sábado, 4 de julio de 2020

Frases vacías


Hay dos frases relativas a la pandemia de COVID 19, que repite como una cotorra cualquier iletrado al que le pongan delante un micrófono. Iletrado asesorado por su jefe de gabinete, claro. Más aún, las repite cuando le preguntan por el COVID 19, por la crisis económica, por la desaparición de los dinosaurios, por la muerte de Paquirri o por cualquier otra desgracia. Dos frases cada una de las cuáles consigue hacerme perder la calma, sacarme de mis casillas y sacar lo peor de mí. Que no tienen ningún significado por abstractas y genéricas, y que sirven para hablar sin decir nada. A estas alturas ya debería haberlas nombrado, pero es que me dan tanta grima que, si lo hago es por no dejar cojo el artículo. Así que vamos allá: “Que nadie se quede atrás” y “De esto vamos a salir todos juntos”.

Que yo sepa, del COVID 19 hay al menos cuarenta o cuarenta y cinco mil que ya se han aquedado atrás, y que no van a salir juntos con nadie… excepto con los que ya han ido camino del crematorio. Sí, ya sé que las cifras oficiales hablan de muchos menos muertos. Pero claro, si te pones malo, llamas al centro de salud y te dicen que te quedes en casa; si empeoras, vas al hospital y te dicen que estás hecho un chaval y que te vuelvas a casa; y si por fin te mueres sin que nadie te haya echado una mano, no cuentas como muerto por COVID 19 para las estadísticas. Así, es fácil que descuadren el número oficial y el número real de muertos. Pero vamos a lo que vamos.

Señor entrevistado, esto no es una carrera de sacos ni unas olimpiadas colegiales. Aquí no se está ventilando si somos capaces o no, de hacer las cosas todos juntitos y llegar de la mano a la meta. Son vidas humanas, son haciendas, son años de trabajo para sacar un negocio a flote, y son muchos cientos de miles y millones de euros pagados a sujetos como usted, para que digan estupideces en lugar de hacer cosas útiles. Esto no es una crisis, es un naufragio. En un naufragio no se trata de salir todos juntos sino de que se salve el mayor número posible de personas. Y desde luego, si nos ponemos todos alrededor del bote salvavidas a decir que nadie se monte hasta que estemos todos, y que no quede nadie atrás, no estaremos cometiendo un error sino una estúpida negligencia criminal. De un naufragio no se sale todos juntos, se sale ordenadamente y, si es posible, dando preferencia a mujeres y niños. Aunque últimamente parece que habrá que revisar ese orden de prioridades, para que nadie se ofenda. Se trata, en primer lugar, de evaluar con qué medios se cuenta, en segundo, de quién debe subir primero al bote y en tercero de agilizar lo más posible la operación, con el fin de que los que antes lleguen a la orilla, puedan devolver los botes para rescatar a más gente. Si te lo planteas de otra manera, es posible que seas muy buen ciudadano, pero desde luego eres un ciudadano estúpido e incompetente. Y lo que es peor, serás responsable de muchas más muertes de las que ya de por sí, el naufragio iba a causar.

Así que no, definitivamente, los problemas no se solucionan con ridículas frases elaboradas en un gabinete de imagen. Si hay que mantener las distancias se mantienen las distancias y punto. No hace falta llamarle “distanciamiento social” para que los beatos y meapilas no se ruboricen. Si hay una situación de excepcionalidad, habrá que aceptarla como es: excepcional, incómoda y transitoria, pero nada más. No hace falta llamarle “nueva normalidad”. Si es nueva, no es normal y si es normal no es nueva. Vamos, digo yo… O a lo mejor, es que el raro soy yo.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 27 de mayo de 2020

QUO VADIS, SINISTRA


¿Dónde vas, izquierda? ¿No ves la crisis? No me refiero a la crisis sanitaria que padecemos. Ni siquiera a la crisis económica que ya ha generado y que, muy probablemente, nos va a hacer ver cosas que creíamos que ya nunca veríamos. La crisis que me preocupa en este momento es la crisis institucional que estamos viviendo y que, al amparo de las otras dos, está avanzando a pasos agigantados. Entre otras cosas, porque no es una degradación o un deterioro natural de las instituciones, sino un proceso meticulosamente planeado y ejecutado por quienes han estado y están ahora mismo en el poder. Y desde el poder es muy fácil desmontar la estructura de un estado, sea el que sea. Por eso se llama poder, entre otras cosas.

Siempre he presumido de liberal y, lo que es más importante, de haber tenido amigos de todas las tendencias e ideologías, excepto naturalmente, de aquéllas que se dicen “ideologías” y no son más que el soporte de alguna banda de secuestradores o asesinos. He presumido digo, de haber debatido de todo con amigos o con desconocidos, y de no haberme enfadado jamás con nadie por sus ideas. Ni enfadado, ni picado, ni molestado… Y si alguna vez alguien ha malinterpretado mis palabras, o mi falta de elocuencia ha dado lugar a alguna suspicacia, nunca me han dolido prendas en pedir disculpas. Más aún, como me gusta debatir, he encontrado foros en internet dónde durante años he podido debatir en libertad, con respeto y sin insultos. Pero últimamente, parece que eso es cada vez más complicado. En muchas de estas personas, he notado una radicalización extrema. Donde antes oía argumentos, ahora oigo insultos; dónde antes se referían a “la derecha”, ahora hablan de fascistas, franquistas, intransigentes y últimamente de “cacerolos”. Es decir, para la mayoría de la izquierda radicalizada, el único espacio democrático es el socialismo, el comunismo y el separatismo. Todo lo demás es fascismo y no sólo no tiene derecho a protestar, sino que merece ser insultado sistemáticamente.

Como quiera que pertenezco a la generación que de jóvenes fuimos radicales de un lado u otro, y que tuvimos que aprender a convivir. Y que lo hicimos siguiendo el ejemplo de aquéllos que se habían tiroteado en los campos de batalla, que entonces decidieron abrazarse y perdonarse. Que nos enseñaron que es posible pensar distinto y querer lo mismo, y que el respeto es el arma más poderosa para hacerse entender. Desde entonces tengo asumida esa mentalidad, y estoy hablando de los años ochenta del siglo pasado. Pero resulta que no hace tanto, en unas circunstancias nada claras, llegó al poder un sujeto inquietante, taimado y nada tranquilizador llamado José Luis Rodríguez. Inmediatamente, se puso manos a la obra para desmontar pieza a pieza, toda la estructura de ese régimen de conciliación entre españoles, que estaba pensado para que todos mirásemos juntos al futuro. Su principal “aportación” fue la llamada Ley de Memoria Histórica, cuyo fin era desmontar todo el sistema político de la Transición, basado en la reconciliación de los españoles, y volver a enfrentarnos unos con otros. Después de él, vino otro tipo no menos inquietante llamado Mariano Rajoy, que no sólo no hizo absolutamente nada por revertir la situación, sino que se dedicó a alentarla. Y lo hizo, no sólo no tocando una sola coma de esta y otras leyes. Además, permitió y alentó la creación de un movimiento de ultraizquierda que venía, apoyado desde el extranjero, a rebasar por la izquierda al Partido Comunista, que en su día había asumido los presupuestos pacíficos y conciliadores de la Transición. El mismo Partido Comunista que había luchado contra la dictadura desde dentro, desde las fábricas, desde las universidades y desde las parroquias. El mismo que había puesto los muertos y los presos. Lo promocionó, lo financió, puso un par de canales de televisión a su servicio y consiguió radicalizar a toda la izquierda española. A la vez, continuó con la política de su predecesor de dar entrada en las instituciones a la banda terrorista que, hasta entonces, se había dedicado a asesinar a todo tipo de representantes de esas mismas instituciones. Y lo hizo incluso, por encima de una sentencia del Tribunal Supremo. Hecho esto, sencilla y llanamente entregó sin discutir el poder a una coalición de la izquierda, la ultraizquierda y el separatismo, aún a sabiendas de que estaba dejando en tierra de nadie a su propio partido, y se marchó a su casa.

Cada cuál puede interpretar de la manera que le parezca más oportuna estos hechos, sus motivos o sus consecuencias. Pero desde luego, estas consecuencias son dramáticas: hoy en día, hay una polarización en la sociedad española muy, muy preocupante. Hay temas de los que es mejor no hablar, según quién esté delante. Personas con las que nunca hubieras pensado que discutirías, a las que te encuentras defendiendo al pueblo oprimido de tipejos como tú. Gente que siempre había argumentado brillantemente, soltando consignas de reality show. Y lo que es peor, esta polarización es idéntica a la que, durante años y decenas de años, se ha ensayado con éxito en los territorios dónde hoy día, el nacionalismo es una apisonadora incontestable. Dónde ser señalado es síntoma de graves problemas y hasta de ser expulsado de la sociedad. La buena noticia es que, en Cataluña que es uno de esos territorios, ya hay contestación y no tienen pinta de ir a callarse ahora. La mala, que la última vez acabamos a tiros.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 19 de mayo de 2020

El coronavirus son los padres


Yo ya tenía mis sospechas, la verdad. No sólo porque lo dijera el típico idiota de tu clase que, como es de padres separados, se cree que le han contado todos los secretos de la vida, porque su padre se sincera con él todos los fines de semana y su madre el resto de la semana. Pero es que, además, a mí eso de que viniera de Oriente y tuviera nombre de androide de La Guerra de las Galaxias, no sé, me parecía sospechoso. No me cuadraba, había algo que me sonaba a estafas anteriores. COVID19 ¿A quién se le habría ocurrido un nombre tan estúpidamente cinematográfico? Así que, dicho y hecho, me puse a investigar.

Lo primero que hice fue consultarlo con personas a quienes yo consideraba con una cierta autoridad moral, con una cultura digna de ser tenida en cuenta a la hora de elaborar conclusiones. Recurrí a amigos, familiares, profesores y hasta a mi monitor de boxeo. Uno a uno, les fui formulando mi pregunta directamente y sin rodeos: “¿Es verdad que el coronavirus son los padres?”. Y mi sorpresa fue mayúscula cuando absolutamente todos tuvieron la misma reacción: se rieron, celebraron la ocurrencia y no me contestaron. Como quiera que esa actitud me recordara a otras conspiraciones anteriores, ya perdidas en el tiempo lejano de mi infancia, me reafirmé, tanto en mis sospechas como en mi decisión de llegar hasta el fondo de la cuestión.

A continuación, me puse a procesar toda la información procedente de los medios de comunicación, cosa que no fue difícil pues era de lo único que hablaban. Por el contrario, he de decir que la cosa resultó especialmente tediosa, pues repasarse decenas de páginas de periódicos y decenas de horas diarias de radio y televisión, todas ellas diciendo exactamente lo mismo, es una prueba de paciencia, si no de valor. Pero al final, mi constancia tuvo su recompensa y di con la clave de la cuestión: de manera recurrente, en todos los medios se decía y se insistía en que los perros no transmitían la enfermedad, ni podrían transmitirla de ninguna manera. El argumento, que como el coronavirus era un bicho que atacaba única y exclusivamente al ser humano, nunca podría alojarse en un perro. Dicho eso, te instaban a que cuando llegases a casa, te quitases los zapatos y los desinfectases porque habías pisado el suelo, y en el suelo sobrevive perfectamente el coronavirus. Que además te quitases la ropa y la lavases a sesenta grados centígrados, porque el coronavirus podía viajar por el aire y alojarse en tu chaqueta preferida. Que en ningún caso se te ocurriese tocar la baranda del metro, porque la baranda del metro es un cultivo inmejorable para las ansias de supervivencia de nuestro pequeño amigo. Que permanecer en una habitación con más de tres personas, fuese el que fuese el tamaño de la habitación, era una apuesta segura para sufrir un ataque demoledor de coronavirus. Y que cualquier trato, no ya con un enfermo, sino con un portador de anticuerpos del coronavirus, era poco menos que un pasaporte a la eternidad.

Entonces, comencé a atar cabos: el virus puede caer al suelo, alojarse en las suelas de tus zapatos e invadir tu casa, pero no roza las patas de los perros. El virus, puede viajar por el aire y arrojarse sobre cualquier víctima, alojándose entre los pliegues de su abrigo, en las costuras de su gabardina o en el ala de tu sombrero, pero nunca lo hará en el pelo de un perro, en su rabo ni en su hocico. El virus sobrevive cómodamente en la baranda del metro o en la barra de plástico y metal a la que te agarras para no caerte, pero le repelen el pelo de los perros, su piel y su saliva. Permanecer con dos personas más en una habitación, una tienda o un ascensor es directamente un suicidio, mientras que hacerlo que una persona y un perro es una garantía de asepsia. Mucho mayor si se hace sólo con el perro, claro. Y, por último, cualquiera que haya tratado con un enfermo de coronavirus debe ser inmediatamente puesto en cuarentena, siempre que no sea un perro.

Definitivamente, o el coronavirus son los padres, o hay un miedo bastante fundado a que esos presuntos amantes de los animales, esos que quieren más a su perro a que a las personas, esos que se gastan fortunas en veterinarios, juguetes y tratamientos de belleza para sus mascotas, empiecen a abandonar o a matar a sus fieles amigos. Pero qué digo, seguro que son los padres.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

martes, 5 de mayo de 2020

La Stasi de los balcones


Dicen que el secreto del éxito de la Stasi, los servicios secretos de la Alemania comunista (me niego a llamarle democrática), consistía en que tres de cada cinco alemanes eran colaboradores suyos. No sé si esta afirmación se basará en datos contrastados y desde luego, si existe una lista de todos esos colaboradores, supongo que a muy poca gente le interesará que se publique. Como casi siempre y en casi todas las cosas, habría de todo. Por una parte, si tú vives en un país comunista y el servicio secreto te “invita a colaborar” para que informes de tus vecinos, imagino que es complicado negarse. Por otra siempre hay gente, a veces demasiada, que no duda en correr en auxilio del vencedor, aún a riesgo de perder su propia dignidad. Al final, la cuestión era muy sencilla: denunciabas o te denunciaban. Así que todos calladitos y a informar de lo que hiciera el vecino, quien a su vez tendría que informar de lo que tú hicieras. Supongo que, si algún cubano o algún venezolano leen este artículo, les parecerá demasiado lejano el ejemplo de la Stasi. Paciencia hermanos, por aquí decimos que no hay mal que cien años dure.

Con el único fin de no informar, de no nombrar, de que no existan los muertos, más allá de un frío dato estadístico, nuestra Stasi integrada por políticos, funcionarios, periodistas, empresas de comunicación y hasta algún que otro general, han decidido convertir esta crisis en un festival de balcones. A diario nos fusilan con imágenes, reportajes y presuntas noticias de balcones. De balcones que cantan, de balcones que lloran, que se emocionan y que aplauden. Sobre todo, que aplauden. Muchos aplausos, todo aplausos. No hay muertos, sólo aplausos: balcones aplaudiendo, médicos aplaudiendo, políticos aplaudiéndose unos a otros, y aplausos en ruedas de prensa, en las que se informa de los muertos.

“Entre todos venceremos”, “Todos somos…” Todos, no. Hay por lo menos treinta y cinco mil que ya han perdido, que ya no son nada. Treinta y cinco mil que ya no van a aplaudir desde ningún balcón. Y sus familias, no creo que estén para aplausos. Ni para darlos ni para recibirlos, porque ni siquiera han podido despedirse de ellos. Ni siquiera una oración en su presencia ni acompañar a sus restos hasta el reposo final. Sin necesidad de aplaudir, que no se sabe por qué ya no se reza a los muertos sino se les aplaude. Hasta la muerte se ha convertido en un espectáculo y se aplaude en los entierros, y al paso de un féretro. Ya no se reza por los muertos, ahora se guarda un minuto de silencio… y después se aplaude.

En estas circunstancias, en esta sociedad del espectáculo dónde tu valor se mide por el número de personas que te aplauden, y dónde sólo se busca la aprobación del espectador ¿a alguien le extraña que haya surgido a Satsi de los balcones? El informador del balcón se cree con todo el derecho a juzgar y condenar sin juicio a quien a él le parezca que está actuando mal. No importa si tu hijo necesita pasear dos o tres horas al día para mitigar su autismo: si te descubre la Stasi de los balcones os abucheará a ti y a tu hijo y aplaudirá cuando venga la Policía a ponerte la cara colorada. No importa si eres un deportista profesional y estás autorizado a salir a entrenar, porque de eso depende tu trabajo y tu vida: si te descubre la Stasi de los balcones, tu entrenamiento, tus madrugones, tus récords y tus medallas, no valdrán una mierda. No importa si vienes o vas al hospital; si vienes o vas a enterrar a tu madre. Al informador del balcón de la Stasi, lo único que le importa es que se sepa que él es un buen súbdito, que informa puntualmente de cuanto ocurre en su barrio, y que aplaude cuando la Policía viene restaurar el orden. Y si hay alguien que no cumpla, habrá que informar. 

Menuda panda de imbéciles.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

domingo, 3 de mayo de 2020

HAY QUE CUMPLIR LA LEY

Vamos a ver si nos aclaramos, porque aquí lo que hay es mucho listillo. Entonces, con la excusa de que no está nada claro el horario, hay gente que aprovecha, y así nos va. No es que vayamos a acabar todos contagiados, es que hay algunos que van a reventar de correr o de montar en bici, dejar la bici en casa, llevar a los niños a pasear, sacar al perro, volver a sacar la bici, hacer la cena… y de lo otro, ni hablamos. Alguien ha dicho que dentro de nueve meses habrá un nuevo “baby boom”, o sea, un repunte de la natalidad, pero no sé de dónde sacará el tiempo para cubrir tantos frentes... Nunca mejor dicho.

De seis a diez de la mañana (¡vaya horas!) podemos salir los mayores de edad a hacer deporte, pero no cualquier deporte. Quedan excluidos todos aquéllos que requieran de una cancha para ser jugados, de dónde en definitiva sólo se puede salir a correr o a montar en bicicleta. Bueno, también hay quien patina en tabla o con patines. Ya es algo más. Pero ojo, ninguno de estos deportes se puede hacer en compañía, por lo que será de estricta aplicación el principio de “Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cuál que atienda su juego, y el que no lo atienda pagará una prenda”. Lo que sí se puede realizar en compañía es pasear, siempre que sea con la persona con la que convives. Es decir, si vas rápido, vas solo; si vas despacio, puedes ir acompañado. ¿Y cómo sé yo si voy rápido o voy despacio? Además, si te acabas de separar y no te ha dado tiempo a darte de baja en el padrón ¿convives o no convives? También es cierto que, si te acabas de separar, no te dedicas a dar paseítos, pero bueno. Y si son tus padres los que se han separado y tienen la compartida ¿con quién puedes pasear? Con los dos, no. Será con el que convives ese día… Es igual, no seamos rebuscados. El único requisito para pasear a esas horas tan agradables, aparte de ser mayor de edad, es ir vestido de colorines, llevar una cinta en el pelo, sudar y llevar un cuentakilómetros en el brazo. Claro, yo salgo a pasear vestido de persona, con mi sombrero y sin sudar, y siento decenas de miradas inquisitoriales.

A todo esto, si tienes niños o perros, tienes salvoconducto a lo largo de todo el día para salir, aunque se entiende que eres responsable y sólo saldrás une vez al día, una hora, a un kilómetro de casa, etc. Pero claro, también tienes un problema ¿salgo a correr y dejo a los niños en casa, me llevo el perro a correr o le digo a los niños que saquen el perro y me dejen en paz? No, eso tampoco. Después de todo, el perro puede salir las horas y las veces que le dé la gana; pero los niños, ya se sabe: una vez, a un kilómetro, una hora… Y claro, tú no vas a renunciar a tu deporte, que llevas cuarenta días haciendo pasteles y tumbado en el sofá. Así que a organizarse el horario: deporte, niños, perro, pasteles… Recapitulemos: deporte de seis a diez de la mañana; niños, de doce a siete de la tarde y perros tres veces al día, tres horas, tres kilómetros.

Todo esto, siempre y cuando no lo hagas de diez a doce de la mañana ni de siete a ocho de la tarde, que es el horario reservado a los mayores. No, a los mayores de edad no. A los jubilados, a los abuelos, a los ancianos… todo menos la cursilería de la tercera edad, por favor. A ver si encima de tener que estar pendiente del reloj para poder salir, hay que estar pendiente del lenguaje políticamente correcto. Sí, ese que se empeña en utilizar palabras cursis para no llamar a las cosas por su nombre. Que empezamos así y ya hay gente que tiene pareja en lugar marido, y llama por su nombre al perro que monta a su perrita… Pero vamos a lo que vamos, no nos despistemos: si usted tiene sesenta y cuatro años, pero ha sido prejubilado, se ha separado y tiene perro; si además su hija se ha separado también y se ha venido temporalmente a vivir con usted; y si además se ha traído con ella a sus dos hijos, la mayor de dieciocho recién cumplidos y el pequeño de doce, tiene usted muchos más problemas de los que se creía. Usted no puede salir a mirar obras, como cualquier jubilado que se precie, porque no hay obras. Usted no puede salir a montar en bici ni a patinar porque es muy probable que no tenga ropa de colorines. Usted no puede salir a pasear de seis a diez, porque es jubilado y su horario es otro distinto. Y si lo hace no podrá llevar a su nieto, porque el horario de abuelos y de nietos es incompatible. Usted tampoco puede salir en el horario de los jubilados porque, aunque usted es jubilado, no tiene la edad requerida. Si quiere salir en el horario de los niños tendrá que pedir a su hija que le preste al niño ya que la niña no le vale, pero se arriesga a que su hija le pida el perro tres veces al día, lo cuál en un principio parece una bendición. Pero resulta que tres horas, tres kilómetros y tres veces al día, son nueve horas con un niño y una adolescente encerrados en casa. Sinceramente, prefiero el perro. Además, no sé si usted se ha dado cuenta, ahora como no hay nadie en la calle, los dueños de los perritos no se agachan con la bolsa ni para coger dinero…

Lo dicho, de lo otro ni hablamos.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

lunes, 20 de abril de 2020

Deshablar


Todo aquél que se dedica a dilapidar su patrimonio, tarde o temprano acaba en la ruina. Esta afirmación tan obvia y que todo el mundo comprende, a todo el mundo le parece que está hecha para los demás, pero no para uno mismo. Nadie que esté tirando su fortuna por la ventana, es consciente de estar haciéndolo. Como el conductor temerario ve clarísimo que el problema de la seguridad vial no se debe a su inconsciencia, sino a que la carretera está llena de lentos, paletos y domingueros. Y esto viene a cuento de que todos o al menos la mayoría, como sociedad, estamos dilapidando uno de nuestros patrimonios más valiosos y que, una vez destrozado, ya no habrá quien lo recomponga. Me refiero a nuestro lenguaje, que, aunque para algunos no sea nada más que un instrumento para manipular conciencias y opiniones, que lo es y utilísimo, para la mayoría debería ser un patrimonio de un valor incalculable, formado durante miles de años basándose en la sabiduría popular, y entregado a nosotros por nuestros padres y abuelos. Aunque sólo fuera por eso, ya deberíamos tratarlo con el respeto debido. Pero es que además es una herramienta de gran ayuda para comprender y hacerse comprender, algo fundamental para crecer como individuos, como sociedad, en negocios, trabajos, relaciones sociales, etc. Es decir, en todo lo que nos hace humanos. En todo lo que nos diferencia de las bestias.

Pero parece ser que, por el contrario, no sé si por desidia, ineptitud, pereza o simple torpeza, hemos elevado a la categoría de referentes sociales a auténticos ignorantes, mendrugos y sacamantecas. No hablaré de la prensa en general ni de la prensa deportiva en particular que, con muy honrosas excepciones, someten diariamente a demolición controlada al Diccionario de la Real Academia. Es que todavía hay algo peor que profesionales que ignoran su profesión y en cambio la ejercen con gran éxito, como es el caso de la prensa. Se trata en concreto de los funestos gabinetes de imagen que tanto gustan a los políticos catetos, a esos que sin la más mínima formación se meten a mandar, que no a dirigir. Y como lo ignoran casi todo, pero son obedientes y disciplinados, se ponen en manos de quien les explica cómo tienen que decir las cosas o, para ser más exactos, cómo decir las cosas para que parezca que hablan, sin decir nada. Que tiene su ciencia, no crea usted.

El hecho es que, para esos paletos de diseño, hay una norma de oro que jamás se puede olvidar: nunca utilizar palabras “negativas” ¿Y qué son palabras “negativas”? se preguntará usted. Pues, aunque en la definición no se debe usar la palabra definida, son verbos que indican una acción negativa. Por ejemplo: caer, torcer, doler, castigar, bajar, volver, arruinar, someter… y decenas de verbos que usted puede deducir fácilmente. El problema viene cuando estos verbos, que también forman parte de nuestro lenguaje y existen precisamente para expresar un concepto concreto, se prohíben de forma taxativa. Pero entonces vienen los avezados asesores y retuercen el Diccionario a su gusto, ante la mirada necia y ovejuna del gran público. Así, un político nunca cae, deja de ascender; nada se tuerce, simplemente corrige su rumbo; lo que duele, en realidad no es más que una ralentización de la mejoría; lo que baja en realidad interrumpe su ascenso; lo que vuelve no está haciendo sino replantear su avance; nadie se arruina, sino que desinvierte; y someter a alguien no es ni más ni menos que reinsertarle en la sociedad.

Bien, pues en ese ambiente “flower power”, es en el que estamos asistiendo a la mayor escalada de estupidez que la sociedad española haya atravesado, me atrevería a decir que en siglos. En mitad de una crisis sin precedentes, en la que nos han confinado en casa, en arresto domiciliario, nadie se atreve a decir que nos van a liberar, porque eso implicaría reconocer que estamos presos. Entonces, nos van a “desconfinar”. Tal cual. Después de la escalada de contagios de la pandemia, no podemos decir que nada va a descender, ni aunque se trate del número de contagios. Eso nunca. “No pasa nada, jefe. Tranqui, usted diga que vamos a “desescalar”, ya verá qué bien suena”. Y va el jumento en cuestión y lo suelta… Volver no es “desir”, llorar no es “desreir”, negar no es “desafirmar” y robar no es “desdar”. El antónimo de confinar es liberar, se pongan como se pongan los gabinetes de imagen. Así que cuando se decrete el fin del confinamiento, yo me consideraré liberado. Y usted se puede considerar como mejor le parezca, pero por favor, no diga estupideces. Igualmente, cuando comience a descender el número de contagios, utilizaré el verbo descender con todas sus letras y todo su significado, como me lo enseñaron desde niño. Sin darle más valor que el que tiene estrictamente y sin que ello suponga para mí nada negativo. Si a usted se lo parece, creo que debería leer más. Pero no sólo la prensa deportiva…

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 8 de abril de 2020

Este mundo chupi guay


En este mundo chupi guay en el que nos hemos metido nosotros solitos, porque es verdad que los que nos pastorean no hacen más que darnos gusto. En este mundo, digo no cabe la infelicidad. Hemos llegado a la monstruosidad de que una pandemia que nos arrasa, que nos causa centenares de bajas diarias, casi todos ellos muertos solos, metidos en un ataúd con una etiqueta y puestos en fila para ser enterrados o incinerados, hay que presentarla en los medios como “algo positivo”. Y no estoy diciendo ninguna barbaridad, que esa y no otra es la consigna de casi todos los medios de comunicación. Al menos, de todos los que dependen del maná gubernamental para su subsistencia. Y no digamos para la placentera existencia de sus consejeros, directivos y altos ejecutivos.

No digo yo que haya que regodearse en el sufrimiento de nadie, que arrollar la intimidad de nadie ni que faltar el respeto a ningún muerto, por supuesto. Cosa de la que por cierto, nos estamos librando no por la finísima delicadeza de ningún periodista ni director de programa televisivo alguno, sino simplemente porque el PP no está en el Gobierno. Si no, que a nadie le quepa duda de que se abrirían todos los telediarios con entierros, velatorios, gritos desgarradores de viudas y denuncias de abandono de padres en sus residencias. Pero, en fin, no es asunto mío defender al PP, al que un día pertenecí y del que me fui avergonzado. Avergonzado entre otras cosas, por tener que aguantar que me acusaran de meter al mundo en una guerra, de hundir un barco con petróleo para arruinar la costa gallega, de volar cuatro trenes repletos de pasajeros o del asesinato inmisericorde de un perro infectado con el virus del ébola. Ahí se quedaron. A mí no me pone nadie la cara colorada si tengo razón, y desde luego, no me callo para que no se enfade el que me está injuriando. Si a algún idiota le parece que esa es una buena estrategia, que la siga sin mí.

Pero no me he sentado a escribir para hablar de mí sino de nuestro maravilloso mundo, de una adorable Arcadia, de un Paraíso que en cuestión de días se nos está desgarrando por todas sus costuras. Y como la orquesta del Titanic, que no es una película sino un hecho real, seguimos celebrando nuestra fiesta. Seguimos saliendo todas las tardes a aplaudir al balcón, yo soy de los que lo hacen, aunque cada uno de nosotros aplaudamos por algo o por alguien que en muchas ocasiones no tiene nada que ver con el aplauso del vecino. Aunque recibamos en nuestros teléfonos vídeos indignados de presuntos, y en muchas ocasiones verdaderos, sanitarios que nos indican a quién podemos aplaudir y a quién no; quién es bueno y quién es malo. Aunque sepamos de muchos casos de personas que han sido varias veces devueltas a casa desde el hospital, y al final han muerto… Pero de todo esto no se puede hablar, estamos en el mundo chupi guay: la información sobre la crisis ha de construirse sobre sanitarios aplaudiendo al dar un alta, sobre filas de enfermeros con globos y cartelitos, y sobre aplausos desde los balcones. Ante todo, muchos aplausos, muchos balcones y muchos globos. La ética -o cierta “ética”- no deja mostrar la desgracia, la infelicidad no existe.

Dicen que el príncipe Siddharta vivía en su palacio de oro, rodeado de jardines y con instrucciones expresas de su padre de que jamás podría ser contrariado. Sólo cuando un día por accidente, traspasó el muro de su jardín y vio el mundo exterior, lo abandonó todo, se despojó de sus riquezas e inició un camino de introspección, de perfección, de sacrificio y de renuncia que le llevó a convertirse en el Buda. Por mi parte, creo que el Buda siempre fue mucho más feliz que el príncipe Siddharta, pero allá cada cual.

Gonzalo Rodríguez-Jurado Saro