es que el mundo, querida amiga, no se divide en mujeres víctimas y hombres acosadores, sino en personas dispuestas a partirse la cara por la justicia, personas dispuestas a pasar por encima de quien sea por satisfacer sus deseos, personas indolentes y personas dispuestas a sacar partido del dolor de otras personas. Y lo malo es que son demasiadas las veces en que esas personas envían cadenas de correo… Sencillamente, no todos los hombres somos asesinos ni violadores potenciales; y no todas las mujeres, desgraciadamente, buscan justicia cuando denuncian el abuso que han sufrido… o que dicen haber sufrido. Muchas veces, demasiadas, ese “sufrimiento” ha sido mitigado por un papel en un película de mucho éxito en Hollywood, por una carrera fulgurante en la empresa, por una cuantiosa subvención o incluso por un alto cargo en el ayuntamiento o en el Parlamento. Y también el de muchos hombres, cómo no. Niégalo si te atreves. Tanto unas como otros, hacen más daño a la dignidad de las verdaderas víctimas que quien se prestó al negocio.

Pero lo que es más importante, yo no estoy en el bando de los asesinos. Así que, si no te es mucha molestia, te agradecería que me sacaras de tu lista de sospechosos habituales. Que me quitases el sambenito de “raza peligrosa” que cuelgas de mi cuello cada vez que haces correr uno de tus correos, de tus whatsapp o de tus pantallazos. Pero sobre todo, te agradecería que entendieses de una vez y para siempre que en esta guerra hay dos bandos: el de los malos, en el que están los asesinos, los violadores, los que quieren y las que quieren beneficiarse del dolor ajeno; y el de los buenos, en el que sin duda estás tú, pero también estamos muchos otros dispuestos a no transigir con ningún tipo de abusos. Cuanto antes de des cuenta de esto, antes les pondremos en su sitio.

Gonzalo rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 12 de diciembre de 2018

USTED PUEDE SER FASCISTA (Y NO SABERLO)


Sí, usted: un respetable padre familia casado o divorciado; usted, una esforzada trabajadora que a diario aguanta tonterías y también recibe alegrías de clientes, compañeros o jefes; o tú, que se te encoje el estómago cuando tienes que entregar un trabajo a tu profesor o leerlo ante tu clase.

Porque la condición de fascista, mire usted, no la elige uno libremente. No es como ser socialista, liberal, democristiano o comunista. La condición de fascista se te asigna señalándote con el dedo mediante unas declaraciones a una revista, a la radio o incluso desde La Sexta. Y por supuesto, si además de señalarte como fascista pueden pegarte o señalarte para que alguien lo haga, la asignación del título quedará mucho más redonda y completa. Por resumir: no eres fascista porque libremente quieras serlo o porque tu ideología se asimile a ninguna otra, sino porque alguien dice que lo eres.

Pero claro, normalmente esa cualidad de designar, señalar y acusar no se la ha otorgado nadie al acusador; ni siquiera la ha obtenido por méritos académicos o por escalafón: sencillamente, te acusa de fascista quien quiere complicarte la vida. Y esto es debido a que, una vez señalado y debidamente acusado, hay barra libre para pegarte, amenazarte y acosarte a ti o a tu familia. Bueno, lo cierto es que si ese acoso se debe a que “eres un fascista”, entonces no es un acoso, es un “escrache” ¿Y que es un escrache? Pues en realidad el vocablo no tiene entrada en el diccionario de la RAE, pero viene a significar lo mismo que acoso, solo que la víctima es un “fascista”.

Y dirá usted que soy un exagerado, puesto que usted sabe perfectamente lo que es el fascismo, quién es un fascista y quién no lo es. Y probablemente tenga usted razón. Por ejemplo: un fascista sería aquél que quiere derribar por la fuerza un sistema constitucional, democrático y legítimo; mientras que un demócrata sería aquél que lo defiende. Un fascista sería aquél que utiliza la violencia como forma de obtener sus objetivos políticos, mientras que un demócrata se sirve solamente del voto y la palabra; Un fascista sería aquél que pone su territorio por encima de cualquier persona; mientras que un demócrata cree que los derechos son de los individuos y no de los territorios. Un fascista sería aquél que se ampara en su manada y en símbolos como uniformes, desfiles de antorchas o banderas; mientras que un demócrata cree que quien tiene una opinión debe defenderla pacíficamente y, sobre todo, no imponérsela a nadie. Un fascista es aquél que se desgañita gritando y pidiendo la horca para quien hace algo que no lo le gusta, y calla como una oveja muesa cuando uno de sus camaradas hace o dice exactamente lo mismo; mientras que un demócrata juzga los hechos y no a las personas: el corrupto es corrupto y el maltratador es maltratador, sean del partido que sean.

Hasta aquí, puede que estemos de acuerdo. El problema viene cuando son los que se autodenominan demócratas y anuncian que quieren cargarse la Constitución, los que acusan a alguien de fascista. O incluso cuando declaran solemnemente la “alerta anti fascista”. El problema viene también cuando los que utilizan la violencia sistemática y organizada para conseguir sus fines, te llaman fascista. O cuando los que quieren echar de su territorio a los que no piensan como ellos, te llaman fascista. También es un problema que se organicen desfiles con banderas, botas y uniformes paramilitares, para intimidar a los “fascistas” y todo el mundo calle la boca. Incluso me parece un problema que se organicen algaradas intentando romper la cabeza a los “fascistas” que se manifiestan pacíficamente, y la policía proteja a los agresores. Tampoco es un problema menor que los que pertenecen a un partido nacido de una banda de asesinos, ladrones y secuestradores, te señalen como “fascista”. Cuando todo esto sucede, pueden ocurrir dos cosas: o estamos viviendo una absoluta esquizofrenia, o estamos mirando para otro lado y negándonos a ver la realidad.

Pero vamos, que igual son solo cosas mías. Es que uno es un poco exagerado y después de todo, quién soy yo para juzgar a nadie…

miércoles, 28 de noviembre de 2018

No pido perdón


No, señor. No pido perdón ni tengo por qué pedirlo, ni tengo intención de hacerlo.

No pido perdón por la Historia de mi país, entre otras cosas porque ni yo estaba allí ni me cabe ninguna duda de que en la Historia de España se han cometido errores, equivocaciones y ha habido fracasos, como en la Historia de cualquier país, ni más ni menos. Pero tampoco me cabe duda de que el saldo es más que positivo: que quinientos millones de personas hablemos el mismo idioma y tengamos la misma cultura y la misma Historia, no puede considerarse ningún fracaso. Que ignorantes, indocumentados y acomplejados me vengan ahora a contar lo de los saqueos y los asesinatos en América, no me indigna, me da pena. Y me la da puesto que es lo único que te puede inspirar un ignorante. Un ignorante es quien no sabe que el Derecho de Gentes, base del futuro Derecho Internacional se creó en la Universidad de Salamanca, donde el Emperador tenía que escuchar cómo se cuestionaba su derecho de conquista. Un ignorante es también quien no sabe que la Leyes de Indias de Isabel la Católica, prohibían expresamente cualquier mal trato a los indios. Y un ignorante no sabe que la temible Mita, institución por la que las poblaciones indígenas aportaban un cierto número de trabajadores a las minas, era anterior a la llegada de los españoles. Sí, una de esas maravillosas  costumbres que los españoles arrebataron a los indios. Como los sacrificios humanos o la esclavitud. Pero lo que es más  importante, cuando un ignorante acusa a mis antepasados de haber hecho todas esas cosas a los indios, siempre contesto lo mismo: los míos no, los suyos. Los míos se quedaron en España. Porque vamos, con perdón, manda huevos que un tipo que se llame Castro, Chaves, Mújica, Correa o Morales hable de los españoles como algo ajeno a él. Que el 10.45% de la población mexicana, llegando al 58.96% en Yucatán y al  47.65% en Oaxaca sean indígenas;  que el 41% de los guatemaltecos sean indígenas; que  lo sea el 62,2% de los bolivianos; incluso el 3,43% de los colombianos, el 9,95% de los chilenos (solo mapuches) y el 3,3% de los argentinos, no parece indicar ningún genocidio. Es más, me temo que esas cifras se dispararían si incluimos a los mestizos, cholos o coyotes, mulatos, moriscos (mezcla de mulato y europeo), zambos y castizos. Lo curioso es que si existen todas esas mezclas, es posible que sea porque los españoles sí se mezclaban con los indios. Ahora deberíamos preguntarnos que pasó en el Norte, donde derriban las estatuas de Colón.

No pido perdón por ser hombre. Me avergüenza, me indigna y saca lo peor de mí, cualquier maltrato o incluso cualquier falta de respeto a una mujer, tanto como al que más. Pero eso no es porque me tenga que avergonzar de nada, sino porque ya me lo enseñaron mis padres cuando nací; cuando me dieron esa educación tan machista y tan retrógrada, de la que ahora abominan los que nunca la tuvieron. Entonces el que levantaba la mano a una mujer no era un maltratador, era un chulo, un cobarde y un hijo de la gran puta. Como ahora, por otra parte. Y no, no hacía falta que en los anuncios de la televisión, el hombre fuera representado con un pánfilo o un panoli sumiso, que obedece admirado las sabias decisiones de su mujer. No hacía falta que el Código Penal discriminase a nadie por razón de sexo, imponiendo distintas penas según el autor del delito fuese hombre o mujer. Porque además, al contrario que a usted, también me avergüenza, me indigna y saca lo peor de mí, la violencia contra las personas mayores, contra los niños y contra los hombres. Y además, creo que esa violencia debe ser castigada exactamente de la misma manera, sea ejercida por quien sea ejercida y contra quien sea ejercida.

Tampoco pido perdón porque los que ahora se declaran gay friendly,  no hace tanto les insultaran, se rieran de ellos y les pegaran palizas. Jamás hice nada de eso, jamás le reí la gracia a quien lo hacía y jamás repetí ciertos chistes para hacerme el gracioso. En cambio, sí conozco a muchos que lo hacían y ahora te insultan porque son ellos los mejores defensores de la igualdad. Un defensa paternalista de la igualdad que la hace más bien poco creíble. Ya se sabe, la fe del converso.

Porque, mire usted, no todos somos iguales. La única igualdad que nos obliga a todos es la igualdad ante la Ley: nadie puede ser juzgado de forma distinta por su condición sexual, su sexo o su origen. El gay es gay y yo no lo soy, ni eso le hace mejor a él, ni me lo hace a mí el no serlo. Sencillamente respeto su forma de ser y de vivir, espero que él respete la mía y no tengo nada más que añadir. La mujer es mujer y yo soy hombre: ni eso le hace superior a mí en nada, ni acreedora de mejores derechos que los míos, ni yo tengo que pedir perdón por nada que nunca haya hecho. Ni por supuesto, ceder mi puesto en una lista electoral o en una oposición, por lo que nadie lleve o no lleve entre las piernas. El ecuatoriano es ecuatoriano y yo soy español: y las circunstancias que tuvieron lugar hace más de doscientos años para que ese señor y yo tengamos hoy día distinto pasaporte, no me obligan a rendirle pleitesía ni a pedirle perdón por nada. Así que, insisto en lo dicho: no pido perdón ni tengo por qué pedirlo.