miércoles, 9 de enero de 2019

A mí no me señales


Sí, ya he recibido tus correos, tus WhatsApp y hasta tus pantallazos de Facebook en los que repites hasta la náusea la lista interminable -sí, para mí también es interminable-, de chicas jóvenes y mujeres maltratadas, violadas y asesinadas. De manadas y de descuartizadores; de detalles escabrosos y de relatos espantosos de forenses, jueces y abogados. Te puedo asegurar que a ti no te produce más asco que a mí esa lista. Tampoco me sirve que me digan que España es con toda probabilidad el país más seguro para una mujer. Me alegra, pero me siguen pareciendo demasiadas las víctimas y muchos los verdugos.

Sin embargo, querida, tú no eres más víctima que yo. Tengo una madre, una mujer, una hija, una hermana y amigas, muchas amigas, que cada una en su medida han sufrido o les tocará sufrir en algún momento de sus vidas, una palabra de mal gusto, una insinuación que no han pedido, un abuso verbal, físico… o algo peor. Estoy seguro que ninguna de ellas ha sentido miedo, inseguridad o desconfianza cuando se han quedado a solas conmigo. Jamás me ha parecido que ninguna de mis compañeras de trabajo, jefas o subordinadas, tuviesen miedo de viajar o encerrarse conmigo en un despacho. Y es que nunca les he dado motivos para desconfiar de mí. El abuso que cualquiera de ellas pudiera sufrir sin poder defenderse, me duele a mí tanto o más que a ti. Porque tú no eres la defensora de las mujeres frente a los hombres, entre otras cosas porque las mujeres no necesitan defenderse de los hombres sino de los abusos. Parece igual pero no es lo mismo. Y es que el mundo, querida amiga, no se divide en mujeres víctimas y hombres acosadores, sino en personas dispuestas a partirse la cara por la justicia, personas dispuestas a pasar por encima de quien sea por satisfacer sus deseos, personas indolentes y personas dispuestas a sacar partido del dolor de otras personas. Y lo malo es que son demasiadas las veces en que esas personas envían cadenas de correo… Sencillamente, no todos los hombres somos asesinos ni violadores potenciales; y no todas las mujeres, desgraciadamente, buscan justicia cuando denuncian el abuso que han sufrido… o que dicen haber sufrido. Muchas veces, demasiadas, ese “sufrimiento” ha sido mitigado por un papel en un película de mucho éxito en Hollywood, por una carrera fulgurante en la empresa, por una cuantiosa subvención o incluso por un alto cargo en el ayuntamiento o en el Parlamento. Y también el de muchos hombres, cómo no. Niégalo si te atreves. Tanto unas como otros, hacen más daño a la dignidad de las verdaderas víctimas que quien se prestó al negocio.

Pero lo que es más importante, yo no estoy en el bando de los asesinos. Así que, si no te es mucha molestia, te agradecería que me sacaras de tu lista de sospechosos habituales. Que me quitases el sambenito de “raza peligrosa” que cuelgas de mi cuello cada vez que haces correr uno de tus correos, de tus whatsapp o de tus pantallazos. Pero sobre todo, te agradecería que entendieses de una vez y para siempre que en esta guerra hay dos bandos: el de los malos, en el que están los asesinos, los violadores, los que quieren y las que quieren beneficiarse del dolor ajeno; y el de los buenos, en el que sin duda estás tú, pero también estamos muchos otros dispuestos a no transigir con ningún tipo de abusos. Cuanto antes de des cuenta de esto, antes les pondremos en su sitio.

Gonzalo rodríguez-Jurado Saro

miércoles, 12 de diciembre de 2018

USTED PUEDE SER FASCISTA (Y NO SABERLO)


Sí, usted: un respetable padre familia casado o divorciado; usted, una esforzada trabajadora que a diario aguanta tonterías y también recibe alegrías de clientes, compañeros o jefes; o tú, que se te encoje el estómago cuando tienes que entregar un trabajo a tu profesor o leerlo ante tu clase.

Porque la condición de fascista, mire usted, no la elige uno libremente. No es como ser socialista, liberal, democristiano o comunista. La condición de fascista se te asigna señalándote con el dedo mediante unas declaraciones a una revista, a la radio o incluso desde La Sexta. Y por supuesto, si además de señalarte como fascista pueden pegarte o señalarte para que alguien lo haga, la asignación del título quedará mucho más redonda y completa. Por resumir: no eres fascista porque libremente quieras serlo o porque tu ideología se asimile a ninguna otra, sino porque alguien dice que lo eres.

Pero claro, normalmente esa cualidad de designar, señalar y acusar no se la ha otorgado nadie al acusador; ni siquiera la ha obtenido por méritos académicos o por escalafón: sencillamente, te acusa de fascista quien quiere complicarte la vida. Y esto es debido a que, una vez señalado y debidamente acusado, hay barra libre para pegarte, amenazarte y acosarte a ti o a tu familia. Bueno, lo cierto es que si ese acoso se debe a que “eres un fascista”, entonces no es un acoso, es un “escrache” ¿Y que es un escrache? Pues en realidad el vocablo no tiene entrada en el diccionario de la RAE, pero viene a significar lo mismo que acoso, solo que la víctima es un “fascista”.

Y dirá usted que soy un exagerado, puesto que usted sabe perfectamente lo que es el fascismo, quién es un fascista y quién no lo es. Y probablemente tenga usted razón. Por ejemplo: un fascista sería aquél que quiere derribar por la fuerza un sistema constitucional, democrático y legítimo; mientras que un demócrata sería aquél que lo defiende. Un fascista sería aquél que utiliza la violencia como forma de obtener sus objetivos políticos, mientras que un demócrata se sirve solamente del voto y la palabra; Un fascista sería aquél que pone su territorio por encima de cualquier persona; mientras que un demócrata cree que los derechos son de los individuos y no de los territorios. Un fascista sería aquél que se ampara en su manada y en símbolos como uniformes, desfiles de antorchas o banderas; mientras que un demócrata cree que quien tiene una opinión debe defenderla pacíficamente y, sobre todo, no imponérsela a nadie. Un fascista es aquél que se desgañita gritando y pidiendo la horca para quien hace algo que no lo le gusta, y calla como una oveja muesa cuando uno de sus camaradas hace o dice exactamente lo mismo; mientras que un demócrata juzga los hechos y no a las personas: el corrupto es corrupto y el maltratador es maltratador, sean del partido que sean.

Hasta aquí, puede que estemos de acuerdo. El problema viene cuando son los que se autodenominan demócratas y anuncian que quieren cargarse la Constitución, los que acusan a alguien de fascista. O incluso cuando declaran solemnemente la “alerta anti fascista”. El problema viene también cuando los que utilizan la violencia sistemática y organizada para conseguir sus fines, te llaman fascista. O cuando los que quieren echar de su territorio a los que no piensan como ellos, te llaman fascista. También es un problema que se organicen desfiles con banderas, botas y uniformes paramilitares, para intimidar a los “fascistas” y todo el mundo calle la boca. Incluso me parece un problema que se organicen algaradas intentando romper la cabeza a los “fascistas” que se manifiestan pacíficamente, y la policía proteja a los agresores. Tampoco es un problema menor que los que pertenecen a un partido nacido de una banda de asesinos, ladrones y secuestradores, te señalen como “fascista”. Cuando todo esto sucede, pueden ocurrir dos cosas: o estamos viviendo una absoluta esquizofrenia, o estamos mirando para otro lado y negándonos a ver la realidad.

Pero vamos, que igual son solo cosas mías. Es que uno es un poco exagerado y después de todo, quién soy yo para juzgar a nadie…

miércoles, 28 de noviembre de 2018

No pido perdón


No, señor. No pido perdón ni tengo por qué pedirlo, ni tengo intención de hacerlo.

No pido perdón por la Historia de mi país, entre otras cosas porque ni yo estaba allí ni me cabe ninguna duda de que en la Historia de España se han cometido errores, equivocaciones y ha habido fracasos, como en la Historia de cualquier país, ni más ni menos. Pero tampoco me cabe duda de que el saldo es más que positivo: que quinientos millones de personas hablemos el mismo idioma y tengamos la misma cultura y la misma Historia, no puede considerarse ningún fracaso. Que ignorantes, indocumentados y acomplejados me vengan ahora a contar lo de los saqueos y los asesinatos en América, no me indigna, me da pena. Y me la da puesto que es lo único que te puede inspirar un ignorante. Un ignorante es quien no sabe que el Derecho de Gentes, base del futuro Derecho Internacional se creó en la Universidad de Salamanca, donde el Emperador tenía que escuchar cómo se cuestionaba su derecho de conquista. Un ignorante es también quien no sabe que la Leyes de Indias de Isabel la Católica, prohibían expresamente cualquier mal trato a los indios. Y un ignorante no sabe que la temible Mita, institución por la que las poblaciones indígenas aportaban un cierto número de trabajadores a las minas, era anterior a la llegada de los españoles. Sí, una de esas maravillosas  costumbres que los españoles arrebataron a los indios. Como los sacrificios humanos o la esclavitud. Pero lo que es más  importante, cuando un ignorante acusa a mis antepasados de haber hecho todas esas cosas a los indios, siempre contesto lo mismo: los míos no, los suyos. Los míos se quedaron en España. Porque vamos, con perdón, manda huevos que un tipo que se llame Castro, Chaves, Mújica, Correa o Morales hable de los españoles como algo ajeno a él. Que el 10.45% de la población mexicana, llegando al 58.96% en Yucatán y al  47.65% en Oaxaca sean indígenas;  que el 41% de los guatemaltecos sean indígenas; que  lo sea el 62,2% de los bolivianos; incluso el 3,43% de los colombianos, el 9,95% de los chilenos (solo mapuches) y el 3,3% de los argentinos, no parece indicar ningún genocidio. Es más, me temo que esas cifras se dispararían si incluimos a los mestizos, cholos o coyotes, mulatos, moriscos (mezcla de mulato y europeo), zambos y castizos. Lo curioso es que si existen todas esas mezclas, es posible que sea porque los españoles sí se mezclaban con los indios. Ahora deberíamos preguntarnos que pasó en el Norte, donde derriban las estatuas de Colón.

No pido perdón por ser hombre. Me avergüenza, me indigna y saca lo peor de mí, cualquier maltrato o incluso cualquier falta de respeto a una mujer, tanto como al que más. Pero eso no es porque me tenga que avergonzar de nada, sino porque ya me lo enseñaron mis padres cuando nací; cuando me dieron esa educación tan machista y tan retrógrada, de la que ahora abominan los que nunca la tuvieron. Entonces el que levantaba la mano a una mujer no era un maltratador, era un chulo, un cobarde y un hijo de la gran puta. Como ahora, por otra parte. Y no, no hacía falta que en los anuncios de la televisión, el hombre fuera representado con un pánfilo o un panoli sumiso, que obedece admirado las sabias decisiones de su mujer. No hacía falta que el Código Penal discriminase a nadie por razón de sexo, imponiendo distintas penas según el autor del delito fuese hombre o mujer. Porque además, al contrario que a usted, también me avergüenza, me indigna y saca lo peor de mí, la violencia contra las personas mayores, contra los niños y contra los hombres. Y además, creo que esa violencia debe ser castigada exactamente de la misma manera, sea ejercida por quien sea ejercida y contra quien sea ejercida.

Tampoco pido perdón porque los que ahora se declaran gay friendly,  no hace tanto les insultaran, se rieran de ellos y les pegaran palizas. Jamás hice nada de eso, jamás le reí la gracia a quien lo hacía y jamás repetí ciertos chistes para hacerme el gracioso. En cambio, sí conozco a muchos que lo hacían y ahora te insultan porque son ellos los mejores defensores de la igualdad. Un defensa paternalista de la igualdad que la hace más bien poco creíble. Ya se sabe, la fe del converso.

Porque, mire usted, no todos somos iguales. La única igualdad que nos obliga a todos es la igualdad ante la Ley: nadie puede ser juzgado de forma distinta por su condición sexual, su sexo o su origen. El gay es gay y yo no lo soy, ni eso le hace mejor a él, ni me lo hace a mí el no serlo. Sencillamente respeto su forma de ser y de vivir, espero que él respete la mía y no tengo nada más que añadir. La mujer es mujer y yo soy hombre: ni eso le hace superior a mí en nada, ni acreedora de mejores derechos que los míos, ni yo tengo que pedir perdón por nada que nunca haya hecho. Ni por supuesto, ceder mi puesto en una lista electoral o en una oposición, por lo que nadie lleve o no lleve entre las piernas. El ecuatoriano es ecuatoriano y yo soy español: y las circunstancias que tuvieron lugar hace más de doscientos años para que ese señor y yo tengamos hoy día distinto pasaporte, no me obligan a rendirle pleitesía ni a pedirle perdón por nada. Así que, insisto en lo dicho: no pido perdón ni tengo por qué pedirlo.

martes, 13 de noviembre de 2018

La Santa Inquisición


Es característica común de los lectores de este blog, ser lo que vulgarmente se llama gente muy leída y muy escribida. Por eso, creo que en la mayoría de los casos serán innecesarias las explicaciones que voy a dar a continuación. Y es que, solamente el título de este artículo pondrá en guardia a mucha gente. Gente cuya única formación histórica proviene de las películas de Hollywood, con las demoledoras consecuencias que esto tiene. Porque aunque a usted le parezca mentira, la Santa Inquisición no se creó en España sino que existió mucho antes en todo el resto de Europa. Aunque a usted le parezca mentira, la Santa Inquisición no se creó para perseguir a pobres campesinos incautos, acusándoles de brujería y quemándolos en la hoguera, sino para mantener la pureza ideológica dentro de la propia Iglesia, siendo el principal objeto de sus pesquisas los propios curas y monjas. Y esto es debido, entre otras cosas, a que la pureza doctrinal del Cristianismo era la base sobre la que se sustentaban TODOS los reinos europeos, y no solo Castilla. Cualquier desviación suponía una desestabilización de todo el sistema. En consecuencia, el fin de los procesos inquisitoriales no era torturar y quemar vivo a nadie, sino hacer retractarse públicamente al relapso de su falsa fe. Porque aunque usted no lo crea, tanto las instrucciones sumariales como los interrogatorios inquisitoriales, eran infinitamente más benignos que cualquier interrogatorio de un tribunal civil. En cualquier parte de Europa insisto, aunque como siempre, en España quisiéramos ser más europeos que nadie. Es más, en la instrucción de un sumario, se transcribían literalmente las palabras del reo, cosa que ni siquiera hoy día se hace. Y lo que a usted todavía le costará más creer: era el propio pueblo quien, en muchos casos, buscaba el amparo de los tribunales eclesiásticos ante la presencia de sujetos extraños o de doctrinas ajenas a su fe, a la que consideraban la Única Fe Verdadera. Después de todo, como digo, era la base teórica sobre la que se sustentaba su vida, su trabajo, su familia y su patrimonio.

Pues antes de que alguien pida mi cabeza, mis dos orejas y no me atrevo a decir qué más, debo aclarar que todo esto no lo escribo con el fin de defender nada ni a nadie que no necesita ser defendido, sino con un fin meramente comparativo. Sería absurdo negar que un sistema cuyo fin era “proteger” a la gente, no diera también lugar a abusos, atrocidades y arbitrariedades, cómo no. Eso es lo que tiene poder usar la fuerza ¿Qué similitudes encuentra usted en la actualidad con la Santa Inquisición? ¿Ninguna? ¿Seguro? El Índice era la lista de libros prohibidos por el Santo Oficio; y aunque usted tampoco se lo crea, la Comunidad Foral de Navarra acaba de publicar un índice de canciones prohibidas en los colegios de Navarra, algunas tan subversivas como Sin ti no soy nada de Amaral. El fin último de la acción inquisitorial era la autocensura de cualquier opinión que pudiera resultar una desviación doctrinal. Que ningún autor se atreviese a decir o a escribir nada que no fuera políticamente correcto. Atrévase usted si puede, a escribir que “…siempre los cariñitos me han parecido una mariconez…” Recientemente Ana Torroja se ha retractado públicamente de haber cantado (pero no de haber cobrado) eso hace unos años. Ni siquiera de haberlo escrito, que es de José María Cano. O atrévase a cantar El Blues del Esclavo en la función de fin de curso de su hijo, a ver qué pasa.

Pero siendo grave la incitación a la autocensura, resulta mucho más preocupante que los actuales inquisidores, así como sus párrocos desde los púlpitos de las redacciones, inciten a perseguir, apalear y denunciar pública o anónimamente a los falsos conversos y a los erasmistas: cualquier denuncia anónima por sospechas de violencia verbal en casa de un vecino, y solamente si es de un hombre sobre una mujer, legitima a la policía entrar en el domicilio sin requerir prueba ni autorización judicial alguna. Cualquier denuncia de una mujer contra un hombre por violencia, sea verdadera o falsa, supone la pérdida de todos los derechos individuales y de la tutela judicial efectiva de este. Por supuesto, ni hablamos de que usted sea acusado por una alumna suya de haberle violado de pensamiento y/o palabra. Ni tan siquiera de haberle mirado con ojos libidinosos. En los dos casos puede usted despedirse de su carrera y probablemente de su familia, porque puede pasar una larga temporada en la cárcel, aporte pruebas o no las aporte la suspendida.

Y por supuesto, mucho ojito con lo que usted escribe respecto al dogma del Clima: como a usted se le ocurra siquiera cuestionar que “el clima está cambiando”, prepárese a no volver a publicar nada en su vida. Ni por lo más sagrado se le ocurra a usted siquiera preguntar en qué, por qué, respecto a qué y desde cuando está cambiando el clima, porque todas sus obras pasarán inmediatamente a formar parte del Índice. Como todo el mundo sabe, la ciencia que estudia el Clima es la única que no utiliza el método deductivo sino el inductivo: no se contraponen datos empíricos y se llega a una conclusión; se establece una conclusión a la que hay que llegar aportando o desechando datos, sin necesidad de demostrarlos. Esto es cierto porque lo ha dicho el Santo Oficio y nada más, y si lo han dicho por algo será, que ellos entienden mucho de esto. Punto.

Por último, como conclusión, decir que la Santa Inquisición no hubiera podido subsistir durante tantos siglos si no hubiera sido por el apoyo entusiasta y las denuncias de aquéllos a los que decía proteger. Si no hubiera sido porque los que se sentían protegidos por ella no hubiesen colaborado acusando, sembrando insidias o sintiéndose más defensores que nadie de la Auténtica Fe ¿Pero quién ha dicho que la Santa Inquisición ya no existe?

Y no solo en Castilla…

viernes, 29 de junio de 2018

JUGARSE LA VIDA


Seamos sensatos: hace un siglo, tú desembarcabas en Buenos Aires o en Nueva York y nadie, repito, nadie te ponía una sola pega para que te buscases la vida allí. Ahora, eso sí, tampoco nadie te ponía casa, colegio, sanidad gratis ni una pensión para que vivieras. ¿Por qué nosotros sí ponemos todas esas cosas a todo el que llega? Muy sencillo: los despreciamos tanto -yo no, pero los piadosos de subvención, sí-, que consideramos que si no los mantenemos, ellos jamás serán capaces de buscarse la vida. Es más, yo creo que a muchos que nunca han tenido un discurso claro ni una ideología debidamente sistematizada, se les caerían todas las estructuras de su discurso. Diría de su discurso político, pero el buenismo no tiene nada que ver con la Política. La Política es una actividad muy respetable, de la que se han ocupado personajes tan “poco” relevantes como Platón, Aristóteles, Descartes o Maquiavelo. Es sencillamente el arte de organizar la convivencia, de administrar los bienes comunes para evitar que se produzcan abusos. La organización de la Polis.
El problema, es que preferimos que se mueran de hambre en sus lugares de origen, donde no les vemos, que en nuestras calles. Si se mueren allí, nos da igual: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero si se nos mueren aquí, amigo, eso nos da un poco más de repelús. En consecuencia, hay que dar casa, educación, sanidad y una pensión a todo el que consiga desembarcar en nuestras costas. Esto, por supuesto, a costa de encomendar la defensa de nuestras fronteras a una Guardia Civil a la que pedimos que se juegue el tipo a diario para protegerlas; y a la que dejamos -con perdón- con el culo al aire cuando alguien consigue burlar su protección. Nuestra protección. Yo tampoco tendría duda: entre jugarte la vida cruzando el mar y si llegas, tener la vida garantizada; o saber que si te quedas en tu orilla, tu destino será morir de hambre, de asco o que te coman los perros, la decisión es bien sencilla.
Pero claro, la Economía que es tozuda, explica que no se puede multiplicar indefinidamente el dinero. Que si tú tienes un remanente de cien porque has producido doscientos cincuenta, no puedes repartir más de cien. Eso además, sin tener en cuenta que ese remanente, en buena lógica, debería ser para garantizar la supervivencia de quien lo ha producido. Pero en fin, no seamos egoístas: impidámosles que lleguen, pero si consiguen llegar, renunciemos a nuestros ahorros para compartirlos. Parece un poco de locos, pero no pienso oponerme al Discurso de los Valores Obligatorios. Que luego dicen que digo, oiga.
Solo una pregunta tonta ¿No sería más justo dejarles entrar y que se buscasen la vida como mejor pudieran? Por supuesto, con un mínimo vital garantizado, pero teniendo en cuenta que cuanto mayor fuera ese mínimo vital, menos gente podríamos admitir. Que además, a medida que se fueran instalando, estabilizando y asentando pudiesen ir accediendo a mayores prestaciones, entre otras cosas porque esas prestaciones también saldrían de su trabajo. No sé digo yo... Además, no me parece que hubiera muchos muertos de hambre hace un siglo en Buenos Aires ni en Nueva York.

viernes, 8 de junio de 2018

QUID PRODEST?

¿A quién beneficia? "Quid prodest scelus, is fecit". En latín, "Aquel al que favorece el crimen es quien lo ha cometido". Quien sea aficionado a las novelas policíacas, sabrá que es la primera pregunta que debe hacerse cualquier investigador que se considere digno de tal nombre. Y quien sea aficionado a seguir los artículos de este humilde blog, sabrá que ni la Política ni las profecías suelen entrar entre los temas a debatir. Sin embargo, a veces es fácil dejarse llevar por la corriente, y después de una intensa semana de sobresaltos, uno no puede dejar de echar su cuarto a espadas. Solo por el placer de apostar, solo por el placer de poder decir “eso ya lo dije yo”. De menos nos ha hecho Dios…

En cuestión de días y hasta de horas, hemos visto cómo un ciudadano que no hace más de seis meses estaba en la oficina de empleo, ha llegado a la Presidencia del Gobierno de España. Aparentemente, en un movimiento de una audacia sin límites, Pedro Sánchez descabalgado del Poder a un Mariano Rajoy que, veinticuatro horas antes, celebraba la aprobación de unos Presupuestos que le garantizaban una legislatura tranquila. ¿Cómo ha podido entonces dejarse apuntillar en mitad de la plaza como un manso? Quid Prodest? Veamos:

Mariano Rajoy termina de aprobar, con gran sacrificio de votos entre sus seguidores, unos presupuestos que como hemos visto, le garantizan dos años de tranquilidad hasta el final de la legislatura. Apenas le plantan la moción de censura en el Registro del Congreso, tarda horas en saber que el PNV, decisivo para su aprobación, y beneficiario de sus inversiones a pesar de sangría de votos, se va a decantar a favor. En lugar de negociar, se encierra con su guardia pretoriana en torno a dos botellas de Johnnie Walker, y comete la absoluta falta de respeto al pueblo español de no comparecer en una moción de censura contra él. A pesar de que por tres veces el ponente Pedro Sánchez le ha dicho por la mañana, con luz y taquígrafos, “dimita usted y en este momento retiro la moción”, no se molesta ni en contestar. Es más, aguanta hasta la votación para perderla y que Pedro Sánchez acceda a la Presidencia. El Partido Popular, después de seis años de Presidencia de Rajoy, está sufriendo una sangría de votos imposible de cauterizar: negociación con ETA, seguidismo de Zapatero en este asunto y en otros de ingeniería social y, sobre todo, la gestión del golpe de estado en Cataluña, con una aplicación light del artículo 155 de la Constitución. Esto es, para poner inmediatamente un gobierno que le libere de su obligación de restaurar el orden constitucional en Cataluña. La inmensa mayoría de esos votos, se está yendo a Ciudadanos.

El PSOE, por su parte está sufriendo también una sangría de votos en dos direcciones: sus votantes más radicales se han ido a Podemos, un partido que se vende como más ilusionante para el votante de izquierda y, sobre todo, más pendenciero contra la derecha recalcitrante. La realidad es que a base de ordeno y mando y de machete venezolano, Pablo Iglesias sabe que ha tocado techo y que nunca va a superar el techo de Izquierda Unida, a quien ya ha fagocitado. Aunque está a punto de superar al PSOE, lo que en algunas encuestas ya ha conseguido, este tiene que reaccionar para volver al statu quo del bipartidismo. Y Pablo se conforma. Después de todo, hay que pagar las letras del apartamento. Pero la gran sangría socialista de votos, harta de una oposición condescendiente y de un reparto descarado de puestos en ayuntamientos y autonomías, va hacia -ya lo ha adivinado usted- Ciudadanos.

Los nazis, tanto los catalanes como los vascos, están en un momento dulce en el que tienen al estado opresor contra las cuerdas, gracias a años de política de cesión y apaciguamiento, y parece que solo les falta dar el golpe de gracia. Este bien podría ser un levantamiento general en cualquiera de sus formas, una campaña de internacionalización del problema, frente a la inactividad del Estado o la exigencia de más cesiones a cambio de paz, como siempre han hecho. Solo tienen un problema: en caso de que vayamos a unas elecciones generales, todas las encuestas dicen que ganaría el único de no debe ganar. El único que ha demostrado que no solo no se debe negociar con separatistas, sino que además se les puede ganar en las urnas ¿Quién es? Exactamente, Ciudadanos.


En los dos años que nos quedan de legislatura -que nadie se piense que va a haber elecciones antes-, vamos a ver a un PSOE extremadamente moderado, dialogante y conciliador, que hará como que hace, pero no aprobará una sola medida, ni a favor ni en contra de los nazis vascos y catalanes; a un PP extremadamente pendenciero, agresivo y defensor de las esencias constitucionales, con muchos aspavientos y mucho jaleo mediático. A lo mejor, hasta le vemos encabezar manifestaciones a favor de las víctimas del terrorismo. Esas a las que tanto desprecia. Y a unos nazis periféricos gritones y amenazantes, pero más mansos que el borreguito de Norit. Y es que no solo hay que recuperar a los votantes perdidos, es que como “nos roben” el centro, todos tenemos muchísimo que perder. Todos lo sabían, todos callaron. Quid Prodest?

miércoles, 16 de mayo de 2018

Tambores de guerra

Esta es la expresión con que, de manera inocente, solemos referirnos a las situaciones prebélicas. Digo de manera inocente, porque de alguna manera la expresión perece señalar, más a situaciones de película de Hollywood que a situaciones reales. Y es que, en casi ningún caso, el día que comienza una guerra alguien sabe que la guerra está comenzando: Si a cualquier polaco le hubieran dicho el treinta y uno de Agosto de 1939, que al día siguiente se iba a despertar con la Wehrmacht desfilando por delante de su casa; y que después se iba a organizar otra guerra de escala planetaria, como la que habían sufrido apenas veinticinco años antes, es posible que hasta se hubiera reído. Por increíble que parezca, en España el Gobierno de la Segunda República no declaró el estado de guerra casi hasta el final de la misma.

Entre 1991 y 2001sucedió lo que a todo el mundo le parecía absolutamente impensable, cual era que tuviese lugar una guerra dentro de Europa. Una guerra o varias guerras, que sería lo más correcto para definir lo que ocurrió en Yugoslavia. Sin embargo, todavía  a estas alturas de la Historia, de esta Historia que ya no se estudia en los colegios, podemos decir que más del noventa por ciento de los europeos realmente ignora lo que allí ocurrió. Y por eso, puede que se repita. Tras la muerte del Mariscal Tito, las tres comunidades que hasta entonces habían convivido en Yugoslavia sin problema alguno, serbios ortodoxos, croatas católicos y musulmanes; más kosovares de origen albanés y macedonios de origen griego, pero principalmente los primeros, emprendieron una escalada nacionalista sin precedentes desde la Primera Guerra Mundial. Nadie, insisto nadie, se hubiera creído que las cosas iban a llegar hasta donde llegaron. Es más, los europeos occidentales, tan comprensivos y tan bien pensantes, “entendían” que hubiese fricciones entre distintas comunidades. Unas fricciones que nadie entendería entre bávaros y renanos, entre alsacianos y loreneses, entre galeses e ingleses o entre normandos y bretones. Pero claro, nuestra superioridad moral sobre los países recién salidos del socialismo… Todo el mundo vio con cierta incredulidad y cierta curiosidad los discursos de Slobodan Milošević llamando a la expulsión de croatas y musulmanes de Serbia. Luego, las arengas de Radovan Karadžić en Bosnia Herzegovina, pidiendo ayuda a sus hermanos serbios para matarlos. Después vinieron el cerco a la ciudad desarmada de Sarajevo, donde los francotiradores serbios cazaban literalmente a la población civil: serbios, croatas y musulmanes que querían convivir en paz, como habían hecho siempre; y a Srebrenica donde se habían refugiado los perseguidos, para matarlos de hambre. Cuando ya la comunidad internacional -no la europea- decidió intervenir mandando cascos azules a Srebrenica, les ofrecieron el edificante espectáculo de sacar a las mujeres y a los niños y fusilar en masa al resto de la población hambrienta, desarmada y desesperada. Ante la mirada impasible de los cascos azules, por cierto.

No existe el nacionalismo moderado. En primer lugar porque el nacionalismo no es ninguna ideología sino un sentimiento: no existe un solo teórico político ni filosófico del nacionalismo, entre otras cosas porque este, como digo, no es más que la exacerbación de un sentimiento. Un sentimiento que en cada caso puede ser manipulado a placer: la demanda de un territorio perdido; la de un imperio perdido; la ofensa ancestral por una invasión, la venganza por una antigua represión… En todo caso, el nacionalismo siempre busca un elemento de cohesión como puede ser una historia común, una tradición común, una religión común, un territorio común, un lenguaje común o varias de esas cosas a la vez.

Y lo que es más importante, el nacionalismo siempre es expansivo y violento. Puede hacerse pasar, estratégicamente y durante un tiempo, por una fuerza pacífica, democrática y no violenta. Dentro de casa, segregará a la población entre “los nuestros” y “los de fuera”, a los que hay que someter, marginar, culpar de todos los males y, si se resisten, perseguirles. En esas circunstancias, irá recabando tanto poder como le sea posible, exigiendo siempre un poco más. Pero llegará un momento en el que sus exigencias se hagan insostenibles y por supuesto, la culpa la tendrán “los de fuera”. En ese momento, toda persecución, amenaza o acto violento se justificará como defensa propia. Propia, por supuesto de los que mandan, pero los que obedecen se someterán con gran docilidad con tal de no ser considerados “de fuera”. Es un mecanismo psicológico infalible. Lo que sucederá en adelante está más que estudiado y demostrado cien veces, no solo en Sarajevo y en Srebrenica… Que la comunidad internacional lo vea como una peculiaridad propia de cada territorio, suele anunciar que nadie, repito nadie, ni en Europa ni en el resto del mundo va amover un solo hombre, una sola arma ni un solo dólar por venir a echarte una mano. Y si no, pregunte en Sarajevo.


Por último, una precisión semántica: un patriota es aquél que está dispuesto a dejarse matar por su patria y por los derechos de todos; un nacionalista es aquél que está dispuesto a matar por sus privilegios. Podemos seguir mirando hacia otro lado y no hacer nada, pero es cuestión de tiempo.